Opinión | Retiro lo escrito
La piruleta

Infografía sobre cómo las redes sociales explotan el cerebro adolescente. / IA/T21
El control de acceso de a las redes sociales a los menores de 16 años parten de la curiosa suposición de que a partir de esa edad utilizarlas ya no reviste ninguna peligrosidad. No se trata de la idiotización de los ciudadanos por el consumo de contenidos mongoloides, sino de que más de un 80% de hombres y mujeres de entre 18 y 36 años se informan a través de Instagram, TikTok y Youtube. En la población en general el porcentaje alcanza el 65%. A mucha distancia de las redes está la televisión generalista, después la radio y por último los periódicos, en papel o en digital, tanto da el difunto. Suponer que los adultos saben gestionar con lucidez y madurez las redes sociales es francamente cómico. Las redes sociales están diseñadas algorítmicamente para imposibilitar la lucidez y anular el discernimiento de los usuarios. No son instrumentos de comunicación, sino herramientas de extracción y comercialización de datos. Las redes sociales no son el producto de nada: nosotros somos el producto en el capitalismo de la atención (o el capitalismo de la vigilancia) del siglo XXI, que armado de un conjunto de tecnologías es la expresión de un objetivo político universalizable - un poder ubicuo que no se responsabiliza de nada dedicado la minería de datos -- y un movimiento social y cultural que lo legitima. Ya no existen límites entre mercado e individuo, ni entre mercado y sociedad, ni entre mercado y bioesfera. Se ha burlado cualquier fiscalización de los poderes públicos.
Marta Peirano, entre otros, ha explicado muy bien cómo las redes sociales están estructuradas para generar loops de dopamina «que no nos satisfacen nunca para maximizar el tiempo de la interacción». Cualquiera lo puede comprobar mirando a su alrededor o, simplemente, a sí mismo. Cada vez más gente para el tiempo tiktokeando que hablando con los amigos, leyendo un libro, bailando o nadando, disfrutando de una buena película, conociendo afectiva y/o sexualmente a otro. «Sustituyen los que nos da placer por algo que solo imita los mecanismos del placer», puntualiza Peirano. En su libro El enemigo conoce el sistema explica que el big data «es el nuevo plutonio, el combustible de los algoritmos predictivos de inteligencia artificial que quieren intermediar en todos los aspectos de la sociedad contemporánea». Nosotros navegamos con estúpida ingenuidad y elegimos con nuestros pulgares objetos, marcas, músicas, grupos folklóricos, discursos, intervenciones, chistes, deportes, fragmentos de películas y series, y mientras nuestras elecciones, gustos y preferencias, nuestros hábitos de trabajo y sueño, nuestras expectativas y aprensiones están siendo presta y pacientemente recolectadas y empaquetadas. Cuando muchos reprochan a Peirano y a otros críticos de la tecnocracia eso de «yo no soy tan importante como para ser vigilado, como para traficar con mis datos», siempre tienen una respuesta estupenda. Eso es precisamente lo primero que le decía la Stasi a sus víctimas: «Pero, camarada, ¿por qué íbamos a espiarte?».
El anuncio de Pedro Sánchez en Abu Dabi, proclamando solemnemente el propósito de su Gobierno de impedir el acceso a las redes a los menores de 16 años es otra ocurrencia de su inacabable chistera. El presidente no detalló, por supuesto, el método tecnológico que empleará para conseguir tan noble fin y apuesto que no lo aclarará durante los próximos meses. No deja de ser una dulce pendejada prohibir a los niños menores de 16 años que puedan jugar con la dinamita pero permitir a los supuestos adultos encender cartuchos todos los días. En Canarias son casi el 70% de los conectados a internet los que siguen las redes sociales, entre los menores de 18 años superan el 96%. Porcentajes más altos que los de la mayoría de las comunidades autonómicas. Por supuesto Sánchez no va a cuestionar el 5G ni la presencia de Huawai en España y los peligros que conlleva para la seguridad del país y la privacidad de sus ciudadanos. Es más fácil, más relajado, más apacible, aseverar que les quitará la piruleta a los pibes y pibas. Una vez más: valiente, que eres un valiente.
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