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Opinión | Tropezones

Ostras Pedrín

Ostras Pedrín

Ostras Pedrín / La Provincia

Si me lo permiten, aunque no veo yo cómo me lo van a prohibir, pues todo lo más me castigarán no leyéndome, hoy voy a ponérmelo fácil, pensando en voz alta, divagando vamos.

En Suecia, por tradición chauvinista de protección y control de la salud pública, tienen monopolizada la venta de bebidas alcohólicas en establecimientos estatales, con un surtido de vinos y licores sin parangón, rigurosamente ordenados como si de una biblioteca municipal se tratara, con cuidada imparcialidad a la hora de asignar calidades. Y total ausencia de publicidad que pueda influir en el cliente. Curiosamente es este un privilegio monopolístico que Suecia ha conseguido ver refrendado por la U.E. Otra curiosidad es que en coherencia con los objetivos saludables de este tipo de establecimientos, los impuestos que gravan las bebidas lo hacen en proporción al grado de alcohol y no al precio de coste. Por ello puedes teóricamente encontrarte un Vega Sicilia más barato que en España, pero te crujen en cualquier coñac peleón, dado su alto contenido de alcohol. También es cierto que los recursos de todo un estado les permiten unas existencias prácticamente inagotables, y si no disponen de una marca determinada, la puedes encargar. Y junto a caldos exclusivos embotellados en el «château» te ofrecen vinos traídos a granel en buques cisterna a un precio muy interesante.

Pues bien, estaba yo este verano deambulando por la sección de vinos blancos de una de dichas licorerías, estudiando las últimas aportaciones de los caldos suecos, muy mejorados con la variedad de uva «solaris» tan bien adaptada a los climas escandinavos. Y constatando también la clamorosa ausencia de vinos Verdejo. Ciertamente paradójico , dada la pujanza que viene mostrando esta variedad últimamente en las bodegas españolas punteras. Al inquirir de una de las dependientas sobre ello, me ofreció un «verdicchio» italiano que por supuesto nada tiene que ver con los caldos de Rueda. Al final hube de contentarme con lo más parecido, un «Sauvignon Blanc» de las mismas bodegas españolas que no habían conseguido colocar su verdejo.

Pero a lo que iba. Cuando ya me disponía a abandonar la licorería, me topé con un producto hispano que me sorprendió, no tanto por su uva varietal, la verdosilla, ni por su procedencia, Valencia, sino por su llamativa etiqueta Ostras Pedrín.

A uno que ha crecido con los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, de Jorge y Fernando o del Guerrero del Antifaz comprenderán que no puede dejar de tocarle la fibra sentimental esta denominación. Y no me imaginaba yo que, exceptuando en los de mi quinta, siguieran despertando ningún eco las andanzas de mis héroes de infancia. Pues resulta que al buscar en internet las coordenadas de este vino, me topé en lugar preferente con una marisquería de Chamberí especializada en ostras, también con tan original, y en este caso oportuno nombre.

De lo cual me alegro, pues si con el tiempo va cayendo en el olvido el recatado improperio de Roberto Alcázar, tal vez pueda perpetuarse a través de los vinos y moluscos de la piel de toro.

Porque si Shakespeare y Cervantes han innovado sus respectivos idiomas con expresiones y dichos que han resistido hasta nuestros días, por qué no habrán de correr la misma suerte tantos felices hallazgos, casi con rango de refrán, de los tebeos, la literatura popular o incluso de las fotonovelas.

Fin de la divagación. Como verán no exenta de autoplagios y exageraciones.

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