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Opinión | Contexto

Inés Martín Rodrigo

Basta con pedalear

Isabel Coixet y Alba Rohrwacher, durante el rodaje de 'Tres adioses'

Isabel Coixet y Alba Rohrwacher, durante el rodaje de 'Tres adioses' / Greta De Lazzaris

En plena Navidad, el mismo 24 de diciembre, se estrenó en Netflix Adiós, June, el debut como directora de la actriz Kate Winslet, que también tiene un papel en la cinta. La historia, una familia herida y disfuncional ha de afrontar la pérdida de la madre, astro alrededor del que gravitan todos los demás miembros, su marido, sus tres hijos, sus nietos, me atraía y, al mismo tiempo, hacía que me situara a una distancia prudencial, debía protegerme de ella hasta que estuviera preparada para verla. Y eso hice, unos días después, antes de que acabara el año. Más allá de la interpretación, magnífica, de Judi Dench, que da vida a la madre moribunda, y de la sensibilidad con la que Winslet retrata los últimos días de la enferma, hay una frase que no olvidaré de la película. Sentados en el suelo, en el pasillo del hospital, con su madre agonizando en la habitación, el personaje de Winslet le dice a su hermano: «Si alguien me preguntara cómo me siento, no creo que pudiera describirlo… Esperar a que alguien muera». Certera, dolorosa y solo comprensible para quienes han vivido esa experiencia de desasosegante quietud en la que el tiempo, pese a seguir transcurriendo, inexorable, se ralentiza hasta prácticamente detenerse mientras tú no puedes hacer nada más que aguardar a que llegue el momento, aterrador, de la última exhalación de aquel al que tanto has querido. ¿Dónde va luego todo ese amor? Es una de las preguntas que se hace o, más bien, que ha hecho que yo me haga, bendito trabalenguas el que a veces nos regala el lenguaje, Isabel Coixet con su nueva película, Tres adioses, basada en el libro de Michela Murgia Tres cuencos, el último que escribió la autora italiana, que murió al mes de su publicación víctima de un cáncer, la misma enfermedad que padece la protagonista del primero de los 12 relatos que lo componen y, también, del filme de Coixet. La vida es terrible, pero preciosa. Es la lectura que, de lo que le sucede, hace el personaje, una joven, exgimnasta, ahora profesora de instituto, que recibe el diagnóstico de su neoplasia en estadio cuatro, irreversible, casi al mismo tiempo que su pareja, un cocinero con el que mantenía una relación desde hace siete años, la deja. Una conclusión a la que no podría haber llegado de no haber sido abandonada por su novio ni sufrir una dolencia incurable. Además de terrible, y bella, la vida es una enorme paradoja. La película es hermosa y literaria, su estética, los planos rodados como si fueran fotografías en color sepia, la música, el guion, los diálogos, con cada palabra medida y cuidada, elegida, el humor, inteligente y surrealista, tan propio del particular universo de Coixet, onírico y sin embargo terrenal, alejado de la sensiblería. La vespa de Nanni Moretti en Tres adioses es una bicicleta en la que la protagonista nos lleva de paseo por la Roma corriente demostrando que la gran belleza está en lo cotidiano, y su reflejo, su retrato, es un arte al alcance de muy pocos. «Basta con pedalear», responde el personaje al que interpreta Alba Rohrwacher cuando un compañero de trabajo (Francesco Carril) le pregunta cómo consigue hacer solo lo que quiere. Tan sencillo y tan difícil. La vida misma. El cine de Isabel Coixet.

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