Opinión | Aula sin muros
La Babel de las guaguas

Presentación de las nuevas 10 guaguas eléctricas de Guaguas Municipales / LP/DLP
Cualquiera con dotes de avizor y ganas de emborronar unos renglones, puede escribir, sin pretensiones, un ensayo acerca del jolgorio, congojas, cuitas que embargan el ánimo de los que a diario usan el transporte público. Antaño existían los coches de hora en que los hombres podían fumar cigarros de cruda picadura o habanos que tal estaba arraigada la costumbre que obligaron a las autoridades a colocar visibles placas con la advertencia, no de prohibido fumar, sino de escupir y hablar con el conductor que maldito caso que hacían. Se entretenían en conversas de habla campurria, para los capitalinos, sobre el tiempo, día del funeral de un vecino que recién se había ido para las Chacaritas o las amonestaciones del cura a unos novios a punto de casarse. Viajes largos, auténticas travesías por carreteras, algunas sin enchinar, a través de bancales de plataneras, florestas del Trópico o voladeros que daban al mar. Chófer atento al volante, duros de manejar, como la palanca de cambio que hoy sería motivo de incapacidad laboral por enfermedad profesional. Y las jardineras guaguas que transportaban viajeros desde el casco histórico, el Puente de Palos, hasta el puerto, sin paradas señaladas en el recorrido salvo cuando, a gusto o necesidad del viajero se gritaba al cobrador «pare por ahí, cristiano», hasta que se colocó una tira de alambre a lo largo del techo de las que se jalaba para apearse y más tarde, las de apretar el timbre de las nuevas guaguas con puertas con automatismo de apertura. Hoy, las guaguas dotadas de alta tecnología y pago digital se han convertido en una vocinglería multicultural, en un ficticio zigurat de lenguas que abarcan el castizo manchego, el cerrado acento gallego, el de Cuba o Venezuela, origen de muchas raíces isleñas, la cadencia cantarina porteña, el árabe, de los jeques millonarios o el emigrante bereber, el inglés del Soho londinense, raro escocés o deformado americano, el del país de las eternas nieves de las Escandinavas, hasta el antiguo sánscrito de la India o el chino mandarín. Pero es que, además, se produce otra Babel de comunicación verbal y no verbal, sin retroalimentación inmediata, a través de los móviles que todos llevan de apéndice como antes las abuelas aconsejaban no salir de casa sin llevar el pañuelo. Así que, sin querer, uno se entera de la morosidad de alguien con un banco o el impago de una hipoteca y se afirma en la idea de que la banca funde a los remolones sin considerar su estatus y necesidades como lo hacen los fondos buitre en pisos a pique de desahucio. Se escucha, de cerca, la conversación de una chica con su amiga y media guagua se entera de que está de viaje y se hace una foto de turista gregaria intentando tocar la Torre inclinada de Pisa. De la que, airada, rompe con su novio porque no sabe donde estuvo la otra noche y se asiste a la emoción de un desencanto de amores. El desagrado de la madre que recibe la llamada del colegio porque su hija desespera en la tutoría, llama a su marido e irrumpe en improperios no disimulados por el olvido (le tocaba a él) y muestra los conflictos de hogar por asuntos del cuidado y atención de los hijos. La congratulación de un cumpleaños disculpando que no puede asistir a la fiesta. La cara de asombro entristecida de la que se entera de la muerte de una amiga querida y, al punto, saca un pañuelo para secarse una lágrima, y en ese momento la guagua se convierte en un duelo solitario por una pérdida. Mientras tanto, una señora llama la atención de unos pibes, adolescentes, que no se levantan para darle el asiento a una persona mayor, enfrascados en cháchara o mirando, riendo ante un plasma de lujo. Y uno se acuerda de aquella asignatura de Urbanidad que se daba en la escuela. Un pasajero avisa al chófer que ponga la plataforma para bajar a un impedido en silla de ruedas. Calles y vehículos adaptados en la nueva sociedad de los cuidados y atención preferente, inexistente hace seis o siete décadas en las que solo se le daba el asiento a las señoritas y la derecha de la acera a los curas. Guaguas y coches de hora («no siempre el tiempo pasado fue mejor»), en que el palique era vecinal, continuación de la tienda o el encuentro fortuito en el camino que invitaba a detenerse para hablar del tiempo, los padres o el hijo al que le tocó servir al cuartel en un destino de miedo a lo desconocido. En el transporte de hoy hasta los conocidos destuercen la cara o se despistan en el móvil, que para eso sirven también. Todo es apuro ansioso por llegar no se sabe a dónde. Cuando un hombre esboza una inocente sonrisa y da los buenos días a una mujer su gesto de desaprobación indica que puede ser acoso y recuerda lo que le advirtieron en la casa que no hablara con desconocidos. Sin embargo, cuando uno se sorprende al ver a alguien con la vista puesta en un libro y se atreve a dar la enhorabuena responde con un educado gracias consciente, con legítimo orgullo, de que es una rara avis entre una muchedumbre silenciosa de corazones solitarios.
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