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Opinión | Risas y fiestas

Series de comfort

Series de comfort

Series de comfort / La Provincia

Hace tiempo, para preparar un taller de narrativa, estuve leyendo bastante sobre escritura de guiones de cine. Y en El guión. Story de Robert McKee descubrí algo muy interesante: una historia puede ser una arquitrama o una minitrama. La arquitrama tiene que ver con el diseño clásico de unos hechos que le suceden a alguien y se convierten en un acontecimiento por todo lo alto: tramas más orientadas a la acción a los “grandes sucesos” en las que lo que se va encadenando va formando el esqueleto de todo y la importancia de todo. La minitrama hace algo distinto: una historia de base, pequeña pincelada necesaria-sostén, que nos permitirá repasar y disfrutar el mundo que lleva colgando. Es decir, la trama, pequeñita y al servicio de otra cosa más tenue, más nube difusa preciosa abre la boca que te cae la lluvia trágatela digiérela, es la excusa, no la potencia.

¿Qué cosas querríamos que nos enseñaran por encima de una trama? Vidas y conflictos interiores y costumbres y relaciones y detalles cautivadores y esa sensación preciosa de no estar haciendo nada pero estar experimentando muchísimo y saber que algo luego te dará nostalgia y apresarlo y morderlo y las minitramas quizá los cubículos perfectos para guardar todo eso. Ser personas es vivir de formas tan distintas lo que nos sucede, y las minitramas permiten poner más el ojito en cómo vivimos lo que nos sucede que en lo que nos sucede: en qué hay, qué coño hay, dentro de las paredes de las casas ajenas, ¿cómo son les otres y qué se dicen y qué comen y qué misterios hay en su humanidad? Las palabras sueltas son los discursos más estructurados siempre porque nombran lo que no es fácil.

Lo que no es fácil nombrar adrede.

En las minitramas yo he hallado hogares. Y, de hecho, también los he hallado en arquitramas, pero más en los momentos en los que los hechos se relajan y de pronto aparece un estallidito de ese costumbrismo, de la textura de ese mundo ficcional precioso, que recuerdas y recuerdas y recuerdas. La comida de alguna peli que solo colocó la comida ahí como fondito útil. O algún momento de videojuego entre batallas en el que puedes pasear por el mapa, examinarlo. Pero con las minitramas, claro, eso todo el rato: pienso en Shin-chan, ejemplo ejemplísimo de costumbrismo de nuestra infancia dosmilera, qué importaba lo que sucedía pero cómo acogía lo que sucedía la relación entre esos personajes y los dibujos de girasoles de esa escuela y esa arrocera pitando pitando. O Derry Girls, cada arco colocado para construir situaciones que nos den risa y nos enseñen un filito de ese grupo de amigas adolescentes tan entrañable, un recuerdo que ellas de mayores recordarán con amor y nosotres resulta que también, es para nosotres, de hecho, es para nuestras memorias, ellas no existen, nosotres somos ellas.

Me pasa con Skins, me pasa con muchísimos animes de mi adolescencia, me pasa con ciertos paisajes ajenos a los que me acerqué de forma relajada pensando que no iban a ser nada para mí: a veces, confundo el perfil de las montañitas de mi pueblo con la calle empichada de la casa de Shin-chan, y a veces, al acudir a ciertas ficciones que me repito una y otra vez en la tele pum dale en serio venga play pero si ya pero que me da igual pero bueno rugido de cansancio de siempre la misma lluvia piqui piqui, siento algo muy relacionado con el hogar.

Sé que hablo siempre de esto, pero las personas nos fundimos con las ficciones, y la vela se seca y todo se amalgama duro como una piedra, indistinguible.

Viendo Shin-chan ahora de adulta me pasa algo gracioso. Me doy cuenta de que Shin-chan es un relato de infancia. Es decir, no me parece una serie contada desde la idea de “una camarita va grabando la vida real de un niño de cinco años”, sino desde la de “una persona adulta recuerda su vida a los cinco años, y por ello enfoca más las luces atardecientes y las posturas de la madre y las cosas que qué risa y el día a día y no tanto el relato grande agarrador de la vida al completo”. Nos fijamos en los detalles cuando anhelamos, suspiramos recordando, y quizá cuando vivíamos no tanto. Echamos de menos la despreocupación de estar ahí sin hacer fucking nada nada nada. Convertimos la arquitrama de la vida en minitrama y eso solo lo da la seguridad de la retrospectiva: saber que podemos detenernos sin tener que gestionar nada ni que temer nada, cero incertidumbre, ya todo pasó.

Por eso a veces cuando soy feliz y no tengo miedo me siento más en minitrama que en arquitrama, y lo contrario, a veces es imposible apropiarse del propio alrededor. No es un privilegio, es un derecho. Esa tranquilidad. Poder vivir.

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