Opinión | Miel, limón & vinagre
Tino Pertierra
Jodie Foster, la artista que acierta siempre de plano
La actriz estrena ‘Vida privada’, rodada en francés, y se consolida a sus 62 años como una actriz y directora exigente e inconformista

Jodie Foster, actriz y directora de cine. / Redacción / EFE
Jodie Foster lleva en los genes el espíritu emprendedor. Aventurero, en cierto modo. Uno de sus antepasados fue John Alden, que llegó a Norteamérica en el Mayflower en 1620. A su manera, la actriz –que acaba de estrenar Vida privada, rodada en francés, uno de los idiomas que domina– también ha convertido su carrera en una travesía por aguas imprevisibles, alejada casi siempre de las zonas de confort.
Actriz exigente, directora inconformista y pausada, defensora sin desmayo de la privacidad y amiga infatigable –ahí está su lealtad fraternal con Mel Gibson, tan en las antípodas en algunos asuntos políticos–, Foster se declara contraria a los rejuvenecimientos por la vía del bisturí, apuesta por una vida sanísima y considera el deporte una vía de conocimiento y salud intachable, sobre todo una vez superada la barrera de los 60 años: ahora presume de una madurez y estabilidad que no poseía lustros atrás.
Foster (Los Ángeles, 1962) no fue una niña prodigio: fue un prodigio de bebé. Con dos años se convirtió en la imagen de las cremas solares Coppertone y a los cuatro ya actuaba series de televisión. De alta cuna y educación de élite, Foster rompió todos los moldes habidos y por haber con doce primaveras tras ser elegida por Martin Scorsese para encarnar a una prostituta infantil en una de sus obras maestras perturbadoras: Taxi Driver. Un trabajo que levantó una gran polvareda y que le valió una nominación al premio Óscar como la cría prostituta que desencadena la tormenta de furia y redención de un Robert De Niro en estado de (des)gracia. Como daño colateral del éxito, la obsesión por ella de John Hinckley Jr., quien intentó asesinar a Ronald Reagan el 30 de marzo de 1981 para llamar la atención. Trabajar con De Niro, aunque entonces le pareciera aburrido por el método de trabajo del actor, le cambió su forma de ver el mundo: «Por fin me enseñó a improvisar para nuestra tercera comida juntos, y me abrió los ojos a lo que podía ser la actuación. Y a los 12 años me di cuenta de que era mi culpa porque no había aportado lo suficiente. Solo decía diálogos, esperaba el siguiente y actuaba con naturalidad, pero construir un personaje es algo diferente». Y vaya si aprendió.
Casi sin descanso, Alan Parker le dio otro papel nada sencillo en el atípico musical Bugsy Malone, protagonizado por niños en el papel de adultos, y donde encarnaba a Tallulah, una cantante en el Chicago de la Ley Seca.Otra infancia turbulenta.
La carrera de Foster se disparó a finales de los años 80 con su primer óscar por Acusados, tremebundo y efectista drama en la que interpretaba a la víctima de una violación grupal. Remató la faena a principios de los 90 con un papel icónico: El silencio de los corderos». Segundo óscar en un thriller truculento plantando cara a todo un Anthony Hopkins que hizo de Hannibal Lecter un icono del mal. Sus duelos de miradas con un cristal blindado de separación hacían de una historia más bien convencional una experiencia aterradora.
Llegó luego una etapa más tranquila con títulos abiertamente comerciales y de resultados tan correctos como poco memorables (Sommersby, Nell, Contact, Ana y el Rey o La habitación del pánico), aunque el trabajo de la actriz mostraba la misma convicción y veracidad que en propuestas más arriesgadas, especialmente en su aproximación a la ciencia ficción humanista, a la que aportaba unas dosis emocionantes de coraje y fragilidad o en su acertado retrato de una mujer atrapada con el mal al acecho.
Tras las cámaras, Foster siempre ha exhibido una ambición y meticulosidad extremas a la hora elegir proyectos. Lo puso de manifiesto ya en sus primeros planos con El pequeño Tate, sensible drama sobre personas superdotadas (como ella misma), aunque su filmografía posterior (A casa por vacaciones, El castor), siendo atrevida y estimable, no tuvo la misma resonancia.
No ha sido Foster una activista política de alboroto y pancarta pero siempre ha dejado bien claras sus posturas progresistas en el debate público sobre asuntos como la educación, la cultura y la responsabilidad social, con especial apoyo a la igualdad de derechos de las personas LGBTI. Armonía en estado puro: sobriedad, nada de estridencias, principios diáfanos que no es necesario subrayar porque se sobrentiende dada su trayectoria. Tampoco se sabe mucho de su vida privada, celosamente guardada por una mujer alérgica a exhibicionismos y hostil a las miradas indiscretas. Se sabe que en 2014 contrajo matrimonio con Alexandra Hedison, fotógrafa y actriz, una relación discreta y alejada por completo de los focos y alfombras rojas. Antes, una relación estable con la productora Cydney Bernard, con la que tuvo dos hijos. Y punto.
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