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Tamaraceite quiere volver a vivir

Viviendas en construcción en Tamaraceite / LP/DLP
Tamaraceite, mi barrio, da pena verlo. Lo digo con el dolor de quien ha crecido entre sus calles, de quien aún quiere creer que esto tiene remedio. Pero basta con dar un paseo para darse de bruces con la realidad: contenedores rebosando basura, calles que huelen a pis, cacas de perro por todas partes, rabos de gato de medio metro movidos por el viento, solares convertidos en vertederos improvisados, promesas incumplidas. El panorama es desolador y, lo que es peor, parece que nadie se da por aludido.
La limpieza brilla por su ausencia y la dejadez se ha instalado como una capa más de polvo sobre el barrio. Los servicios municipales no dan abasto, o no pueden darlo, y la vigilancia es prácticamente inexistente. Los okupas proliferan en casas abandonadas mientras las familias del Patronato Francisco Franco, que aún no han recibido sus viviendas en el plan de reposición –son 76 todavía–, que han vivido toda la vida en Tamaraceite, siguen esperando que alguien cumpla las promesas de realojo y de viviendas dignas. Todavía hay mayores que viven entre escombros, aguas fecales y basuras, mayores que llevan años esperando un papel, una firma, un gesto. La burocracia es lenta; la empatía, aún más.
Los comerciantes, que durante décadas han sostenido el pulso económico de Tamaraceite, están agotados. Muchos han cerrado sus puertas porque ya no pueden más. Otros son atracados sin poder hacer nada. Sus locales vacíos van siendo ocupados por casas de apuestas, esas que atraen a los jóvenes como luces de neón en medio de la oscuridad, prometiéndoles una salida que nunca llega. Tamaraceite, que fue un barrio vivo, alegre y solidario, se está desangrando poco a poco, víctima del abandono institucional y de una apatía generalizada.
Circular por sus calles es otra odisea. El asfalto está destrozado. Los guardias muertos también destrozados o, más bien enterrados, destrozan los bajos de los coches. Las aceras parecen haber sido olvidadas por los planes de mantenimiento. Todo esto, sumado a un movimiento vecinal que se ha ido apagando por el cansancio y la frustración, dibuja un panorama desalentador. La gente está harta de protestar, de escribir, de pedir, de sugerir, de no ser escuchada. Y cuando el ciudadano siente que grita al vacío, el silencio termina ganando.
A esto le unimos que Tamaraceite continúa creciendo: más viviendas, más habitantes, más vehículos, más atascos diariamente y los mismos servicios públicos. Los centros de mayores sin abrir, los centros culturales a medio gas. Y casi lo más importante, porque se refiere a cuestiones de salud, es tener el mismo centro de salud que hace veinticinco años.
Nuestra joya de la corona, las Charcas de San Lorenzo y el Camino Viejo, un paisaje natural protegido, continúa abandonado. Mientras, los políticos hacen oídos sordos al acuerdo institucional de recuperación del entorno.
Pero a pesar de todo, algo sigue latiendo en Tamaraceite. Hay jóvenes que no se resignan, que apuestan por la cultura, por la lectura, por recuperar la vida comunitaria. Hay vecinos que aún limpian la acera frente a su casa, que organizan pequeños actos, que mantienen viva la esperanza. Ellos son la prueba de que el barrio no está muerto. Solo necesita que lo miren, que lo escuchen, que lo cuiden.
Por eso, este artículo no es solo una queja. Es una llamada a las autoridades, para que se acuerden de Tamaraceite más allá de las campañas electorales. A los vecinos, para que despertemos del letargo y volvamos a creer que el cambio es posible. No podemos dejar que el abandono sea nuestro sello de identidad. Tamaraceite merece brillar otra vez, limpio, digno y vivo. Porque un barrio no se recupera con promesas, sino con acciones. Y todavía estamos a tiempo, pero por ahora nos conformamos con recordar qué es volver a vivir.
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