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Opinión | Somos nadie

Memoria democrática

Franco llega a Las Raíces para reunirse con los mandos de las guarniciones de Canarias el 17 de junio de 1936.

Franco llega a Las Raíces para reunirse con los mandos de las guarniciones de Canarias el 17 de junio de 1936. / E. D.

La portada de LA PROVINCIA de este jueves con papel amarillento y el titular «Ha muerto Franco» (Hace 50 años), me trajo a la memoria ese día en el que mi madre me dijo que podía seguir en la cama, no había colegio porque se había muerto Franco. A mí me salió un espontáneo ‘¡Yupiii!’, que mamá se apresuró a reprimir con un «sushshshshs, ¡Juan Ramón no se te ocurra decir eso en la calle!». Yo tenía siete años, pero percibí el miedo en el tono de mi madre.

Con los años fui aprendiendo más sobre aquel sátrapa que nos libró del colegio unos días y le jodió la vida a millones de ciudadanos decentes. Pero lo aprendí en la calle, o con la gente mayor del instituto, no en los libros de texto. Con el paso de los años los medios fueron contándonos que unos señores muy buenos nos trajeron la democracia, todos machos, la mayoría de derechas, algún comunista dispuesto a borrar su republicanismo y algún nacionalista catalán. La Sagrada Transición fue un pacto en despachos donde todos perdonaron a todos, incluso dejaron salir a los comunistas de la cárcel. No pintaron nada en la llegada de la democracia los miles de encarcelados durante la dictadura, o los muertos por balas policiales como los canarios Bartolomé Lorenzo o Javier Fernández Quesada, ellos eran pibes revoltosos que estaban donde no debían.

Mientras en Alemania se legisló para prohibir la apología del nazismo, en España el gobierno de Aznar daba subvenciones a la Fundación Francisco Franco con los demócratas fusilados todavía en las fosas comunes. El franquismo sociológico ha perdurado demasiadas décadas y ha escondido que la democracia y la memoria de las víctimas se luchó antes en la calle que en los despachos oficiales. Antes de aprobarse la Ley de Memoria Histórica del gobierno de Zapatero los hijos de Francisco Rodríguez Betancort, último alcalde republicano de Los Llanos de Aridane, localizaron el lugar donde habían enterrado a su padre. Lo contaban este jueves en la SER en Canarias Javi Rodríguez y Marta Prieto, aquellos palmeros herederos de los alzados republicanos se pusieron a excavar hasta dar con los huesos de sus familiares y luego pidieron en el juzgado su exhumación.

En Gran Canaria una lucha parecida la protagonizaron Balbina Sosa y otros familiares de demócratas que en 1936 fueron asesinados y arrojados al Pozo de Tenoya. Más de 80 años para recuperar sus restos. Este cumpleaños de la muerte del dictador sanguinario en la cama de un hospital madrileño debería servir para volver a reivindicar la memoria de los demócratas represaliados y la lucha de sus familiares. Poner en su lugar en la historia a Eduardo Suárez, Fernando Egea, Arturo Camino Velázquez, Félix González Monzón, Amadeo Hernández, Manuel Monasterio, José Ochoa Alcázar, Primitivo Pérez Pedraza, José Sans Iraola, José Suárez Cabral, Andrés Zamora, Joaquín Masmano, Francisco García y tantos y tantas represaliados. Sacar de las fosas los que queden, enterrar bajo teniques hechos con la memoria de los demócratas los discursos de los apologetas del fascismo.

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