Opinión
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No me pillará nadie en lo de escribir mis propósitos de año nuevo, no creo en las listas de tareas para el yo futuro ni en la cuestión de la optimización sin fin. Todo el mundo quiere mejorar, nadie sabe por qué o para qué. Es tan deprimente. No somos máquinas ni modas que vienen y van siguiendo lo que prediga el algoritmo de turno, somos personas. La vida ya es complicada de por sí, mi futuro yo tendrá que conformarse con lo que haya en el momento en el que le dé por aplicarse a sí mismo reglas que solo funcionan en el entorno empresarial. Ojalá ese día no llegue jamás, seguiré remando. Tengo este sueño muy simple y mundano en el que me veo rodeada de mis seres queridos, familiares y amigos, viviendo una vida tranquila en la isla en la que casi nací y crecí.
Verán, algunos seres humanos tenemos este defecto tan inconveniente, solemos querer estar con nuestra gente. Nos plantamos (o nos plantan) en un lugar y desarrollamos apego y afecto por el entorno en el que abrimos los ojos por primera vez. Muchos de mis anhelos se construyen sobre la fantasía de poder volver a casa en algún momento. Esta imagen me acompaña adondequiera que vaya, y la comparto siempre que alguien me pregunta por mi idea de la felicidad. Soy una persona ambiciosa, quiero poder trabajar en mi tierra de algo que no esté relacionado con el sempiterno servicio infrapagado al inglés o al alemán. Qué cosas tenemos algunos canarios, aún nos queda algo de orgullo, algo de fuerza.
El tiempo pasa y ese sueño se me antoja cada vez más y más lejos de mi alcance. No es porque no intente volver, sino porque tengo la manía estúpida de decirme a mí misma que la esclavitud se abolió hace bastantes siglos, y partirme el espinazo para entregarle un salario mínimo interprofesional a un casero no suena sexy. No tiene gancho, sobre todo a partir de cierta edad. En Puerto Rico la vida transcurre a un ritmo que se asemeja mucho al ir y venir de las olas. El agua se hunde en la arena, otra ola nos cubre los pies. En la playa no existen preocupaciones ni noticias de países que bombardean otros países a su antojo, porque pueden. Si no llevo las gafas puestas puedo fingir que los restaurantes que ocupan todo el paseo no existen y que los guiris son hormigas.
Cuando vuelvo a casa sigo sentándome en la misma tumbona de mi terraza y observo cómo se pone el sol al atardecer de la misma forma que tantas veces antes. No he estado nunca en otro lugar en el que mi corazón se haya sentido tan en paz como aquí. A la altura del restaurante Balcón Canario en la avenida Tomás Roca Bosch hay una especie de panel de una inmobiliaria con todos los pisos que se venden o alquilan en la zona. Todos los anuncios están en inglés. No me pregunten por qué, no les va a gustar la respuesta.
Tras varios lustros siendo bombardeados casi cada día con el mismo discurso aburrido y pesadísimo sobre poblaciones extranjeras de países en vías de desarrollo que nos iban a invadir e iban a adueñarse de nuestra cultura y nuestras tradiciones, mi propia localidad se ha convertido en un lugar en el que los carteles se presentan en inglés y ya luego en español. No nos preocupa porque el sur de Gran Canaria nunca le importó a nadie más allá de poder o no poder alquilar un bungalow durante Semana Santa. Ah, pero si esos mismos carteles estuvieran escritos en árabe… ¡Cómo cambiarían tantas cosas!
Desde el chófer de la guagua que se rinde ante el «One ticket to Arguinegüín, please» a pesar de saber que, si estuviera él de visita en Londres nadie aceptaría su «Un tique para Victoria Esteishon, por favor» hasta los restaurantes que ya no sirven una tapa de papas con mojo sino «potatoes with mojo sauce», todo este ecosistema de servidumbre se ha incrustado tanto en la tierra misma que no me sorprendería ver cómo la mitad de la isla exhala su último aliento en español en los próximos años.
A lo mejor es esa la auténtica Agenda 2030, el plan real. Sustituir a cada canario por un turista. Tal y como están las cosas no sé si alguien notaría la diferencia.
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