Opinión | La Calle Nueva
JUAN CRUZ RUIZ
Los periodistas

Los periodistas más deseados de España / Diversual
Quise ser periodista antes de empezar a leer. La culpa fue de la radio, que me fue contando la vida de golpe. Al principio mi madre no quiso la radio, porque consideraba que aquel era un bicho mandado por el demonio para destruir la alegría, o la convivencia, de los hombres.
Luego ella se dio cuenta de que su hijo el más chico, que era yo, no podía vivir sin aquel aparato y lo dejó estar. Sin la radio la casa hubiera sido otro mundo. Gracias a la radio ella cantaba por la casa, y gracias a la radio, y no es broma, ella sabía que yo no caía en las somnolencias que a un asmático como yo lo podrían llevar a la muerte. Gritaba desde donde estuviera si solo escuchaba la radio y no me escuchaba a mi, mi voz, desde donde estuviera, y gracias a mis respuestas siempre se sentía segura de que yo seguía respirando.
La respiración era, por decirlo así, la señal de vida entre nosotros. Ella, mi madre, buscaba siempre, desde donde estuviera, una rendija para comprobar, desde la huerta, desde la azotea, que el chico seguía vivo y feliz, escuchando la radio. «¡Juanillo, ¿estás bien?». Yo le respondía que sí, gritando también, de modo que ella se quedaba como si mi diagnóstico fuera el de un médico. El miedo a que el otro muriera, en este caso yo, no fue tan solo un modo de cuidar del chico, como decía ella, sino que era, sobre todo, la consecuencia de un malestar que yo representaba y que ocurrió en varias partes de la familia.
Una de esas razones para estar atentos a lo que nos pasara a los que estábamos más expuestos a la enfermedad, a cualquier enfermedad, era lo que le había padecido años atrás, y toda su vida, a mi abuelo Silverio que, por otra parte, era un jabato. Este abuelo, padre de mi padre, pariente también de mi madre, tenía asma, como yo, pero era más valiente que todos sus hijos u otros descendientes. Domaba burros, caminaba (con su fuchifuchi, que usábamos a veces juntos), desafiando siempre cualquier señal de peligro. Él domaba burros, digo, y lo hacía en medio del barranco, con enorme capacidad de riesgo y de alegría, y por eso ganaba unas pesetas que se las gastaba luego en perras de vino.
A veces le salían gratis esas perras de vino, porque en un tiempo mi padre puso una ventita que resultó infructuosa y que mi madre decidió arrancar en cuanto pudo.
En mi familia más cercana, las de los descendientes de mi madre y de sus hermanas o hermanos, hubo antecedes graves, y tristes, de ese modo de caer en la peor de las enfermedades, la del asma, que entonces era como lo serían luego otras enfermedades que aun no tenían nombre.
Juanilla, la hija de Antonia, la mejor amiga (y hermana) de mi madre, murió a los trece años de la enfermedad que yo tuve casi a la vez, aunque ella era mayor. Nadie dijo en casa, ni supe durante años, de esa noticia tan triste, porque mi madre decidió que de eso se hablaría con los años. Contar la tristeza era algo vedado en la casa, excepto si lo que ocurría (un terrible accidente de mi hermano Paco) era tan notorio como el grito que desató en la casa, en el barrio y en la vida.
Ella misma, mi madre, fue siempre una mujer alegre, capaz de disimular los dolores propios con tal de que el chico (y los chicos) estuvieran siempre creyendo que todo iba bien. Una vez, sin embargo la vi llorar en el patio, cuando a la vez cantaba o leía la prensa para demostrarle a mi padre que era bueno que yo fuera periodista, contra lo que él decía: que los periodistas estaban siempre con los calzones rotos por el culo.
Ella siempre creyó que la alegría no se le podía hurtar a los niños, y para ella fui niño siempre…, hasta que me fui de casa. Mientras ella se convirtió en la cantante que tarareaba lo que dijera la radio, y me acompañaba a escuchar todos los programas que le sonaran interesantes, yo sentí que aprendía de ella más que de las escuelas. ¿Y de los periódicos? Mi padre decía que los periódicos no servían para nada. Cuando ella se lo escuchó por primera vez ella se decidió a leer todas las tardes, después de fregar la loza, el diario El Día, que desde entonces fue su periódico.
Ella era una de las pocas personas alfabetas que había en el barrio, porque venía de la era prerrepublicana que permitió que los pobres, o los que no eran ricos, aprendieran más que las cuatro letras. Mis hermanas, por ejemplo, fueron bastante tiempo negadas a ese saber, el saber de leer, porque enseguida tuvieron que trabajar, en su caso en los empaquetados de plátanos.
Fue, ya se sabe, una época horrible de la que se salvaron muy pocos pobres. Yo me salvé por mi enfermedad, el asma, que me permitió (por decirlo así) estar en casa… escuchando la radio. Sabíamos lo que decían las noticias, pero también sabíamos qué decían las canciones y las personas, hablando y hablando todo el día, hasta que por la tarde, sobre las cinco, porque entonces la radio se volvía iglesia y nos llenaban de curas rezando.
En ese clima yo me hice periodista antes de tiempo, cuando apenas sabía leer y escribir. Mi hermano Paco, que ya era mecánico, traía desde La Orotava los cuentos del Capitán Trueno, cada miércoles, y eso me puso a leer ávidamente gracias a lo que escuchaba y a lo que ya leía. Luego ya me acostumbré a los periódicos, ella me acuciaba: escribe, lee, y no te juntes con toda clase de gente.
Fui periodista a los trece años. Salvador Pérez, Paladín, recogía mis textos para Aire Libre. Pasó el tiempo y nació un periódico en Madrid, El País. Decidí pedir trabajo allí. El director de El Día, Ernesto Salcedo, le dijo a mi madre que no me dejara ir a Madrid, porque aquel periódico iba a durar tres días. Ella no dijo nada, y para allá me fui. Soy periodista desde antes de nacer, por así decirlo, y lo sería de nuevo si volviera a nacer. Lo soy hasta los huesos y hasta la alegría de contarlo. n
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