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Plin, connected!

Plin, connected! / La Provincia
Esto no es un anuncio. No tengo un interés particular en que nadie los compre, pero mi posesión más preciada son unos auriculares inalámbricos color negro de una marca que no citaré pero que comienza por -S con cancelación de sonido y conexión Bluetooth de los que no me separo nunca. Los llevo siempre encima: en el bolso, en la mochila, en el cuello, en la cabeza. A veces los llevo puestos tanto tiempo que me dejan una marca blanda en la parte superior del cráneo. Solo se nota si me toco la cabeza, por lo que el intercambio entre mi paz y este pequeño hándicap me parece justo. Si bien tiendo a recurrir a la hipérbole con cierta alegría, creo que en este caso no exagero cuando afirmo que siento más apego por ellos que por varias personas que conozco. Cada dos de tres ocasiones la carga del prójimo se me hace insoportable, como el taxista que decide que va a darte cháchara durante los veinte minutos del viaje quieras tú o no. Los auriculares me protegen de estas miserias del día a día. La razón no es solo tecnológica. La batería dura unas treinta horas -lo he probado en viajes y en el día a día- y la calidad del sonido es impecable. Cuando se me apagan en el trayecto al trabajo o en mitad de una carrera mi humor se desinfla de inmediato, como si el mundo, sin pedir permiso, me arrojara de nuevo a tener que lidiar con cosas que no me interesan en absoluto. Tienen más de tres años, lo que en términos tecnológicos significa que son prácticamente de otra era, pero siguen funcionando como el primer día. Será un pequeño milagro en un mercado diseñado para que todo envejezca antes siquiera de que aprendamos a usarlo. Quizá por eso les tengo tanto cariño, se niegan a volverse a obsoletos. Los compré cuando me echaron de mi primer trabajo allá en el Pleistoceno y desde entonces han sobrevivido conmigo a mudanzas, viajes, lluvias inesperadas, llantinas, reuniones interminables de trabajo, rupturas de amistades y a muchos de mis descuidos. No soy la mejor dueña, es cierto. Hay algo adictivo -casi ritual- en el instante en que los enciendo, en ese microsegundo en el que el resto del mundo se apaga y se funde en negro y todo el ruido ambiente pasa a fundirse en negro tras un breve «plin». Un gesto mínimo que representa un acto muy humano: el deseo de delimitar un espacio propio. Nuestra capacidad de prestar atención a lo que nos rodea es un recurso agotado y agotador, elegir qué quiero escuchar y ejecutar de inmediato la acción se me antoja un ejercicio de poder. Muchas veces ni siquiera pretendo escuchar música o algún podcast, ni siquiera el silencio. Lo que quiero es un filtro, una membrana entre lo de fuera y lo de adentro que me permita negociar entre las conversaciones y las voces ajenas y mi fuero interno. Por supuesto el objeto en sí no parece ser suficiente en ocasiones, siempre habrá alguien que se acercará a hablarnos aunque llevemos una bolsa en la cabeza e insistirá a pesar de que se le comunique que, bueno, no le estamos escuchando. En general la vida consiste en lidiar con los demonios de uno mismo pero, sobre todo, con los demonios de los demás. Los auriculares se han convertido en el equivalente contemporáneo al cuarto propio en una economía en la que ya apenas se habla de comprar una casa sino de alquilar. Ofrecen un espacio portátil, discreto y silencioso en el que se puede habitar y rumiar los pensamientos sin interrupciones. No soy la única. Tal vez por eso ver a alguien por la calle con auriculares ya no significa que alguien esté escuchando música sino que, simplemente, está protegiendo su atención y está trazando un límite invisible entre él y el mundo. Antes uno se iba a un retiro del silencio y pasaba una semana sin emitir ni escuchar palabra alguna, ahora conectas tus auriculares al dispositivo que desees y si cierras los ojos puedes imaginarte que estás en un monasterio en las montañas. No es que los auriculares cambien el mundo, pero me permiten ignorarlo un rato y convencerme de que existe algo que sí puedo controlar. Muchas veces, con eso me basta.
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