Opinión | Retiro lo escrito
Vendrán más años malos

El presidente de Vox, Santiago Abascal / ANDRÉS RODRÍGUEZ/ EUROPA PRESS
«Vendrán más años malos/y nos harán más ciegos;/ vendrán más años ciegos/y nos harán más malos./ Vendrán más años tristes/y nos harán más fríos/y nos harán más secos/y nos harán más torvos». En este momento, cuando leo los versos de Rafael Sánchez Ferlosio, escucho, lejana, la sirena de un barco que abandona el puerto de Santa Cruz de Tenerife y se interna en el mar, bajo una llovizna sin luna. Quisiera ser ese barco, porque se va, y nadie puede afirmar que no es para siempre, y al mismo tiempo lo soy, lo somos todos, porque hemos comenzado una travesía asfixiada por las sombras y que no sabemos dónde nos conducirá. En el año 2008 se difuminaron todas las certezas de progreso económico: el viejo cuento, rara vez mentiroso, según el cual si estudiabas mucho o trabajabas duro vivirías una buena vida, una vida digna material y emocionalmente, muy probablemente, una vida menos áspera y fatigosa que la que llevaron tus padres, no se diga tus abuelos. Eso terminó, y terminó para siempre, y ningún gobierno posterior (conservador o socialdemócrata) ha podido corregirlo. Tampoco, por supuesto, el trampantojo sanchista, orgulloso de un crecimiento económico basado en sueldos baratos y fondos europeos, con una productividad miserable y una limitadísima capacidad de redistribución de la renta entre familias e individuos. Es un modelo de crecimiento espantoso y con efectos destructivos que pagaremos duramente a medio plazo.
Ahora llega la siguiente gran transformación: la política y electoral. El capitalismo racionalizado y hasta cierto punto controlado por el Estado es ya un anacronismo. Los estados pintan cada vez menos. Ya casi nadie cree en las gloriosas promesas de las democracias parlamentarias. Y los que creen inercialmente en la democracia representativa solo lo harán mientras les suban los sueldos (los funcionarios) y las pensiones (los jubilados). Para todos los demás la democracia resultará cuestionable, mentirosa, problemática y –para los más jóvenes– inservible y desprovista de ningún atractivo ético. El sistema de organización política –y su frágil base de valores compartidos– va a sufrir una metamorfosis en los próximos años y lustros: democracias simulativas e iliberales, expansión sin controles de un capital que prospera en las crisis, en las diferencias, en el conflicto de identidades, porque mientras todo ese se gestiona, la acumulación crece y el abuso de los recursos escala, selectivos saltos tecnológicos, colapso del viejo Estado de Bienestar y consiguientes recortes, reconfiguración constitucional y estructural de muchos países en América y Europa. Cabe imaginar que como máximo en un par de años saldrá el PSOE en el Gobierno traumáticamente. Gobernarán el PP y Vox y se me antoja que lo harán mal porque, sencillamente, ni han articulado un proyecto político ni saben lo que se les viene encima. Tal vez vuelva fugazmente al poder un sanchismo renovado, de nuevo con apoyos de los independentistas vascos y catalanes, pero no durará mucho. 2030, 2032 puede ser en lo político lo que veinte y pico años atrás significó 2008 en lo económico. El fin de la ilusión –y del ilusionismo– democrática en los países desarrollados. Y no por enemigos externos, sino por agotamiento ideológico, por desfallecimiento cultural y hartazgo identitario, por preferencia hacia la última gran expansión del capital globalizado antes que por cualquier solidaridad entre territorios o entre generaciones.
Es difícil imaginar a Canarias en ese futuro inmediato. Por de pronto existe una realidad doble: el psocialismo ha perdido capacidad de convocatoria y a su izquierda se fragmenta el mapa político, condenando las opciones de lo que se llama, sin que nadie se lo crea ya, un gobierno progresista. Y en el ámbito del centroderecha el crecimiento de los ultras de Vox amenaza con la rocosa mayoría de Coalición y el Partido Popular. No obstante ninguno de los grandes partidos está dispuestos a abandonar su surtido tradicional de estratagemas, creencias y expectativas político-electorales. Actuar como si no pasara nada es lo más habitual cuando todo está a punto de cambiar.
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