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Opinión | Venga, circule

Meryem El Mehdati

Diario personal clásico

Diario personal clásico

Diario personal clásico / La Provincia

Guardo todos los diarios que he ido escribiendo desde que era una niña hasta la actualidad. Si en algo invertí esfuerzo este año fue en ir deshaciéndome poco a poco de gran parte de mis pertenencias, tanto ruido generaban. Surge en mí, muy de vez en cuando, un miedo atroz a dejar las cosas ir. Se manifiesta de manera física en respiraciones extrañas y las manos frías. Así que a eso he dedicado cierta parte de este año, a aprender a abrir las manos temblorosas y soltar según qué cosas. De los diarios no me puedo deshacer, cumplen un propósito concreto. Tengo una idea muy clara de la persona que quiero ser, pero qué difícil es llegar… Mis cuadernos iniciales eran libretas escolares de tapa blanca y dibujos infantiles, muchas de mis anotaciones tenían que ver con qué había hecho en el colegio durante el día y qué había comido. Mi letra era redonda y torpe, el trazo tan fuerte que marca las páginas de detrás. Mi forma de observar aquello que me rodea no ha cambiado mucho, no obstante. Es gracioso. El treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y nueve escribí: «Todos los días hablan del efecto 2000. Baba compró muchas velas por si se va la luz. A mí me da igual porque voy a ir a casa de Inés a jugar a la Playstation. A lo mejor el efecto 2000 no llega a su casa porque no vive en Puerto Rico. Inés vive en Los Caideros». Leerse a uno mismo a través de los años es un ejercicio extraño, me cuesta reconocerme en algunas etapas. Los antiguos recuerdos a los que me intento aferrar siempre son sustituidos, de una manera casi suave, muy silenciosa y paulatina, por otros más recientes, brillantes, en su momento hasta todopoderosos. Querría ser capaz de sostenerlos en mis manos, apretarlos con fuerza y conseguir volver a ellos y verlos con la misma claridad del primer día. Es imposible, claro. Suele sucederme que el pasado tiende a desdibujarse en mi memoria en el momento en el que me entretengo con el viento. O con el amor nuevo, el dolor nuevo; en fin, con la vida que se va viviendo día a día hasta que levantamos la cabeza de esa rutina con carácter de arenas movedizas y descubrimos nuevas canas o una finísima, apenas perceptible, línea en la frente. Ya no duermo todo lo que quiero sino lo que puedo y algunas comidas han comenzado a sentarme muy mal. Resisto como puedo el pulso gravitatorio de los amigos que se han entregado al ciclismo y a diversos desórdenes de la alimentación que tildan de «dieta sana», pero temo que mi voluntad se ablande y verme de repente comprando una bicicleta de tres mil euros. No resiento el paso del tiempo ni la constatación de que poco a poco estoy dejando de ser joven, no me importa. Quizá las personas que ansiaron dejar rápidamente atrás su adolescencia y sus primeros años como adultos me entiendan. Sin embargo, me genera un tipo de melancolía muy concreta ser tan consciente de que no puedo volver al pasado, no puedo recuperar el tiempo vivido. El día que se acaba es un día que terminó, no hay un segundo intento. Lo que hay es un nuevo día. Entiendo que muchos argumentarán que ese nuevo día es un segundo intento, pero considero que se equivocan. Será que lo que no llevo bien es ver hoy con claridad todos los errores que me empeñé en cometer sin ser consciente, en su momento, de que eran errores. Dudo que se pueda crecer si no se tropieza a lo largo del camino. Si hubiese podido escoger, no obstante, habría escogido no sufrir tanto con cada caída y desengaño. Gran parte de mi vida ocupa veintinueve cuadernos de diversos tamaños y estéticas. Algunos incluyen fotografías, dibujos y collages, mis épocas más brillantes también fueron las más creativas. Dediqué algunas horas estos días a buscar una nueva agenda o libreta en la que ir vertiendo mis impresiones durante este año que comienza. Tomo prestadas las palabras de uno de mis amigos más queridos para despedirme de todos ustedes hasta dentro de unos días, cuando las listas de lo mejor de 2025 caduquen y los nuevos propósitos nos cieguen con el entusiasmo de quien se deja deslumbrar cada año por las mismas cosas. «De esto va la vida, joven.»

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