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novedades de IKEA para otoño
Hay un momento concreto en la vida adulta -normalmente un domingo de esos en los que una solo quiere café y silencio- en el que uno mira alrededor de su casa y descubre (o es lo suficientemente valiente como para admitir) una verdad que da un poco de repelús: estamos rodeados de objetos que no son objetos sino horas de trabajo disfrazadas. Para esta operación matemática estableceremos que una hora de trabajo equivale a una cantidad equis de euros. Pequeños ladrillos de tiempo que añadimos a la cesta para sentirnos mejor. Más organizados, o más guapos, o más lo-que-fuera que prometiese el anuncio de rigor. Son tantas las versiones de nosotros mismos que conviven en lucha eterna. Ahí están ahora todas esas cosas, ocupando cada milímetro cuadrado de nuestros hogares, devolviéndonos la mirada como si fueran testigos incómodos de una relación tóxica con el botón de «añadir al carrito» que no es sexy admitir. Hace unos días me agaché para buscar debajo de la cama la bolsa en la que guardo los abrigos gordos -hoy la mínima es de dos grados bajo cero, ni frío ni calor- y en lugar de eso encontré una caja de estas de cartón del IKEA con zapatos que llevo más de un año sin ponerme, una sandwichera que me partía las rebanadas de pan en dos y un juego de velas aromáticas con nombres tan pretenciosos como «atardecer en Kioto» o «paz nórdica interior». Pensé: todo esto soy yo trabajando. Horas y horas convertidas en cosas que ni siquiera sé dónde meter así que termino escondiéndolas. Sentí vergüenza de mí misma. La revelación me golpeó con la misma fuerza que el bolso de boda que me cayó del armario hace meses (aquel que compré porque «solo» costaba 29,99€, un precio que ahora entiendo que equivalía a dos reuniones interminables de trabajo). Lo miré en el suelo y pensé: esto es tiempo solidificado. Tiempo que no volverá, transformado en un bolso que ni siquiera combina con nada y que no me gusta en absoluto.
Todos lo sabemos, sabemos que compramos cosas que no necesitamos. Sabemos que una persona no necesita tantas camisetas blancas idénticas, porque son idénticas, aunque cada una nos cuente la mentira de que esta sí nos hará ver más «limpios», más «arreglados pero casuales», más «yo pero mejorado». Sabemos que el planeta no aguanta otra tanda de envíos en 24 horas en cajas gigantescas que traen dentro un objeto minúsculo envuelto en plástico que no se puede reciclar ni en los sueños más verdes, y aun así nos ponemos de acuerdo para llevar a cabo un esfuerzo colectivo e ignorarlo. El mejor de los pactos silenciosos, fingimos que no vemos el contenedor de plástico lleno hasta la tapa todos los lunes por la mañana. Hacemos como que reciclar el plástico del envoltorio ya expía nuestras culpas y que comprar un organizador para organizar otros organizadores es un ejercicio de madurez emocional. Una suerte de feng shui capitalista. Mientras seguía buscando la bolsa de los abrigos gordos encontré una plancha de pelo de esas diminutas que se pueden llevar siempre encima en el bolso. Nunca la usé y sospecho que nunca la usaré. Me dio ternura, como cuando encuentras la pulsera de la adolescencia que prometía «ser mejores amigas para siempre». Esa plancha representaba a una versión mía que imaginaba que tendría una vida en la que me importaría más tener el flequillo bien ondulado que dormir quince minutos extra. Lo más deprimente es que no acumulamos solo cosas, morimos enterrados en expectativas. Capas y capas de versiones «mejores» de nosotros mismos que compraron algo creyendo que ese objeto sería la llave para una vida más ordenada, más bonita. Una vida plus-plus. Expectativas que terminan convertidas en residuos porque la mayoría de estas cosas no tiene segunda vida posible por mucho que el poliéster sea reciclado y el abrigo esté hecho de plástico de botellas de plástico que se recogieron en el mar. Todo es basura en estado de espera. Supongo que hay quienes siguen comprando porque abrir un paquete nuevo nos hace sentir que algo está pasando en nuestras vidas. Si paramos, si dejamos de consumir, tenemos que enfrentarnos a preguntas más incómodas: ¿qué estamos haciendo con nuestro tiempo? ¿Por qué nuestra vida parece necesitar tantas cosas para sostenerse? Ojalá saberlo.
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