Opinión | El lápiz de la luna
Comunicación unidireccional

Canarias abordará la prohibición del uso de móviles en colegios / MANU MITRU
Desde hace un tiempo vengo observando un fenómeno preocupante. Al principio me negaba a aceptar que se estuviese dando esa situación, luego me enfadé al darme cuenta de que lo estábamos normalizando y, por último, me entristecí al constatar que es la norma en nuestro día a día. Y así, como si de un duelo se tratara, voy transitando cada una de las etapas en las que me despido de la responsabilidad emocional con el otro.
Estoy segura de que más de uno se habrá preguntado que a dónde quiero ir a parar y lo explico con una sencilla pregunta: ¿cuántos de ustedes han enviado un WhatsApp o un email contestando a la petición de alguna persona, ya sea del círculo cercano o del entorno laboral y han obtenido como respuesta el silencio? Ojalá que sean muchos los que confiesen que jamás se han visto en esa situación, pero la realidad es que cada vez son más personas las que comentan cómo la comunicación unidireccional muchas veces se vuelve norma.
Normalmente esperamos que en un caso como el de la pregunta que les hice recibamos de nuestro interlocutor, como mínimo, un «Ok, recibido» o «Muchas gracias, lo tendré en cuenta». Algo que nos dé a entender que el mensaje no se quedó en el limbo de una dimensión inexistente. Vivimos rápido, lo queremos todo ya, anteponemos siempre nuestras necesidades a las de los demás, escribimos un mensaje solicitando una información y una vez que la obtenemos nos olvidamos de que gracias a otra persona hemos resuelto, confirmado o conseguido algo que necesitábamos; sin embargo, se nos olvida lo más importante: siempre hay alguien al otro lado que nos ayuda.
Entonces, ¿por qué racaneamos en la bidireccionalidad de la comunicación? El otro día me comentaba una amiga que desde una empresa le solicitaron su currículum. Ella lo envió con muchísima ilusión. Sin embargo, lleva semanas con la duda de si lo recibieron o se lo tragó la intranet, pues nadie le ha enviado un «Ok, recibido» de vuelta. Dos palabras que no cuestan nada y demuestran que somos responsables con las emociones y necesidades del otro.
¿Cuántos de ustedes se llevan el móvil al baño para pasar el rato mientras evacúan?
Por no decir, sencillamente, que es una cuestión de educación. Yo misma me he visto enredada en alguna plática de WhatsApp como la que detallo: «Hola, qué tal, cuánto tiempo. Espero que estés bien. Oye, ¿tienes el número de fulano que necesito hablar con él?» Y yo: «Sí, claro, le pregunto si te lo puedo enviar y te lo paso». Silencio al otro lado. Yo de nuevo: «Aquí te va». El otro: «Cri, cri, cri» que es lo mismo que la nada. Las personas no somos de usar y tirar.
No podemos acercarnos a alguien, solicitar su ayuda y olvidarnos de dar las gracias, que creo que es una de las primeras palabras que aprendemos después de papá y mamá. Cierto es que hay quienes muestran su agradecimiento con un emoji. El que más éxito tiene es el beso de corazón seguido del pulgar hacia arriba.
Les lanzo otra pregunta: ¿cuántos de ustedes se llevan el móvil al baño para pasar el rato mientras evacúan? Bueno, pues eso, que un WhatsApp se envía hasta cagando. Por tanto, no mantengamos conversaciones de mierda y no dejemos a los emisores del mensaje creyendo que su recado se quedó perdido entre aguas mayores.
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