Opinión | Risas y fiestas
El fin del mundo

El fin del mundo / La Provincia
A veces, cuando le cuento a alguien mi adolescencia, matizo: yo de verdad me creía lo de que en 2012 se iba a acabar el mundo. Recuerdo el momento en el que me enteré, apoyada en un murito del centro comercial Oasis, una conversación entre les familiares adultes y mi antenita puesta, como siempre. La antenita puesta siempre = escuchar de vez en cuando algunas cosas que no deberías estar escuchando, y eso puede ser dulce como un rosconito de Reyes o amargo cuando muerdes sin querer el plástico del haba y fos qué asco jediondo. Yo, tan blandita que era entonces, no tenía que haberme enterado de esa teoría conspiranoica que corría por todos lados y sin embargo se me trenzó el estómago y se me metió en la cabeza la idea de que de los diecisiete no pasaba yo, no pasaba nada.
Eso me hacía ver el instituto como un todo sin consecuencias. Así que me dedicaba al placer y a la fiesta, a que las cosas a mi alrededor estuvieran lo mejor que pudieran en un presente largo largo que llovía de vez en cuando y qué preciosa lluvia y daba un calor que te cagas de vez en cuando y qué horror el calor pero vamos a respetarlo porque porque. Me dedicaba, a la vez, a tener miedo, creo, me parece, aunque no era que yo estuviera todo el rato pensando ay que se va a acabar el mundo sino más bien que, si pensaba en lo que había más allá de mi segundo de bachillerato, veía una especie de masa negra. ¿Tal vez miedo del futuro, también, angustia al ver los capítulos de Glee en los que algunos de los personajes iban a graduarse y se iba a separar el grupo? Quizá necesitaba vivir la adolescencia como un capítulo absoluto que, por ir a terminarse en esas circunstancias, no iba a terminarse nunca, intacta la bolita de arena perfectamente redondeada durante un rato que da miedo ahí pescando inmersa huyendo.
Huyendo. Es compleja esta relación con el fin del mundo. Me agarró al presente, pero a cambio de qué, y quizá no era un agarramiento, sino un aferramiento, o quizá una aceptación del fracaso que abre otras puertas, o todo a la vez. En ‘La última frase’, Camila Cañeque habla, mientras habla sobre la muerte, sobre el fin del mundo: todas las generaciones han tenido el suyo o los suyos, una anticipación desastrosa que crea la nube negra delante y hace sentir que seremos las últimas personas, les últimes adolescentes, la última gente que va a presenciar eso tan determinante y a la vez está lo más avanzada en el tiempo que se estará ya más nunca. Es un egocentrismo y a la vez una expresión de vulnerabilidad: sentimos que la existencia es tan caótica que quizá queremos entregarnos a ese caos, controlarlo con una profecía segura que nos haga saber cuándo y cómo y a veces por qué.
Yo soy vulnerable a eso, porque soy miedosa y crédula y hasta las cosas que obviamente no me creo me dan vueltas a veces por la ansiedad. Lavadora de ¿y si y si y si? que centrifuga a tope de rápido, tanto que no me da tiempo de pensarme lo que estoy pensando. Una conversación entrada por los oídos de repente o un post en redes sociales, donde no hay ningún control ni ningún filtro y puede caerte encima una escupitina ajena que te joda los meses que vienen mientras esperas una fecha y luego cuando pasa te das cuenta de que has perdido el tiempo, el presente, sintiendo esa especie de presente en peligro-presente adorado que no se parece en nada, en nada, a la tranquilidad.
A la vez, suceden tantas cosas terribles que es normal que nos pensemos a cada momento que se va a acabar el mundo. Las profecías vienen acompañadas de miedos reales y horripilantes. Escribía hace unos meses en este huequito mío de los sábados que a veces nos aferramos a miedos irreales para olvidarnos un poco de los miedos reales que nos aterran: por eso las fascinaciones con las películas de terror, y por eso las obsesiones con cuestiones que en realidad no tienen tanto sentido. Son zonas de comfort. Vivir en crisis que no nos ponen del todo en peligro puede ser una forma de huir de lo difícil que es intentar sostenerse cuando aparentemente no pasa nada: haciendo esto, aparece lo ambiguo de la realidad, todo lo que podemos perder y todo lo que estamos perdiendo, todo lo que duele y toda la crueldad y todo el vacío y toda la mierda. Quizá también nos creemos el fin del mundo cuando no podemos más y queremos asumir, como decía antes, el fracaso para protegernos de él un poco.
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