Opinión | El lápiz de la luna
Elizabeth López
Qué caro es morirse

Ataúdes inspirados en la película 'Barbie'
¡Qué carísimo es morirse! Oye, le quitan las ganas a una, ¡eh! A ver, que no es que yo ahora, de repente, tenga ganas de acabar con todo ni mucho menos, con lo que me gusta a mí viajar, conversar, comer y disfrutar de la vida. Pero sé que algún día tocará y viendo lo que cuesta y, encima, dándome cuenta de que nos están estafando hasta el día en el que estiramos la pata, pues como que jode. Todo esto viene a cuento de que este año me volvieron a subir el recibo de la funeraria, ese invento que se creó para evitar (para timarnos) que los que se quedan aquí paguen el pato y para impedir que acabemos en una fosa común, que mira tú qué problema, una vez muerta… El caso es que me puse a hacer números y si vivo ochenta años habré pagado unos trece mil euros. ¿Ustedes saben el viajazo que me daría con ese dinero? Y no, no hablo del más allá. Cuando me entró el recibo del banco de la aseguradora estaba yo aburrida y me dio por mirar mi póliza de seguros. Si hubiese tenido el ebook a mano esto no habría pasado, pero no fue así, de modo que hice cálculos y observé que la incineración (yo no quiero que me entierren que me da claustrofobia, entiéndase la ironía) ronda los tres mil seiscientos euros, el traslado en el coche fúnebre unos doscientos cincuenta y el alquiler del tanatorio unos seiscientos, es decir, que estirar la pata, irme pa´l otro barrio, quedarme pajarito me costaría unos cuatro mil quinientos euros. Entonces, ¿qué pasa con los ocho mil quinientos restantes? ¿Eso se permuta para la próxima vida? ¿Cómo es la cosa? Si a todo esto le restamos el tanatorio, que la verdad no tengo ningún interés en que la gente me vea muerta, los de la funeraria se embolsillan casi diez mil euros. ¡Qué coraje, tú! Ya me vi volviendo muerta a incordiar al dueño de mi aseguradora. El domingo mientras desayunábamos hablé de todo esto con mi marido, a quien ya no le sorprenden mis temas de conversación existenciales, e intentó ponerse a favor de la funeraria diciéndome que el nicho lo voy a necesitar, si no, ¿dónde meten las cenizas? Si es que al final, tanto rollo, y acabo enterrada igualmente. El agujero ese en el que nos meten ronda los mil euros, aun así, sigue sobrando dinero. Por lo que le propuse que tirase mis cenizas al mar. Me resulta más atractivo pasar la eternidad mecida por una ola que dentro de una guarida… Prefiero ser alimento de peces que de gusanos. Y él, erre que erre, con que eso está prohibido y que claro, le va a tocar a él pagar la multa. Y yo, pues cógelo de lo que me están estafando de la funeraria, y él, que eso se lo quedan ellos, y yo, pues qué coraje, ¿no? Y él, la vida es así, y yo, y la muerte también. Al final, acabamos en tablas. Si me toca morirme a mí antes, él hará lo que considere oportuno ese día fatídico (fatídico para mi marido porque yo ni me voy a enterar) y, si no me gusta la decisión que toma, volveré a jeringarle la existencia a él y al dueño de la funeraria que se está haciendo rico a costa de los muertos.
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