Opinión
Franco, 50 años después

Francisco Franco acompañado por su esposa, Carmen Polo y la princesa de España doña Sofía, en un momento de la XIII Demostración Sindical celebrada en el Estadio Santiago Bernabéu con motivo de la festividad de San José Obrero / EL PERIÓDICO
En aquellos días de noviembre en que el dictador se estaba muriendo hubo que hacer turnos en el periódico para cubrir las noches, en las que se suponía que iba a llegar la gran noticia, teníamos ganas pero también pensábamos en cosas malas que podrían ocurrir. Pasaba una y otra noche, desgastados los redactores por tanta guardia de madrugada, y la noticia no llegaba. Fue una agonía cruenta, con encarnizamiento médico. Y al fin, coincidiendo con el día de la muerte de José Antonio, falleció el que se autotitulaba Caudillo de España por la Gracia de Dios.
Tantos años después, las corrupciones cotidianas y el pésimo clima entre los profesionales de la política indican que nuestra democracia es joven e imperfecta. Y Franco no acaba de morir, sino que su espíritu se perpetúa en una parte de la sociedad y la estructura de poder. La resistencia a quitar los últimos vestigios del franquismo en Santa Cruz de Tenerife así lo confirma. En España la sociedad busca el centrismo pero viene una ola neoconservadora que lo está contagiando todo.
Una vez, hablando con un amigo que venía de la Europa del Este, me resumió la situación de la siguiente manera: en Yugoslavia, en Rumanía, en Polonia, había dictadores como Franco pero en España el dictador al menos fue construyendo una economía, España fue dando un salto hacia el desarrollo que en los países comunistas no se dio. El turismo y la industrialización fueron logrando el cambio social, el despegue de una nueva sociedad.
La Transición y la democracia del 78, perpetuaron la idea de las dos Españas. Pero, a la vez, se había creado una nueva clase media, de obreros dueños de sus viviendas, que amplió y superó el perímetro de los beneficiados del régimen, el funcionariado, las élites y las familias de los ganadores de la guerra. La España del 600, que se fabricaba en Barcelona, en la factoría de la Zona Franca inaugurada por Franco en 1955, significaba la entrada a la modernidad. Esta versión de la película en blanco y negro, la de la España que progresaba a la vez que el régimen y la represión continuaban, es la que hoy, 50 años después, permite blanquear a la extrema derecha de Vox o a un PP que, con el aliento de Abascal en la nuca, ha vuelto al guerracivilismo.
Debe ser que la libertad, igual que el amor, hay que trabajarlos día tras día. Y tan solo un esfuerzo continuado y un propósito firme lograron traer la democracia. Que tal vez no sea el sistema más perfecto pero sí que es el menos malo. Cincuenta años después de la muerte del dictador y en pleno auge de la extrema derecha, el revisionismo histórico que se activó a principios de este siglo ha acabado por legitimar un relato ideológico falso pero que está posibilitando lo que era impensable hasta hace poco tiempo: el 17% de los jóvenes, según una encuesta del CIS, cree que la democracia que protege sus derechos es peor que la dictadura que no sufrieron. Una dictadura que, conviene recordarlo, condenó a la fosa común, la cárcel o el exilio a decenas de miles de españoles, con una interminable postguerra de 40 años en los cuales la represión siguió practicándose con verdadera saña.
Pero la sociedad evoluciona de manera natural. El nacionalcatolicismo que tanto auge alcanzó acabó diluyéndose poco a poco, y hoy en día la Iglesia Católica -aunque siempre ha habido nostálgicos- ha cambiado en varios frentes. Porque nostálgicos siempre habrá. Por ejemplo, en mi lugar de origen, Los Llanos de Aridane, cuando se cumplimentó la ley de Memoria Histórica y quitaron el recordatorio a José Antonio en la pared frontal de la iglesia y derribaron el escudo franquista del frontis del Ayuntamiento para sustituirlo por el emblema del municipio, muchos fueron los que protestaron. Por fortuna, nadie ha agredido al nuevo escudo municipal, y las cosas acaban por aceptarse por la mayoría silenciosa.
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