Opinión | Un carrusel vacío
Wild Wild West

Wild Wild West / Shamir Viera
Siempre quise hacer la pantomima de desayunar un cruasán frente al escaparate de Tiffanny’s, en la Quinta Avenida. O recorrer los lugares que inspiraron a Federico García Lorca para escribir uno de sus libros más famosos. Conocer Little Italy y ver si existe allí alguna frutería similar a aquella ante la cual dispararon a Vito Corleone y, después, pronunciar en voz alta la palabra «Miranfú», por si Miss Lunatic abandona su puesto en la Isla de la Libertad para venir conmigo y contarme todos los secretos de la ciudad.
En algún momento, emprendería la Ruta 66 –moteles sacados de una película de Hitchcock, gasolineras cuyo encargado está encubriendo un crimen– y me detendría frente al Cañón del Colorado, que vi por primera vez en un documental del Imax de Madrid, antes de cumplir diez años. Seguiría hasta la costa oeste y me asomaría a Venice Beach, donde una conversación entre dos jóvenes estudiantes de la UCLA se convirtió en el germen de mi grupo de rock favorito, The Doors, a mediados de los sesenta. Muy cerca, en Sunset Boulevard, visitaría Whisky A Go Go, el famoso local en el que ofrecieron sus primeras actuaciones, antes de ser conocidos. Tampoco podría olvidarme del Observatorio Griffith, donde Mia y Sebastian compartieron su primer beso en aquella «ciudad de las estrellas» y antes, mucho antes, James Dean empezó a cansarse de ser un rebelde sin causa.
Habría querido hacer estas y otras muchas cosas. Probablemente, me hubiera dado cuenta de que mis expectativas son más altas que la realidad –siempre idealizo sin remedio–, pero eso es, en parte, inevitable. Me ocurrió también con París, en su día. Sin embargo, ahora esos sueños parecen más lejanos. Leo que Estados Unidos tiene previsto implantar una medida consistente en solicitar el registro de los últimos cinco años del historial de redes sociales a los turistas que visiten el país. Sospecho que automáticamente quedaremos fuera aquellos que nos arriesguemos a afirmar, de manera pública, que su presidente constituye un verdadero peligro a nivel planetario. Pero la otra opción sería guardar silencio ante las barrabasadas que están sucediendo en el mundo. Ninguno de nosotros tiene el poder para cambiarlo, pero el grito es una pequeña forma de rebeldía.
Que Nicolás Maduro fuera un dictador, mantenido en el poder a pesar de no haber sido elegido e investigado por crímenes de lesa humanidad, nadie lo pone en duda. Que Trump, erigido como Sheriff Mundial, se coloque una estrellita en la solapa y decida que tiene el derecho a intervenir por su cuenta y riesgo en Venezuela y de secuestrar al mencionado dictador para juzgarlo en su país… esa ya es otra historia. Trump tan pronto le perdona la vida a dos pavos en el Día de Acción de Gracias como dice salvar a una nación de la cruel dictadura que la atenaza. Él, que ha emprendido una guerra contra los inmigrantes en un país que se formó gracias a ellos, principalmente; que ha considerado a Europa «el enemigo», que se ha reído del cambio climático y que en 2021 no condenó a aquellos partidarios suyos que protagonizaron un asalto al Capitolio: un intento de golpe de Estado en toda regla.
Resulta que el mencionado señor, con todas estas medallas a sus espaldas, se ha considerado con la autoridad moral suficiente para violar la legalidad y gestionar «a su forma» el problema de Venezuela –que, insisto, no era pequeño–. Y todavía hay quien le aplaude. Me viene a la cabeza esa cita de El bueno, el feo y el malo en la que Clint Eastwood afirma, con su chulería característica: «El mundo se divide en dos tipos de personas: los que tienen el revólver cargado y los que cavan». Ya sabemos quién tiene aquí el revólver cargado. Y nos imaginamos también qué es lo que tiene Venezuela para despertar en Trump esa faceta desconocida de superhéroe.
Esto ha sido la demostración pública de que puede hacer lo que le venga en gana y en el momento en que así lo decida; lo del derecho y las normas es para los débiles. «El pistolero ha llegado ya a la ciudad», cantaban los Pistones, a mediados de los ochenta, y creo que sería una excelente banda sonora para el panorama actual. Al final, el planeta corre el peligro de transformarse en un «Saloon» del salvaje oeste, y nosotros somos ese camarero que deja de servir wiskis para contemplar, aterrado tras la barra, cómo el autoproclamado sheriff, con su sombrero de ala ancha y sus botas con espuelas, atraviesa las puertas y apunta a todos con su revólver. Fuera, una bola de cactus cruza en silencio la explanada.
Visto lo visto, solo nos queda gritar. Y, a algunos, reflexionar más a la hora de depositar su voto en la urna.
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