Opinión
Brigitte Bardot, entre el candor y la perversidad
La muerte de la actriz nos evoca el recuerdo de una de las estrellas más seductoras de la historia

Brigitte Bardot
La prohibitiva pero seductora imagen de Brigitte Bardot (París, 1934/Saint Tropez, 2025), fallecida el pasado domingo, no solo satisfacía sobradamente los delirios eróticos de muchos hombres durante la segunda mitad del siglo XX, sino los deseos inconfesables de legiones de mujeres cautivadas por la facultad de la actriz para mostrarse en todos los campos de su vida, y en la gran pantalla en particular, como una mujer libre, rebelde, indomable, controvertida y sexualmente explosiva, atributos que quedan claramente al descubierto a través de la extensa nómina de amantes y maridos que ocuparon su corazón desde sus tímidos inicios en el cine de la mano de cineastas como Sacha Guitry, que la dirige en un breve aunque enjundioso papel en Si Versalles pudiese hablar (Si Versailles m´était conté, 1953); el estadounidense Robert Wise, que le encomienda un papel secundario en Helena de Troya (Helen of Troy, 1955), megaproducción rodada integralmente en Italia junto a Rossana Podestá y Jacques Sernas, donde aún no se percibía claramente el perfil radical que la convertiría, años después, en la monarca indestronable del reino del erotismo.
A partir de entonces, Brigitte comienza a ser ampliamente conocida en el ámbito del cine europeo. En Las grandes maniobras (Les grandes manoeuvres, 1955), interpreta un lúcido aunque breve papel a las órdenes del gran René Clair y poco después protagoniza Esa pícara colegiala (Cette sacrée gamine, 1955), de Michel Boisron, filme que imprevisiblemente alcanzaría un gran éxito de público, así como su interesante papel en Caso de desgracia (En cas de malheur, 1958), de Claude Autant-Lara.
Aunque todavía no se había convertido en una verdadera star, pero sí en un fenómeno nuevo e insólito en el cine galo, dentro del cual ya comenzaba a escalar los peldaños que le conducirían muy pronto a la cumbre de la celebridad, le llegaría la gran ocasión de su vida a través de las astutas maniobras promocionales orquestadas por su paciente Pigmalión y exmarido Roger Vadim, reputado explotador de estrellas, con quien protagonizaría su controvertida película Y Dios creó a la mujer (Et Dieu… créa la femme, 1956), el filme que contribuiría a transportar a Brigitte a la fama internacional como una de las grandes representantes del erotismo cinematográfico en la década de los años cincuenta, absolutamente homologable con el sex appeal que destilaban otras sex-symbols del momento, como Marlene Dietrich, Lauren Bacall, Vivien Leigh, Marilyn Monroe, Sophia Loren, Rita Hayworth, Maria Félix, Greta Garbo, Liz Taylor, Ann Margret, Lana Turner, Susan Hayward, Jayne Mansfield, Joan Crawford, Grace Kelly, Jean Harlow, Kim Novak, Raquel Welch, Hedy Lamarr o Ava Gardner.
La perfecta mezcla de candor, perversidad y adolescencia que su imagen transpiraba en aquella película fue una bomba para la moral de su tiempo, y desde ese momento B.B. será para unos la viva encarnación del pecado y para otros el estandarte de la libertad femenina en una sociedad atravesada por la larga sombra del patriarcado.
En cualquier caso, tampoco se caracterizó nunca como una militante feminista, al contrario, sus cuitas ideológicas, como las de su coetáneo y compatriota Alain Delon, se vincularon —pese a su empecinada defensa del mundo animal y de su eventual vinculación a otras organizaciones de tintes progresistas— a los dominios de la extrema derecha, representada en Francia por la Asamblea Nacional de Marine Le Pen.
Y aunque nadie se molestó nunca en enjuiciar rigurosamente su trabajo interpretativo a lo largo de sus escasas dos décadas de recorrido profesional, supo labrarse su propia identidad como estrella, encarnando papeles socialmente inapropiados para un periodo histórico como el de la posguerra, mucho más concentrado en tareas de reconstrucción material y moral del pasado más reciente que en operaciones de hondo calado sexual. Pero en el fondo, la mejor actuación de la actriz fue su propia vida, mezcla de comedia y de drama, con su rosario de bodas (Roger Vadim, Jacques Charrier, Christian Kalt, Günter Sachs…), de amantes (Jean-Louis Trintignant, Samy Frei, Bob Zaguri, Gilbert Bécaud, Laurent Vergez, Serge Gainsbourg…), de escándalos sociales y de diversos intentos de suicidio.
No obstante, entre las numerosas actuaciones que jalonan su carrera destacan algunas, como su breve participación en calidad de estrella invitada en El testamento de Orfeo (Le testament d’Orphée, 1959), de Jean Cocteau, junto a Jean Marais; La verdad (La vérité, 1960), de Henri-Georges Clouzot, junto a Samy Frey y Charles Vanel; Vida privada (Vie privée, 1961), de Louis Malle; El desprecio (Le mépris, 1963), de Jean-Luc Godard; Viva Maria! (Viva Maria!, 1965), de Louis Malle, compartiendo protagonismo con la ya icónica Jeanne Moreau; el peculiar western de Edward Dmytrick, Shalako (1968), junto a un reparto internacional encabezado por Sean Connery, Stephen Boyd y Jack Hawkins; La muñeca y el bruto (L’ours et la poupée, 1969), de Michel Deville, y El boulevard del ron (Boulevard du Rhum, 1971), de Robert Enrico, en un memorable duelo interpretativo con el gran Lino Ventura, que muestran que, efectivamente, no carecía de talento, aunque desistió de seguir desarrollándolo a cambio de continuar alimentando su insaciable sed de popularidad junto a un extenso listado de cineastas de escaso relieve artístico, como Michel Boisrond, Osvaldo Chivirani, Guy Casaril, Nina Companeez, Jean Boyer, Ralph Thomas, Georges Lacombe y, sobre todo, de su Pigmalión y primer marido Roger Vadim, con quien trabajó en cinco de sus largometrajes orientados, en su mayoría, hacia la promoción exclusiva de la embrujadora imagen sexual que ofrecía siempre la inolvidable diva francesa en las pantallas de todo el mundo.
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