Opinión | Retiro lo escrito
Un poco de demagogia

Astrid Pérez en uno de los momentos de su intervención / Parlamento de Canarias
Un poco de populismo demagógico no nos va a hacer ningún daño. Y si así fuera, ¿qué más da? A sumar a todos los problemas estructurales del ecosistema político canario y la gobernanza se encuentran esos pequeños abusos y burlas con los que nuestros queridos dirigentes nos siguen zahiriendo. Sí, por supuesto, me refiero a lo de las cestas de navidad que la presidenta del Parlamento, Astrid Pérez, decidió repartir entre sus señorías antes de las largas vacaciones de los diputados, que salvo por una par de comisiones y un pleno relámpago se prolongarán hasta el próximo mes. Algunos se han molestado porque en las susodichas cestas no se incluía ningún producto gastronómico canario, solo exquisiteces de varias regiones españolas. A mi modesto juicio es necesario ser particularmente botarate para escandalizarse por esta circunstancia –«¡ni gofio, ni mojo, ni suspiros de Moya, ni una triste rapadura!»– y no porque la Mesa del Parlamento se gaste los cuartos para agasajar a los diputados, lo que significa, resumidamente, que los diputados decidieron regalarse una cesta de navidad a sí mismos. Aunque en el pasado existieron presentes navideños, esto de las cestas es otra innovación de la brillante era Pérez, que podría tener como divisa que la vida buena y la buena vida son intercambiables mientras tus glúteos no se queden sin escaño. Por supuesto, no se ha informado sobre el coste del sabroso aguinaldo, aunque si se evalúan los productos incluidos, la factura estaría más o menos entre los 8.400 y los 9.500 euros. Nunca no precisarán la cantidad. No sabemos lo que gana mensualmente la presidenta de la Cámara. No nos van a contar lo que se gastan con sabrosuras los representantes de un país que tiene un salario medio de 1.800 euros mensuales, el más bajo de España según el INE.
Otra deliciosa noticia que deriva de un descubrimiento. Ayer quedó confirmado que la Fiscalía Anticorrupción se querellará contra cuatro personas en el llamado caso de la Sociedad de Promoción del ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria: la exconcejal Encarna Galván, la gerente de la sociedad municipal, Elena Rodríguez, su antecesor en el cargo, Agustín Díaz, y la empresaria Natalia Medina. Todos, supuestamente, participaron en un uso abusivo de los contratos menores. No me ha llamado la atención que la alcaldesa, Carolina Darias, haya pronunciado varias afirmaciones asombrosas. Por ejemplo, que apoya irrestrictamente a todos los querellados porque «creo en la presunción de inocencia». Se puede creer en la presunción de inocencia de un querellado y no apoyarlo política ni personalmente. De hecho la presunción de inocencia no es una creencia individual y volitiva, sino un derecho fundamental y un principio rector que nada tienen que ver ni con los delitos que se le acuse a alguien o ni con la condición de procesado. Darias va más allá y utiliza el derecho a la presunción de inocencia para justificar que Elena Rodríguez permanezca en su cargo de gerente de la Sociedad de Desarrollo. Pero no, no es eso lo que ha sorprendido a un servidor. Lo que me ha pasmado es descubrir que la señora Galván funge actualmente como directora insular en la Vicepresidencia del Cabildo de Gran Canaria que ostenta don Augusto Hidalgo, ruiseñor socialista que ejercía como alcalde de Las Palmas justo cuando se produjeron las contrataciones en las que, según la Fiscalía Anticorrupción, se conculcó la legalidad. Todavía recuerdo la ciceroniana dignidad con la que Encarna Galván anunció su dimisión como concejal por este maloliente asunto. Galván, sin duda, resplandecía de respeto tanto por la administración pública como por los administrados. Tal vez su enorme, ejemplar entereza tenía que ver con que un par de días antes había hablado con Darias e Hidalgo para aterrizar a toda velocidad en el Cabildo grancanario.
Y, por último, lo de José Bermúdez, que ahora deja claro su anhelo de «resignificar» el Monumento a Franco que todavía en 2026 sigue avergonzando a Santa Cruz de Tenerife. No sé cómo a los alemanes no se les ocurrió resignificar la Nueva Cancillería del Reich y sus hermosas esculturas. Qué gente tan apocada.
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