Opinión | Análisis
¿Qué hacer con vencedores y vencidos?
El pique entre Pérez-Reverte y David Uclés sobre quiénes perdieron la guerra habla por sí solo de la ambición de los bisnietos por enfrentarse sin caretas a los materiales del odio y el miedo

Archivo Antoni Campañá / La Provincia
«Cada uno de nosotros tiene una, veinte historias familiares. Estúpidos aquellos jóvenes que no acuden a los mayores a que se las cuenten, antes de que estas historias se extingan con ellos y duerman en el silencio sin aportar nada a las generaciones que no las vivieron, haciendo posible la lucidez y la experiencia». Esto escribía hace unos años el escritor Arturo Pérez-Reverte en el blog El bar de Zenda estimulando las conversaciones de mesa camilla y chimenea sobre la Guerra Civil y la condición humana. Pero no es suficiente. El académico y procreador del capitán Alatriste ha chocado contra los bisnietos, que ya no se conforman con el relato sino que quieren taladrar más con broca fina. David Uclés, 36 años, superventas con La península de las casas vacías, ha sido el primero en toserle en la cara.
La fractura se ha hecho plena con motivo de la XI edición de Letras en Sevilla, titulada 1936: La guerra que perdimos todos. El reciente Premio Nadal con La ciudad de las luces muertas renunció a participar en el encuentro al conocer la presencia en el cartel de José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, a los que consideró incompatibles con sus principios democráticos. Pero no fue el único motivo. Uclés aclaró que el título de las jornadas no era «exacto ni justo», pues «la guerra no la perdimos todos, la guerra la sufrimos todos, pero la perdieron los republicanos y la ganaron los franquistas, que se lucraron de eso durante cuarenta años».
Pérez-Reverte y su socio Jesús Vigorra decidieron, ante el obstáculo, añadir unos interrogantes al título (1936: ¿la guerra la perdimos todos?), además de calificar de «imperdonable descortesía» la decisión del respondón. Pero la osadía (frente a Alatriste todo es atrevimiento) y la rectificación (todo fue un error de imprenta) no calmó la turbulencia. Aplazan el encuentro literario, según ellos, asediados por la “izquierda radical” y vuelve a evidenciarse un porrón de años después del final del conflicto bélico y de la muerte del dictador que seguimos sin saber qué hacer con vencedores y vencidos.
Está claro que para el caso buscar la chispa que alimente el incendio es muy fácil. Desde aquella trilogía de José María Gironella, primera versión libresca autorizada por el caudillo de la posguerra (iba a su favor), quedó bien establecido (la paz necesitaba un pregonero) quién ganó la contienda y cómo las familias españolas tuvieron que acomodarse con más hambre que Carpanta al nuevo estatuto político. Por lo tanto, la pretensión revertiana de meter a todos en un mismo saco, pese a invitados de fuste y seriedad como Casanova, Fusi o Moradiellos, aparece como una clara provocación contra los que, atendiendo a la evidencia, se reafirman en algo tan lógico como que la guerra la perdieron los republicanos con el exilio y las muertes sumarísimas. El único pase que puede admitir el título 1936: la guerra la perdimos todos, si bien no creo que fuese la voluntad de los promotores, es que emocionalmente el país entero se convirtió en un basurero donde la mentira, la hipocresía, la venganza o el rencor encontraron cobijo a través de generaciones.
David Uclés reacciona con su libro La península de las casas vacías frente a ese magma tétrico que recorre los pueblos de España con el estallido apocalíptico que provoca el golpe de Estado de 1936. Lo fascinante hubiese sido verlo sentado frente a Aznar o Iván de los Monteros contándoles su experiencia recopilatoria de los materiales del odio. No ha podido ser por la prepotencia de Pérez-Reverte, que de ninguna manera es el personaje ideal para encontrar consensos, más bien disensos. Su parche a modo de bagatela de introducir los signos de interrogación constituye un ataque a la memoria histórica no sólo de los que cayeron bajo destinos dramáticos, sino también de los descendientes de los que se llenaron el pecho de medallas y que ahora tratan de encontrar alguna explicación a los secretos nunca desvelados.
La crisis de la XI edición de Letras en Sevilla es un fracaso ejemplar en la convivencia de las ideas, pero no deja de ser una lección para andar en aguas pantanosas. Lejos de encontrar nexos y puestas en común debido al paso inexorable del tiempo, cada vez es más visible una equidistancia feroz a la hora de valorar una de las etapas más negras de España. Los enfant terrible son doblemente terribles para este contencioso más abierto que nunca y hundido en un paradoja desesperante: entre más se habla de él, más crece el abismo en el debate. Conociendo a Pérez-Reverte, buscará la revancha dada su visión de la vida en combate. De Uclés, que está en la promoción de su segunda novela, esperemos que se resista a ser fagocitado por el oportunismo político facilón.
La escena global, geopolítica, filtra a raudales el retorno de un fascismo que no augura nada positivo para la normalización del combo nacional república/guerra civil/dictadura y posguerra/transición/democracia. Las toxinas de los Bovinos de turno (sin o con abrigo nazi como el represor de Minneapolis) hacen cada vez más complicado el alcance de la serenidad, el sentido común o la concordia. Están en otros lares más purulentos. Pero es en este contexto donde algunos bisnietos quieren saber más. Ya no se conforman con el blanco y negro. El éxito de Uclés entre los más jóvenes augura preguntas y requetepreguntas, también interpretaciones. Vienen desfiladeros.
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