Opinión | Isla martinica
Chomsky y la paradoja del mentiroso

Noam Chomsky / La Provincia
Ya daba asco. Lo siento, pero no hay otra palabra. El constante martilleo moral al que hemos sido sometidos muchos durante décadas, en el sentido de una superioridad intelectual de cierta ideología y sus representantes, toca a su fin. Si algo bueno ha traído el “caso Epstein” a la política internacional es, precisamente, la caída del velo, el descubrimiento de la enésima hipocresía de aquellos que iban repartiendo identidades morales como si fueran flores sobre el ojal de los despistados transeúntes. Ver que el ídolo de la izquierda mundial, preclaro activista de esto y aquello, el lingüista Noam Chomsky se relacionaba de manera fluida con el conocido pederasta ha hecho tambalear los cimientos éticos de parte importante de la ideología que lo tenía por su portavoz más puro y celebrado. No es que se hable de la supuesta comisión de delitos por parte de Chomsky, ni siquiera de su impensable participación en la aberrante subasta de menores en las islas caribeñas propiedad del magnate pedófilo. Nada de eso. Se trata del asalto de la contradicción: aún reconociendo la relación entre el activista político y el millonario, amigo de las lolitas, no hay posible redención. Por más que niegue la conexión, la existencia de la misma invalida cualquier argumento.
Chomsky sigue siendo una autoridad en el plano intelectual, debido a la propuesta de la teoría de la gramática generativa universal, pero el brillo de la reputación académica que nadie discute deviene en oscuridad en el aspecto moral y político. Como diría Rilke en su Ernste Stunde (“Hora serena”): “Quien ahora llora dondequiera en el mundo, llora sobre mí. Quien ahora muere dondequiera en el mundo, me mira a mí”. Todas las miradas están depositadas sobre el judío y, en cierta manera, existe un grado de justicia poética en todo lo que le ha ocurrido al pensador de Filadelfia. Como es bien sabido, el autor de Estructuras Sintácticas (1957) ha sido el Pepito Grillo de la generación conformada por los jóvenes boomer de los años 60, el azote de los poderosos y la coartada perfecta de la izquierda caviar, pero todo eso se ha ido al garete de un plumazo por obra y gracia de unas fotos comprometedoras y una secuencia de correos más que reveladora de una relación mantenida en el tiempo. Y el ya nonagenario, en vista de la situación, ha optado por el silencio.
La paradoja del mentiroso se remonta a la Antigua Grecia, cuando el poeta y filósofo Epiménides de Knosos pronunció una frase aparentemente inocua: “todos los cretenses son mentirosos”. Si se aceptaba que el griego decía la verdad, entonces mentía, porque él mismo era cretense de nacimiento. Y así tenemos a Chomsky, el abanderado de la lucha internacional por los derechos de los oprimidos, quien, de ser la referencia ética global, resulta un muñeco roto. Cualquier cosa que diga, le señalará en el futuro como traidor a su propia palabra. Esto es lo que pasa cuando se imparte doctrina desde la atalaya, despreciando a los que no comparten visión ni pensamiento. En realidad, el problema no es Chomsky ni la liga moralizante que apadrina, sino la marginación del disidente, el constante insulto a la inteligencia. Bienvenido sea el “caso Epstein” porque ha bajado del Monte Olimpo a uno de los ídolos del paternalismo ideológico de los últimos años. Por fin, un mundo mejor y más limpio se vislumbra en el horizonte.
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