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Opinión

José Luis Correa

Ni para coger impulso

El dictador Francisco Franco visita la fábrica de Seat, fundada por el Estado a través del INI el 9 de mayo de 1950.

El dictador Francisco Franco visita la fábrica de Seat, fundada por el Estado a través del INI el 9 de mayo de 1950. / Pérez de Rozas

Solemos (suelen) preguntarnos qué estábamos haciendo cuando ocurrió algo que cambió el mundo o, al menos, el mundo al que estábamos acostumbrados: el golpe de estado de Tejero me pilló estudiando en La Laguna en mi primer año de libertad sin ira; la caída de las Torres Gemelas, en Málaga como miembro de un tribunal en una plaza universitaria; el gol de Iniesta De Mi Vida, en una romería de San Benito. Ahora que lo pienso, todos esos retazos de leyenda me agarraron lejos de mi casa. El único acontecimiento histórico que me cogió junto a mi familia, por edad y condición, fue la muerte de Franco. Yo tenía trece años y apenas recuerdo que me obligaron, qué cosas, a volver del colegio porque se suspendían las clases hasta nuevo aviso (militar, por supuesto). Llegué, besé a Maruca (el nombre de mi madre se ha convertido con el tiempo en un símbolo; todas las madres de los protagonistas de mis relatos se llaman así) y me senté en el salón a seguir leyendo la novela que me tenía cautivado en noviembre del setenta y cinco, Los Tigres de Mompracem, creo recordar. La noche en que fuimos campeones del mundo (yo no jugué en Johannesburgo, pero me sentí parte de la hazaña) lo celebré como un poseso. El 23 F y el 11 S me estremecí de pánico y tristeza a partes iguales. La muerte del dictador me pilló demasiado adolescente y torpe como para sentir algo más que la dicha de regresar de nuevo a Salgari. Sin embargo, recuerdo aquellos días. Una calima gris (todo era gris entonces) se adueñaba de todo. Con el tiempo el cielo se fue abriendo en una esperanzadora e imperfecta transición que, no olvidemos, sirvió de ejemplo a otros muchos países que vivieron después lo que vivimos nosotros. Ahora se ha puesto todo en tela de juicio. Algunos de los que venían de antes y otros que, por suerte para ellos, aunque no lo comprendan, ni siquiera estaban planeados, añoran volver a la calima gris. Porque vivimos, dicen, en una dictadura. Porque ya no podemos, dicen, salir a la calle sin peligro de muerte. Porque con Franco, dicen, había más libertad y más futuro. No voy a insistir en algo que ya se ha subrayado en esta semana en que conmemoramos el cincuentenario de la muerte del tirano (por cierto, que ya parece hora de enterrarlo del todo): el confinamiento sin pandemia de por medio de las mujeres, de los homosexuales, vagos y maleantes, de los inmigrantes. Solo se me ocurre que, de volver a aquella oscuridad, ninguno de estos iluminados salvapatrias podría decir lo que dice sin que le cayera una somanta de palos en un cuartelillo con olor a miseria. Tanta libertad y tanto futuro no habría, ¿verdad? Pues eso. Que para atrás ni para coger impulso.

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