Opinión
El ataque vikingo a Sevilla

La batalla de Tablada
Fue entre fines del siglo XI y principios del XII cuando las costas del norte peninsular presenciaron por primera vez la llegada de las flotas vikingas que se dedicaron a arrasar cuanto encontraron a su paso durante más de un siglo. Según varios testimonios de la época, varias embarcaciones vikingas llegaron al norte peninsular gracias a una tempestad. Al llegar, realizaron numerosos saqueos hasta que fueron derrotados en Galicia. Después, bajaron con sus naves por la costa de Portugal hasta llegar a la desembocadura del Guadalquivir y remontaron el río hasta llegar a Al-Ándalus.
De entre los ataques vikingos a la Península, destaca por su violencia el efectuado en el 844 d.C. cuando entraron por la costa gallega llegando al sur por el río hasta alcanzar Sevilla. Según el testimonio del historiador árabe Ibn Hayyan, la flota escandinava contaba con unos 54 drakkars (barcos vikingos utilizados para incursiones costeras y de interior).
Los vikingos ascendieron por el Guadalquivir y mataron a los habitantes de Coria, Cáceres, para que no dieran la voz de alarma. La primera vez que entraron a Sevilla la población huyó y la segunda, los defensores musulmanes trataron de resistir el envite vikingo sin éxito. Los militares y el gobernador huyeron a la ciudad de Carmona y Sevilla fue destruida, salvándose únicamente la mezquita.

El ataque vikingo a Sevilla / La Provincia
Sevilla estaba desprotegida, ya que el ejército se encontraba en el norte luchando contra los cristianos. Por eso los vikingos no encontraron una resistencia decente y pudieron saquear la ciudad sin piedad, pero pronto las tropas omeyas se pusieron en marcha y poco después de un mes del saqueo fueron derrotados en la batalla de Tablada, no sin antes hacer prisioneros a todos los provenientes del África negra para ser enviados a Irlanda como un bien exótico.
El verdadero secreto del éxito de Abd al-Rahmán fueron sus caballos. La horda vikinga no disponía de este animal, por lo que sufrieron el ataque ecuestre sin poder apenas reaccionar. El general omeya ordenó la decapitación de muchos de los prisioneros supervivientes. Otros tantos fueron enterrados vivos con la cabeza al aire para ser aplastados a golpe del galope de la caballería musulmana.
Al parecer, algunos vikingos se rindieron ante Abd al-Rahmán II, el emir cordobés, a quien no le había hecho ninguna gracia el ataque vikingo. Sin embargo, aceptó recibir a un embajador nórdico y envió a un diplomático, Al-Ghazal, a acordar la paz con su rey. Algunos historiadores sugieren que se dirigió a Irlanda, pero otros creen que viajó a Dinamarca. El diplomático omeya escribió sobre su llegada a tierras vikingas que: «El rey (vikingo) ordenó a su gente que les preparasen un buen alojamiento y envió a un grupo de gente a recibirlos. Los vikingos se agolpaban para mirarlos (a los musulmanes) y se asombraban mucho de su apariencia y de su manera de vestir. A continuación, fueron conducidos a sus aposentos de un modo honorable y pasaron la noche allí».
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