Opinión | Isla martinica
Lágrimas de cocodrilo

Archivo - El exasesor del exministro José Luis Ábalos Koldo García a su llegada al Tribunal Supremo, a 23 de junio de 2025, en Madrid (España). / Jesús Hellín - Europa Press - Archivo
Dicen que vieron llorar amargamente a José Luis Ábalos en el patio central de las Salesas de Madrid mientras esperaba ansioso el auto del juez Leopoldo Puente por el cual se dictaba su inmediato ingreso en prisión. Un gesto que humaniza al personaje y al político porque, los que le conocen en la intimidad o los pocos que aún conservan los lazos de amistad con el que fuera todopoderoso Secretario de Organización del PSOE y ministro de Fomento, aseguran que es extremadamente atento, e incluso afectuoso una vez ganada la confianza. Y no lo pongo en duda, como tampoco dudo de que los hombres «siempre vuelven», como afirmaba Jardiel Poncela, en Una noche de primavera sin sueño (1927), aunque no sepan muy bien adónde.
El hombre llamado José Luis Ábalos Meco -así, al completo, sin olvidar a la madre que lo parió- llora desconsoladamente, de igual modo que lloró al salir del claustro materno, pero ahora lo hace porque ha de volver a otro claustro, si bien este resulta mucho menos acogedor. Es el sino actual de los varones que, de tanto negar nuestra condición, llegamos a parecer simples plañideras a manos de una sociedad volcada hacia lo sentimental y el culto a las emociones. Por eso, no sorprende que el presidiario Ábalos, con sólo pasar una noche entre rejas, fuera el objeto de la pena compartida por muchas de las mujeres de las que hizo colección cuando ostentaba el cargo ministerial. Me pregunto qué tendrá este hombre para cautivar de tal manera a las féminas. Aunque la respuesta me la ofrece una tal Andrea, la que en su tiempo fuera pareja del ahora defenestrado.
Que una de sus exacompañantes, que se cuentan por decenas, con la que no le une ningún vínculo afectivo en el presente, le lleve a prisión ropa y un rimero de libros es de alabar, pero también particular motivo de reflexión. Existe un atractivo desconocido del recluso Ábalos que, en cierto modo, explica, que no justifica en absoluto, el influjo del hombre sobre sus allegados. Es bastante habitual que entre los golfos y sinvergüenzas la gracia personal no esté muy distanciada de la capacidad de provocar el daño. Si lo vemos en perspectiva, resulta que Ábalos es la viva representación del espíritu de la contradicción, ese que es tan humano para unos como hipnótico para otros.
No sé si Ábalos se ahogará en una lágrima, como decía el sabio Lichtenberg de los hombres en uno de sus afamados aforismos, pero de lo que estoy seguro es de que se encuentra muy afectado por la entrada en prisión. Como el cazador cazado, llora su mala suerte, y el padecimiento resultante le hace rumiar muchas cosas mientras le caen por las mejillas gruesos lagrimones de cocodrilo. Como escribiera la entrañable Mariasun Landa, «la cocodrilitis es uno de los males de nuestro tiempo» (Un cocodrilo bajo la cama, 2003). Aunque, si hablamos de camas, al menos, el destino quiso que compartiera celda y litera con su fiel escudero, Koldo García. Como en los viejos libros de la picaresca, el señor y el criado entrelazan sus caminos hasta hacerse inseparables el uno del otro. La peor época de la democracia y, sin duda alguna, la más literaria. Sólo falta uno por entrar en Soto del Real de los cuatro que emprendieron viaje en un tiempo ya pasado. Quiera Dios que este último capítulo de la trama no se demore más de la cuenta por el bien de España.
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