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Opinión | Retiro lo escrito

Venezuela, la ruina perpetua (y 2)

Casi ocho millones de venezolanos han huido al extranjero, lo que significa nada menos que un 27% de la población

Archivo - El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro

Archivo - El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro / PRESIDENCIA VENEZUELA - Archivo

Si la situación actual de Venezuela acredita una crisis económica que ha acabado con el ensueño de recuperación de los últimos tres años (reducción de los ingresos petroleros, hiperinflación, destrucción de infraestructuras, carencia de bienes de equipo, servicios básicos desbordados) la evolución de su régimen político (que un observador ha bautizado como autoritarismo caótico) es insoportable. La dictadura ya no busca un refrendo en las urnas que le proporcione legitimidad a la voluntad política de Nicolás Maduro. Dos fechas marcan el comienzo del fin de cualquier rastro de cultura democrática en Venezuela.

La primera, 2015, cuando los maduristas (el Partido Socialista Unificado de Venezuela y las Fuerzas Armadas) decidieron renegar de las elecciones a la Asamblea Nacional, las últimas con unas mínimas garantías procedimentales; la segunda, 2024, cuando las presidenciales fueron ganadas por el candidato de la oposición, Edmundo González, un triunfo que no fue reconocido por Maduro y los suyos, sin que aportaran pruebas de su victoria. En esos años el régimen asumió todos los poderes del Estado – en la Asamblea, el Tribunal Supremo, el Consejo Electoral y obviamente en el Gobierno solo se encuentran personas con carnet del PSUV – y perfeccionó sus mecanismos e instrumentos de represión política e ideológica. En el último año y medio han sido asesinados o desaparecidos varios cientos de venezolanos, incluidos menores de edad.

El abuso policial y la práctica de la tortura no son inusuales. Casi ocho millones de venezolanos han huido al extranjero, lo que significa nada menos que un 27% de la población. Y Maduro canta, baila, ríe, come caraotas con arroz, cuenta una película, narra una serie de televisión, juega al béisbol, inventa el idioma inglés, chilla patrióticamente, bambolea sus tetas corriendo al borde del infarto con militares fondones, convoca alistamientos imaginarios y grotescos desfiles de adolescentes y jubilados, decreta dos meses de festividades navideñas y reparte perniles huesudos, imparte órdenes a las viejas malditas de los CLAP para expandir la delación y la extorsión, estrena una serie de televisión que hagiografía sus excepcionales talentos como amantísimo guía y padre de la patria e hijo insigne del Comandante Eterno, Hugo Chávez Frías.

Entiendo que para muchos nada de esto que he contado en dos columnas es suficiente para anhelar y aprobar una invasión de los Estados Unidos que deponga a un dictador tan despreciable, necio y cruel como Maduro. Lo entiendo, sobre todo, por parte de los que no han perdido su país y todas sus posesiones, de aquellos que no debieron abandonar a padres ancianos a la hora de escapar, de los que no se acuestan con hambre, de los que no han tenido que llevar sus propias sábana, su propia bacinilla y sus propias aspirinas cuando han debido ingresar en un hospital destartalado, de los que no han sufrido una violencia que no cesa: ya los ladrones roban a otros ladrones, porque son los únicos que tienen algo que se pueda robar.

De veras, entiendo a esas almas pacíficas y bienaventuradas, pero no escucho la comprensión en sentido contrario. Durante la Segunda Guerra Mundial – y hasta finales de los años cuarenta– las fuerzas democráticas españolas solicitaron una y otra vez la intervención de las potencias aliadas en España para acabar con Franco. Nadie ignoraba entonces que una invasión para liquidar la dictadura franquista costaría muchas vidas y engendraría nuevos daños a un país ya devastado por una guerra civil brutal. Pero eso no significaba un obstáculo, sino un dolorosísimo precio a pagar. La intervención era el único método todavía viable para impedir que el franquismo se consolidara como régimen político durante muchos años. Al final fueron casi cuarenta. ¿Son deseables veinte años más de chavismo? ¿Más violencia institucionalizada, más miseria, más hambruna, más arbitrariedad y destrucción de la memoria histórica de Venezuela? ¿Nos debemos resignar a Maduro comiendo, bailando, saltando, chismorreando, repartiendo perniles y balazos, celebrando los almuerzos en El Alazán de Altamira y los vómitos de sangre en El Helicoide? No.

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