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Opinión

¡¡¡¡¡Yaaaaaa!!!!!

Francisco Franco

Francisco Franco / AP Photo

Era la hora en que lloró sin lágrimas Carlos Arias Navarro, aquel hombre compungido que había sido apodado el carnicerito de Málaga, por su crueldad contra los ciudadanos que no se adhirieron a la sublevación franquista. Estuvo Arias, se ha dicho luego, algún tiempo ensayando su lagrimal y tras el tercer intento ya dio por buena aquella jaculatoria: «España, Franco… ha muerto».

Lo dijo así Arias Navarro, con una cesura excesiva, como si sacara de un arcano una frase que hubiera ensayado aun antes de que ocurriera el óbito de aquel hombre cruel que mató o mandó matar hasta su último suspiro, cuando ni sus manos decían lo que su corazón mandaba.

Franco se fue muriendo prácticamente desde que ordenó el fusilamiento de sus últimos condenados, pero había que esperar precisamente al 20 de noviembre, ni antes ni después, para que aquella muerte no coincidiera con otros aniversarios. El 20N se instruyó para que la madrugada en la que lloró sin llorar aquel carnicerito de Málaga fuera en el almanaque tan solo de Franco, nada más.

Cada uno encontró su modo de llorar. Aquel fue el de Arias Navarro, pero hubo, naturalmente, regocijo entre los que, habiendo sigo perseguidos, encarcelados, exiliados, por Franco, sintieron que su muerte en la cama abría España a otra vida y a otros mundos. Era el fin físico de un dictador, y eso se esperaba y se deseaba en España y en el mundo, y en cada casa, en cada universidad, en cada domicilio que no estuviera marcado por el amor al sátrapa… España, la España que estaba harta de dictadura, estaba deseando gritar el himno que en seguida sonó como un alivio: «España, mañana, será republicana».

Ese canto lo había ensayado yo mismo, con mi hija Eva, cuando ella era una niña que ya hablaba, y cantaba; mi madre nos escuchaba decir esa melodía revolucionaria antes y después de la muerte del dictador. Mi madre era una mujer de principios del siglo XX, como lo fue mi padre, y como lo fueron muchísimos que vivieron en silencio o asustados las consecuencias de la dictadura. Ella escuchaba a la niña cantar, con su padre, aquel deseo sobre el futuro, que España fuera republicana. Pero España no sería republicana, aunque en el alma de los que aquel día de la muerte de Franco gritaron la raíz de un antiguo deseo (una República, otra vez, para España) que era la rabia contra tan prolongado silencio nacional.

Arias Navarro habló, o dijo aquel suspiro, cuando en casa dormían Pilar y Eva; ésta solía despertarse temprano para protestar, desde una cuna que la tenía presa, contra nuestra manía de tenerla entre barrotes. Y yo me había levantado hacía rato, porque era periodista y los periodistas estábamos entonces en estado de alerta. En cualquier momento aquel hombre se iba a morir.

Esa alerta universal sobre la muerte inminente del hombre que salió de Tenerife, y de Gran Canaria, para empezar a ganarle sitio a la República y ponerse al frente de una dictadura, se cumplió esa madrugada canaria. No había tanta televisión, así que fue la radio el único instrumento de información que despejó la mañana. Yo encendí el aparato. Aun no había música fúnebre, pero cuando salió al aire el anuncio de que iba a hablar el presidente del Gobierno, aquel carnicerito, yo grité para que se despertara la casa.

Grité, simplemente, el más sencillo de los avisos: «¡¡¡¡¡Yaaaa!!!!!» Significaba tan solo lo que decía el grito, cuya sustancia no era otra que el regocijo: al ciudadano español de cualquier edad, aunque fuera franquista, había vivido, hasta que ese grito fue posible, el deseo sincero de un final para aquella horrible agonía que le hicieron sufrir a Franco más allá de lo que merecían su estado y su zozobra. Así que aquel ¡yaaaaaa! que yo mismo proferí en nuestra casa sería dicho, seguramente, en los domicilios de cualquier casa de la España que durante meses ensayaba un grito similar que significara fin, Franco ha muerto.

Me fui pronto a la redacción de EL DÍA, mi periódico. Había poca gente en la Redacción todavía, pero estaba en su sitio, cerca del despacho del director, Secundino González, que escribía con el nombre de Tinerfe. Había sido el más ferviente de los admiradores del dictador, pero su tarea en el diario no era la política sino el fútbol, y su pasión era la que lo arrastraba entusiasta a los partidos peninsulares del equipo de la ciudad. Lo vi allí, llorando, con más ahínco o sentimiento que aquel ensayo sin pasión que distinguió la vocecita (Españoles, Franco ha muerto) lanzada al aire del futuro por Carlos Arias Navarro.

Como Tinerfe estaba tan compungido me acerqué a él y lo consolé como si él hubiera perdido a un ser próximo y muy querido. Y lo fue seguramente, Franco fue para él un ser próximo y muy querido. Tinerfe me agradecía mi proximidad y me miró como si él fuera uno de los hijos desamparados que dejaba el padre putativo de un país que, por otra parte, se aprestaba a ser otro, libre y mejor.

Eso no se lo podía decir en ese momento a Tinerfe, porque él vivía con la pena en la sangre, y en los ojos, así que yo decidí ser solidario con su dolor, aunque por dentro estuvieran latiendo aquellos versos que reclamaban para el futuro de España el regreso de la República… Este hecho lleva cincuenta años sin producirse; a mi particularmente me resultan los reyes actuales seres humanos muy gratos, muy próximos, personas que no han heredado del padre del monarca actual la desfachatez de la que el heredero de Franco a título de rey ha hecho gala en cuanto se desmadró.

España es ahora un país de la Unión Europea. Tiene gobiernos alternativos, hay agoreros que andan diciendo que es una dictadura porque en ella no gobiernan ellos… todavía. Somos libres de decir y de hacer con nuestra libertad esto o lo otro, y nos juntamos los seres humanos como seres libres en una región civilizada del planeta…

Nosotros habíamos vivido en una época de silencio cuyo estallido liberaría fue, por ejemplo, aquel ¡yaaaaa! que yo mismo grité aquella madrugada de Villa Benitez poco antes de irme al periódico para el que ahora escribo estos recuerdos. España no es republicana, es una lástima, pero es libre, tan libre que es también libre de albergar injusticias o maldades, que luego deploran, o no, aquellos que la quieren mal o no la quieren. Ahora España es la libertad, y Franco era la dictadura, el hombre que mandaba matar y mató y mató hasta el final. Hasta muy poco antes de que Arias Navarro, el carnicerito de Málaga, dijera «Españoles, Franco ha muerto» y en mi casa se escuchara aquel grito: «¡¡¡¡Yaaaaa!!!!».

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