Opinión | Observatorio
Qué es el espíritu de la Transición y, sobre todo, dónde está

El rey aboga por el método de la Transición en estos tiempos de "crispación y desacuerdo"
A lo largo de estos días en los que el calendario nos ofrece la posibilidad de conmemorar el aniversario del inicio de los acontecimientos que derivaron en nuestro actual modelo democrático, con la aprobación de nuestra Constitución Española en referéndum por las Cortes y por el pueblo español, echamos la vista atrás, ya con cierta distancia, ante lo que supuso un periodo insólito de cambio de régimen al que se denomina Transición. Unos por desconocimiento y otros con interesado desdén, tienden a restarle importancia e, incluso, a criticar con dureza dicha época. Algunos, por el contrario, la ensalzan sobremanera. Evidentemente, hubo aciertos y desaciertos. Como en cualquier actuación humana colectiva, la perfección no se puede exigir, y contentar a todo el mundo resulta imposible. Aun así, no cabe negar que estos años se estudian como paradigma del paso de una dictadura a un sistema de libertades sin padecer un enfrentamiento civil o una confrontación armada. Citando la literalidad de una parte del discurso del Jefe del Estado pronunciado el pasado 21 de noviembre, «en tiempos en los que el desacuerdo se expresa con crispación, mirar hacia ese periodo puede servirnos, no para idealizarlo, sino para recordar su método: la palabra frente al grito, el respeto frente al desprecio, la búsqueda del acuerdo frente a la imposición».
Y es que la Historia se compone de numerosos y bruscos cambios de régimen o de modelo de detentación del poder por la vía de la revolución, los golpes de Estado o, en general, la sublevación violenta. El mismo patrón constitucionalista, precursor de la idea constantemente anhelada, y siempre en peligro, del control y limitación del poder y del reconocimiento de derechos fundamentales a la ciudadanía, se inició en Francia y en Norteamérica con dos episodios sangrientos: la Revolución Francesa y la Guerra de la Independencia de las colonias británicas en América. A principios del presente siglo XXI, se vivió la denominada Primavera Árabe (sobre la que ahora mismo recae el invierno) y que se representó mediante una serie de levantamientos y rebeliones populares a favor de la democracia, que se extendieron por gran parte del mundo árabe a principios de la década de 2010.
Por contra, en España se logró ese cambio sin que los bandos opuestos se enfrentaran y, si quiera por esa razón, merece reconocimiento, respeto e interés, a la par que estudio y enseñanza, para evitar el olvido y el menosprecio de las nuevas generaciones o, lo que todavía sería peor, una interpretación contraria a lo que en realidad fue. En la actualidad, el mayor peligro estriba en que la desinformación se usa como un arma de guerra más.
Yo no viví la Guerra Civil, ni la posguerra, ni las etapas más terribles de la dictadura, por más que solamente me separa de ellas una generación. Sin embargo, recuerdo conversaciones de mis padres y, sobre todo, de mis abuelos maternos, sobre episodios y acontecimientos llenos de rencor, miedo y furia. He podido disfrutar de una niñez, una juventud y una madurez dentro de una sociedad con un grado de libertad muy destacado. Objetivamente, mi vida está siendo mejor que las de mis antepasados y no me cabe duda de que ha sido así, en parte, por ese estilo de tránsito logrado. Sin más batallas. Sin más trincheras.
En un lejano julio de 1976, Adolfo Suárez, primer Presidente de aquella recién iniciada andadura, se definía en unas declaraciones de la siguiente manera: «Pertenezco por convicción y talante a una mayoría de ciudadanos que desea hablar un lenguaje moderado, de concordia y conciliación». Me pregunto si ahora mismo, casi medio siglo después, la mayoría de la ciudadanía de este país comulga con esas palabras. Desde luego, el grueso de la clase dirigente que nos representa, elegida por nuestros votos o apoyos, se ha distanciado de aquel espíritu de reconciliación y entendimiento. Parece que, aun con divergencias y diferencias, ya no se aspira a una convivencia armónica entre todos los españoles, sino que se busca el triunfo de unos sobre otros a través de la imposición. En ese caso, habremos fracasado como demócratas y, a diferencia de nuestros progenitores, entregaremos a nuestros descendientes una España peor. Dividida, rencorosa y enfrascada una vez más en la lucha interna.
Semejante posibilidad se puede deber únicamente al olvido, la ignorancia o el egoísmo asociado a la irresponsabilidad. Por consiguiente, se necesitaría llevar a cabo un esfuerzo por no olvidar, por ser ciudadanos bien formados e informados y por cultivar una generosidad integradora dirigida hacia un destino común. No es imposible. Quienes hicieron posible la Transición, con sus aciertos y errores, con sus virtudes y sus defectos, lo consiguieron.
Y, con independencia de la culpa que arrastran esos políticos que alientan la crispación y utilizan la dialéctica guerracivilista, no cabe obviar que, en democracia, el pueblo también es responsable parcial de lo que sucede. Recurriendo a otra célebre frase de Adolfo Suárez, «el futuro no está escrito, porque sólo el pueblo puede escribirlo». Verdaderamente, y en buena medida, recae en nuestras manos.
En octubre de 1977, el Club Siglo XXI invitó a Santiago Carrillo, líder por aquel entonces del Partido Comunista de España, a pronunciar una conferencia que devino histórica desde el momento en que se celebró. Para su presentación se eligió a Manuel Fraga Iribarne, ministro con Franco y posterior líder del partido conservador Alianza Popular. El abrazo entre los dos veteranos dirigentes representó mejor que ningún otro gesto el intento sincero de superar las heridas que la Guerra Civil dejó en nuestro país, la reconciliación de las dos Españas decididas a convertirse en una sola. Por supuesto, el camino no resultó fácil, ni el entendimiento mutuo, sencillo, pero la firme voluntad de alcanzar un mismo objetivo lo allanó todo.
El pasado 21 de noviembre, durante la conmemoración del 50 aniversario de la llegada a la Jefatura del Estado de Juan Carlos I de Borbón, su hijo, Felipe VI, manifestó que en los momentos actuales (presididos por la crispación y el enfrentamiento crudo, incluso barriobajero y soez) es útil repasar cómo se hicieron las cosas en las complicadas postrimerías de la década de los setenta del siglo pasado. Nuevamente, y por última vez, recurro a otra manifestación de Adolfo Suárez: «Agradeceré que siempre busquen las cosas que les unen y dialoguen con serenidad y espíritu de justicia sobre aquellas que les separan». Basta presenciar cualquiera de los Plenos de la mal llamada “sesión de control al Gobierno” para llegar a la conclusión de que nos hallamos en las antípodas de ese deseo reclamado por quien ostentó primeramente la Jefatura del Gobierno de nuestra democracia tras la entrada en vigor de la Constitución de 1978.
Así he intentado resumir, con las limitaciones de espacio propias de los artículos de opinión en los medios de comunicación, lo que fue el espíritu de la Transición. Aspiro a que los lectores se pregunten dónde está hoy, en estos tiempos en los que parece que se ha perdido, a fin de que buscarlo y, a continuación, exigirlo a nuestros representantes políticos. Si no, los niveles de libertad y bienestar conquistados retrocederán irremisiblemente hasta aquel punto de partida que dio lugar a la vigente Constitución de 1978. O más atrás aún.
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