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Opinión | Regreso al pasado

Raíces isleñas en la manigua cubana

Foto de archivo de varias personas que llenan recipientes de agua potable que suministra un camión cuba.

Foto de archivo de varias personas que llenan recipientes de agua potable que suministra un camión cuba. / E.D. / L.P.

No era una rareza que niños de la época tuvieran ascendencia y raigambre de la emigración isleña. Bisabuelos, abuelos que, en plena juventud, se vieron obligados a emigrar para buscar un empleo u oficio que no fueran las tierras que «no daban sino trabajos», huir del hambre y, como mi abuelo, también para «no servir al rey». Tres largos años comiendo de perolas comunes y chuscos duros como soldados de leva para «la guerra del Rey» (Alfonso XIII) en el norte de África o defender las últimas posesiones de la España colonial en la isla del caimán dormido. Era el fin del siglo XIX cuando algunos se sumaron a los indígenas y civiles de la Habana que se rebelaron contra el hambre y el despotismo de las clases dirigentes sometidos a persecución y encierro en campos de concentración creados en zonas agrestes cerca de La Habana por el general Valeriano Weyler con el fin eliminar los apoyos sociales y bases económicas de los independentistas. Todavía, hoy, lleva su nombre una plaza en Santa Cruz de Tenerife. Memoria histórica. Cuba logró la independencia liderada por el general José Martí, momento en que comenzó la primera ola de la emigración isleña a la isla. A los miles de hombres procedentes de las islas se les conocía o como «isleños». El origen del patronímico no es cubano sino venezolano. Se remonta a los tiempos del general Francisco de Miranda, de padre canario, de Tenerife, personaje fascinante, gran militar, primero en denunciar el genocidio cometido por los conquistadores contra los pueblos indígenas cuyo nombre aparece en el Arco del Triunfo de París, hablante de seis idiomas, culto, con una biblioteca con 6000 volúmenes, entre ellas las obras de Fray Bartolomé de las Casas primero en denunciar las tropelías y masacres cometidas contra los indígenas. En esa época regía, en Venezuela, el sistema de castas por el que en la punta de arriba estaban los españoles «blancos», tanto los que provenían de la península ibérica como los criollos nacidos en América. «Isleños» era el apelativo con que las élites locales llamaban, con desprecio, a los emigrantes canarios. Élites formadas por funcionarios provenientes de la península o de los criollos llamados «mantuanos» debido a los ostentosos mantos que llevaban las mujeres. Estaban vigentes las llamadas «reformas borbónicas» por las que se instauró un régimen absolutista que suponía un mayor control sobre los territorios y toda la economía de las colonias, asegurando el cobro de los tributos para mejorar el tesoro real y combatir el contrabando y, de paso, recuperar las riquezas enviadas desde las colonias hacia la metrópolis. Una ola de emigrantes isleños abandonó el terruño donde se pasaban necesidades y con ahorros, préstamos de familiares o de apremio compraron flete atraídos por la demanda, en Cuba, de mano de obra joven y el peso valía más que los restos de los reales de vellón y la peseta de curso legal desde el año 1868 en España. Había serias dificultades para trasladarse del interior de la isla a la capital. Cargaban la maleta por atajos o contrataban a un arriero hasta el casco de un pueblo donde encontrar un coche o camioneta que lo llevara al punto más cerca los puertos capitalinos de la Luz o el antiguo muelle de San Telmo. Dormían en una fonda hasta que zarpara un buque de pasaje, embarcaciones de poca eslora, clandestinas, rumbo a un puerto del Caribe con destino final en la Habana. Gente de tierra adentro pasaban, padecían, la travesía abotargados, en continuos vómitos, las caras desencajadas y sudores fríos que intentaban combatir con aguas guisadas o dando tumbos, sin apenas pegar ojo, sin salir de los camarotes. Desorientados llegaban al puerto de La Habana y se dirigían a la aduana donde, afuera, les esperaba un familiar o conocido, primeros contactos para, de inmediato, conseguir trabajo. Bien en la capital, en el sector servicios, empleados en cafetines, paladares, barriendo las calles, comercios o en lo que se terciara. Y una mayoría, campesinos de cumbre, medianías, interior y sur conviviendo en humildes casas de madera y palma de arrastre o arenisca en bohíos o la floresta húmeda de la manigua mientras tumbaban caña, a muchas leguas de distancia, para las centrales azucareras en manos de consorcios americanos y ejecutivos españoles vinculados a la monarquía de los Borbones, aunque ya figuraban con la nueva documentación de la recién estrenada República de Cuba. Fueron recibidos, por las autoridades, recién estrenada la independencia, con los brazos abiertos sabiendo la miseria que pasaban en las islas. Como escribió el Libertador José Martí, «...míseras viven sin el regalo y la alegría con que pudieran las poéticas canarias; y no cría bajo español aquella volcánica naturaleza más que campesinos que no tienen donde emplear su fuerza y honradez, y un melancólico señorío, que prefiere las mansas costumbres de su terruño a la mendicidad y zozobras de la ingrata corte»...Expresión del sentimiento de abandono secular al que la monarquía y gobiernos españoles han sometido a las Canarias en connivencia con las oligarquía isleña, mera intermediaria del omnímodo y voraz capital y la administración del poder central que, en diferentes épocas, han administrado a las islas como territorios coloniales o provincias de ultramar. Las condiciones de empleo de los inmigrantes isleños en Cuba, durante los primeros decenios del siglo XIX, no eran mucho mejores que las de los últimos veinte años de la centuria anterior de lo que hay constancia en la lectura de la «Memoria de la Asociación Canaria de Beneficencia y Protección Agrícola» de la Habana: «El alimento insuficiente y mal sano, habitación en común, o sea en los barracones de los ingenios, en donde habían de aglomerarse hombres, mujeres y niños, trabajo excesivo, pues aunque el contrato señalaba doce y catorce horas diarias, se convertían en catorce y dieciséis... retribución mezquina, puesto que apenas podía disponer el trabajador de cuatro pesos mensuales para calzarse, vestirse y ocurrir a otras perentorias necesidades... anonadamiento de su libertad de acción, porque el inmigrante, a semejanza de los antiguos siervos de la gleba, quedaba sujeto a la finca, en virtud de depositar su documento de policía en poder del dueño, con otras condiciones que reducían al inmigrante a una tristísima situación». Y el libertador en su obra «Isleños en Cuba», escribe refiriéndose al canario Ignacio Montesinos: «Allá, hace años, no había en el presidio de la Habana penado más rebelde, ni más criollo, que un bravo canario, Ignacio Montesinos. Toda la ira del país le chispeaba en aquellos ojos verdes. Echaba a rodar las piedras como si echara a rodar la dominación española. Servía mucho, hablaba poco, dio opio a los guardias y huyó libre. Y ahora, veinte años después, aquel noble isleño, coronado de canas, escribe, desde su monte de Santo Domingo, (aquí nació mi vieja y hermanos) que es como el de antes su corazón; que no se ha cansado de amar el país; que el padecimiento y la ruina, que le cayeron por él, se lo hacen amar más, que allá está, suspirando por prestar a Cuba algún servicio. ¿Quién mejor que este isleño, podrá llamarse cubano? Ni es raro que el hijo de las Canarias, mal gobernado por el español, ame y procure en las colonias de España la independencia que, por razón de cercanía, variedad de orígenes, y falta de fin bastante, no intenta en sus islas propias»

Y Alfonso Comín, escribía, en el año 1936, El isleño en Cuba editado en Santa Cruz de Tenerife: El emigrante canario es el que estaba más cerca del alma de Cuba. Costumbres muy parecidas. La misma color cetrina. El mismo acento meloso. El mismo pan de casabe. La misma labor guajira. Un mismo amor y una sola canción, con tan pocas variantes, que se confunden bajo el sol cubano. Se comprende que entre Cuba y Canarias esté clamando la Atlántida y sea una misma voz la de todas las olas del camino”. La última glosa al modo de ser isleño en Cuba viene del mismo Fidel Castro que prologa una obrita editada por el Cabildo de Tenerife y el Centro de la Cultura Popular Canaria y escribe: «... el canario fue, por excelencia, el más humilde de los emigrantes. Él no marchó a Cuba en plan opresor o explotador. Vino a trabajar y a luchar a nuestro lado, ayudó a forjar el país con su proverbial laboriosidad, sufrió con nosotros, combatió, creó una familia y se dignificó también al fin, junto con todo el pueblo... Es más, hizo un aporte muy valioso al carácter cubano». Y concluye en una P.D.: «por parte de mi madre llevo con honor un porcentaje de sangre isleña»

Los primeros isleños que regresaron trajeron ahorros antes del año 29 cuando se produjo el hundimiento de la bolsa de Nueva York y una crisis económica y financiera que se extendió por todo el mundo. Gobernaba el país el dictador general Gerardo Machado, «Gerardito» para su corte de aduladores con los que compartía cenas y francachelas. Se llevó por delante a cerca de 30.000 compatriotas y contaron isleños que vieron a muchos perseguidos, denunciados por ideología o delitos no probados, ajusticiados colgados de los puentes de la Habana. Fueron los tocados por la diosa Fortuna. Invirtieron en la compra de casas, edificios enteros, ya en aquella época negocio inmobiliario, comercios, cortijos o fincas de plataneras cuando ya era un producto cotizado en el territorio peninsular y Europa. Eran los indianos que vestían con ternos de lino, sombrero de arpilla, relojes con leontinas plateadas amarrados a los chalecos y exhalaban el perfume a habano y aguas de Florida desconocidas. Algunos con postizos de oro, y con sonrisa de sorna, decían que allá las mujeres convidaban a bailar a los hombres. Trajeron el requinto, el laúd, el canto de las décimas, las guajiras, los sones, el bolero, la cocina del arroz con frijoles, la carne de puerco en salmuera y el olor de las guayabas. Pero también hubo, y no fueron pocos, los que llegaron, con «una mano delante y otra detrás». Algunos enfermos, rechazados por sus familiares porque, en años, nunca se dignaron mandar una simple foto, de esas de estudio, sentados en una silla de mimbre, las manos sobre las rodillas, con un fondo de paisaje ocre y una balaustrada. Vivían de la caridad familiar y volvieron al tajo del minifundio, la yunta de vacas, la tomatera, el subempleo del mercadeo o el cafetín. Y esos tuvieron suerte porque hubo quien llegó enfermo de hambre, miseria y el color pajizo de la muerte y murieron tísicos, atendidos por las hermanas de Caridad, en la cama de un hospital para pobres. Hubo quien se casó y tuvo hijos con cubanas de nacimiento, pero también quien se estaba bebiendo los vientos por otra mujer que las de aquí culparon a filtros de amor que echaban, las ladinas, con brebajes y pócimas en las copas o el café. La realidad era más prosaica. Se acostumbraron a visitar cantinas y cabarés, «casas de bailes, de guaracha y remeneo, con sus mulatas de carnes ofrecidas bajo el calado de los encajes almidonados», (Alejo Carpentier en Concierto barroco). Y como había ocurrido siglos atrás con las huestes de Pizarro en Technoticlan o las Talipas de Cuzco que cayeron, hechizados, por el perfume de azahar y los pechos, cantores de miel, de las aztecas, los isleños se arrimaban a mulatas de pechos inhiestos y prietos glúteos, nada que ver con las isleñas de la época, que sus padres no las dejaban ir a los bailes, vestidas con jatos del cuello a los pies y que muchas de ellas, presas de trazas pecaminosas y miedo secular a lo sexual se quedaron embarazadas sin apenas remangarse la enaguas.

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