Opinión | Miren a ver
Irregularidades en la contratación
Cada contrato fallido, cada falta de control, cada sobrecoste que pudo evitarse alimenta la percepción de que lo público se gestiona sin rigor

Dos personas abordan unos trámites en papel. / LUISMA MURIAS
Las irregularidades en la contratación pública rara vez aparecen de repente. La mayoría surge de grietas pequeñas que se acumulan en el día a día de las distintas administraciones: expedientes mal fundamentados, controles insuficientes, prisas mal entendidas o procedimientos que no se revisan desde hace años. En ese terreno gris, donde se mezcla la falta de medios con la complejidad normativa, se gestan los fallos que luego desembocan en sobrecostes, adjudicaciones dudosas o retrasos injustificables.
Un problema frecuente es el fraccionamiento indebido de contratos. Consiste en dividir un servicio en encargos más pequeños para adjudicarlos por vía directa, a dedo, para evitar la concurrencia y la competencia. La ley lo prohíbe, pero la falta de previsión o el deseo de «resolverlo rápido» hacen que se repita. Lo que parece una solución ágil acaba en fuente segura de ineficiencia.
Sin evaluación seria
También son habituales los procedimientos de emergencia mal justificados, que permiten adjudicar sin concurso en situaciones excepcionales. La norma exige acreditar la excepcionalidad de forma rigurosa, pero a veces no se hace. Crece así el margen de discrecionalidad y se debilita la transparencia. A esto se suman prórrogas automáticas, servicios que se renuevan durante años sin evaluación seria de su calidad ni comparación con el mercado.

Iniciativa para acercar la administración pública a los jóvenes. / LP/DLP
Otro punto crítico es la falta de control sobre la ejecución del contrato. No basta con adjudicar bien. Hay obras que no se verifican, facturas pagadas sin comprobar el servicio, suministros no entregados o entregados en condiciones distintas a las pactadas… Son fallos silenciosos, difíciles de detectar sin una supervisión técnica sólida, y que multiplican el coste para el contribuyente.
Los órganos fiscalizadores subrayan desde hace años la raíz del problema: la debilidad estructural de las unidades encargadas del control
Los órganos fiscalizadores subrayan desde hace años la raíz del problema: la debilidad estructural de las unidades encargadas del control. El envejecimiento del personal, la falta de especialistas, la carga de trabajo y la dependencia de interinos crean un entorno frágil. Si las oficinas pierden a sus funcionarios más experimentados, no solo se pierde capital humano, sino también memoria institucional, criterio profesional y capacidad para detectar irregularidades.
Estabilidad y formación
La solución pasa, en primer lugar, por reforzar la profesionalización de la administración. No se trata solo de cubrir vacantes, sino de garantizar perfiles técnicos capaces de analizar pliegos, interpretar la ley y evaluar riesgos. La contratación pública es un ámbito complejo y requiere funcionarios estables, formados y con independencia para decir «no» cuando un expediente no se ajusta a la ley.
En segundo lugar, hace falta transparencia.. Publicar contratos, informes, modificaciones, prórrogas y pagos en portales permite que periodistas, ciudadanía y órganos fiscalizadores ejerzan un control complementario. La opacidad es el caldo de cultivo de la arbitrariedad; la visibilidad, su antídoto.
No todas las irregularidades esconden corrupción, pero dañan la confianza ciudadana
La tecnología puede ser aliada. Sistemas de análisis automatizado permiten detectar patrones de riesgo, contratos divididos artificialmente o incrementos presupuestarios injustificados. Pero esas herramientas solo funcionan si detrás hay personal cualificado que interprete los datos, valide las alertas y actúe con criterio.
Daño a la confianza
Hay además una dimensión ética que no se puede obviar. La frontera entre un error administrativo y una irregularidad es a veces sutil. Por eso, formar a los empleados públicos en integridad, responsabilidad y cultura de la legalidad es tan importante como dotarlos de recursos. Una administración bajo presión, sin apoyo y sin reconocimiento, es más vulnerable al fallo, al error y a la influencia externa.
No todas las irregularidades esconden corrupción, pero dañan la confianza ciudadana. Cada contrato fallido, cada falta de control, cada sobrecoste que pudo evitarse alimenta la percepción de que lo público se gestiona sin el rigor con el que se debería. Y esa percepción es un problema democrático.
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