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Opinión | Isla martinica

El vagabundo de Groenlandia

Groenlandia, una región rica en minerales críticos

Groenlandia, una región rica en minerales críticos / Shutterstock

En el lejano punto de Pituffik, una localidad del norte de Groenlandia muy próxima al Círculo Ártico, el protagonista de nuestra historia reflexiona en silencio sobre la suerte que ha corrido y, todavía sobrecogido por la llanura de hielo que se extiende a sus pies, medita sobre el mundo que le ha tocado vivir y la debida lealtad al Puto Amo. Él, que fuera todopoderoso en un ejecutivo abocado al fracaso por inanidad, hace acto de contrición y revisa cada una de las decisiones que le han conducido al lugar en el que se encuentra, acechado por hambrientos osos que están más que atentos a su deambular por aquellas frías tierras. Molesto como está, nada le impide pensar en el pasado y analizar la serie de intervenciones que le han llevado a un destino que bien podría definirse como el fin del mundo. Allí, la filosofía de los antiguos se ha convertido tanto en un refugio para el alma como en un esperanzador principio de redención. El tiempo dirá si ello es posible después de tantas muertes, insultos y desprecios.

Aprovecha el consejo del sabio estoico para iniciar su particular camino al Gólgota. No sabe cuándo ni en dónde lo leyó, pero atina a recordar un famoso adagio de la Escuela de la Stoa: «nadie es malo por su voluntad, sino por falta de ella. Es decir, ningún malhechor es libre». Y pronto aparecen las preguntas: ¿la lealtad al líder supremo está por encima del bien y del mal? ¿Despreciar la muerte de inocentes, por obedecer ciegamente a una ideología y representar a unas siglas desposeídas de valor, le ampara ante la ley de los hombres? Cada una de las respuestas le lleva a Epícteto y la ausencia de voluntad. Creyendo hacer el bien, claudicó ante la maldad. Cuarenta y cinco muertos le hablan al oído sin desmayo hasta romper el hechizo ideológico y, sobre todo, el culto al Puto Amo. Sólo ahora comprende la fortaleza del silencio, aunque sea en medio de los hielos y acosado por una familia de plantígrados ansiosa por degustar la pieza.

Conoce que no tuvo opción, que jamás estuvo en condiciones de afrontar una tragedia para la que estaba ciego, incluso antes de que se produjera. Por esta razón, no escuchaba, no atendía, incapaz de entender el mundo más allá de las directrices del partido. Por fin, asumía su destino y el punto geográfico al que le había llevado la deshumanización de la que presumía ante las voces, especialmente las de las víctimas de Adamuz, que le señalaban por la manifiesta negligencia cometida como ministro de la cartera de Transportes. Óscar Puente, que así se llama el sujeto adoptado por la comunidad esquimal, pena en el frío las malas decisiones del pasado. En la cercana base estadounidense de Thule, ya le han bautizado como el «vagabundo de Groenlandia», un calificativo que le viene al pelo, puesto que lo único que le movía a seguir adelante era «una irresistible necesidad de caminar», en las hermosas palabras de Baudelaire (El esplin de París, VI, «Cada cual con su quimera»).

La historia del primate del PSOE, sorprendido aprendiz de filósofo y esclavo de la maldad no es cualquier historia. En realidad, es la historia de un país, como el nuestro, en manos de unos desalmados que, ni ante la verdad de la muerte, rinden su afán de poder. Esta crónica del errante de los hielos árticos ojalá un día no muy lejano fuera algo más que la columna de ficción de un periódico, porque poner a la sombra a Puente se queda hasta corto como condena. Situarlo en medio de la nada, apartado del contacto humano, ésta sí que sería la mejor sentencia posible.

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