Opinión | La Calle Nueva
Malcriados

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante la presentación de la Junta de Paz en la ciudad de Davos, en Suiza (archivo) / Benedikt von Loebell/World Econo / DPA
El mundo, es decir, la vida, está lleno de malcriados. El mayor malcriado de este momento de la historia es Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos.
Por decir eso, que Donald Trump es un malcriado, en Estados Unidos pueden encarcelar al que lo diga, o pueden enviar a un matón para acabar con él, para amedrentarlo, para acallarlo.
Los argumentos de esa persecución pueden ser aleatorios, pero también pueden basarse en una razón que regalen jueces comprados por el presidente o por aquellos que sirven al presidente.
Estados Unidos siempre ha estado más allá de la ley, aunque sea un país lleno de leyes. Nixon, aquel presidente, era un malcriado, que no solo generó el Watergate, sino que mandó a acabar con Salvador Allende y, sucesivamente, con los países libres del sur de América.
Le ayudó en esas tareas un hombre sin escrúpulos, Henry Kissinger, al que conocí, por cierto, en el aeropuerto de Barajas una vez que vino a Madrid a dar una conferencia.
Era un hombre malencarado que pasó a la historia como un estadista y que hizo que el mundo, entonces, fuera un mundo malcriado.
Viví desde chico la presencia de los malcriados como se vive con el miedo. Donald Trump, el que ahora lleva la bandera propia del malcriado, se ha preguntado ahora qué le pasa a España.
Se lo ha preguntado en voz alta (todo lo hace en voz alta, no se calla nada) mientras hablaba de otras cosas. Lo hace habitualmente así: habla en alto, se ríe de aquellos acerca de los que habla, amenaza al mundo.
Escupe hacia arriba para explicar que se le debe su existencia, y se alumbra con la mala educación de los malcriados.
Uno de aquellos malcriados de mi niñez era un chico inglés que una vez me invitó a su casa a jugar, a pasar el rato.
En un momento determinado de la tarde, cuando ya nos estábamos yendo, le pidió a su madre un vaso de leche. Y cuando tuvo a mano ese manjar, él derramó la leche sobre mi cara.
Tommy se llamaba el chico. Por esas razones que la vida te regala, este chico siempre ha estado en mi memoria como si fuera un bofetón eterno.
Trump es así, como Tommy, tiene siempre preparado el vómito, dispuesto a explicarle al mundo que él es mejor que cualquier otro de los que conozca la historia.
Y no lo dice con medias palabras, lo dice como si tuviera, para decirlo, un certificado de superioridad que le ha regalado la existencia.
Estos días en Davos se ha encendido con elogios para sí mismo, a la vez que anunciaba grandes novedades para hacer de Gaza un templo de la alegría del mundo.
Mientras él dice eso Gaza se sigue empobreciendo, navega sin rumbo a manos de un hombre despiadado como él, Netanyahu, que forma parte, con el propio Trump, del grupo mundial que dicen van a reconstruir lo que ya no tiene remedio.
A Trump lo he visto estos días, a través de la televisión, explicar sus éxitos en la vida.
Le escuché arremeter contra los presidentes que lo han precedido, le escuché reírse de presidentes europeos, le escuché decir que él se iba a hacer con Groenlandia.
Para decir más tarde que se lo había pensado mejor y que haría otra cosa...
Es un peligro para el mundo, y es un malcriado. La primera vez que yo me di cuenta de qué era un malcriado no fue cuando Tommy me enchumbó de leche la cara.
Uno no sabe que eso tiene un nombre hasta que no pasa el tiempo y se da cuenta de las dimensiones que guarda la maldad del malcriado.
Un alcalde del Puerto de la Cruz, mi pueblo, me llamó pordiosero cuando fui a pedirle una beca para ir a la escuela.
Pero entonces yo no sabía qué era un pordiosero, pero tampoco sabía qué era un alcalde, ni qué era la dictadura.
Supe de la dictadura más tarde, casi al tiempo que supe qué era un pordiosero, y aun hoy, cuando cuento esta anécdota, siento que aquello que el alcalde dijo fue una lección inversa.
Una lección que me ayudó a entender lo que no se debe decir jamás del que te viene a pedir un favor.
Ahora el mundo, el que representa Trump y el que representan los malcriados como Trump, está lleno de personajes a los que no se les puede toser, ni se les pueden señalar sus defectos.
Y tampoco se les puede avisar de que quizá ellos mismos están tropezando con lo peor de la vida: la arrogancia, ese escupitajo que nace de la voluntad de acabar con el otro.
Tan solo porque él se considera más grande, mejor, o infalible.
Este es un tiempo muy difícil, en el que un hombre vestido de dinero es capaz de avisar a los países de que él, con los suyos, con su poder, con su inteligencia o con su ejército, puede acabar con lo que hasta el momento seguimos llamando democracia.
Estados Unidos ha sido durante años, a pesar de las evidencias, la esencia de la democracia; sus universidades, sus intelectuales, sus gobernantes, sus ciudadanos, formaban parte de lo que se podría llamar la élite del mundo.
Ahora mismo el malcriado que preside ese inmenso país está arrojando, como Tommy, como Nixon, como Kissinger, el insulto y la persecución, la mala leche.
Hace dos semanas, los enviados por Trump a poner orden en Minnesota mataron a una mujer joven, a un niño de cinco años lo agarraron como si fuera un delincuente.
En las ciudades grandes y en las ciudades chicas este hombre que quiere hacer del mundo su territorio está haciendo lo posible para que tengamos miedo.
Para que todos tengamos miedo de la malacrianza que ahora nos despierta cada día con el soplo de la guerra y del miedo que hoy es la divisa que lanza contra el mundo aquel que se siente dueño de la tierra.
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