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Opinión | Observatorio

Disfrazarse de nadie

Uno de los asistentes disfrazado de Donald Trump.

Uno de los asistentes disfrazado de Donald Trump. / José Carlos Guerra

Por fortuna, no han proliferado, esta vez, los disfraces con la máscara horrenda de Donald Trump, que sí se observaban en los carnavales de su primera legislatura; y es que no es lo mismo emular a un payasete a secas, como un sobrino más o menos golfo y killjoy («aguafiestas») del recurrente Charlot, que al payaso diabólico con que ha encarado, sin maquillaje alguno, con su misma peluca color verde moco, este segundo mandato. Ignoro si América será «grande otra vez», como proclama ese drag-king de la Aldea Global, arropado por su harén de drag-queens de la ultraderecha (a las de izquierda les pone el burka o, directamente, las secuestra), pero, por fortuna es lo suficientemente grande el territorio para que Las Vegas –tema del Carnaval de Las Palmas– diste casi tres mil kilómetros de Minnesota.

En la actualidad, cincuenta años después de su reanudación, ya no se trata de desvestirse para vestirse de otra cosa, sino que, encima de la ropa de a diario, lo propio es investirse o revestirse, de un modo intransitivo, a través del disfraz carnavalero. Así, disfrazarse es hoy un acto de redundancia, pues ya apenas hay distingos (ni ahora ni en el resto del año, que-es-carnaval) entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre la trasgresión y la regresión, entre comparecer y convalecer… Así, proliferan las máscaras que, en realidad, son sólo antifaces; cabareteras de ambos géneros realzando sus caras; cuellos de gabardina hasta los ojos; arlequines con la lágrima congelada; blanquísimos indianos con un piercing de plata oculto en la bragueta… Es lo que se lleva ahora: estilizados realces, falsas evasiones hacia el centro de la pista, y el paroxismo de esa amalgama seudodisfrazada de sí misma y lo contrario se lo llevan las drag-queens, como reinonas cuyos seudónimos son mucho más visibles –pintan más– que el propio nombre propio de la reina del Carnaval.

Digamos que, frente a las férreas identidades con que bregaban nuestros abuelos («tengan fundamento» nos decían cariñosamente las abuelas), proliferan hoy las episódicas identificaciones. Y en este contexto, el travestismo no es ya un fenómeno excepcional sino la regla misma del juego. De ahí que el travestismo carnavalero haya perdido cualquier connotación subversiva para convertirse en un transformismo a la vez lúdico e inerte, y, lejos del desvío, en un acto de integración y hasta de apuntalamiento. De ahí también el desplazamiento que han sufrido las/los travestis de carne y hueso, en beneficio de la entronización –nunca mejor dicho- de las drag-queens.

Frente al gregarismo anónimo y burlón de aquellas (antaño el término era exclusivamente masculino), convertidas durante la Transición en cimbreante símbolo transgresor, se ha consolidado la drag-queen como encarnación del individualismo estéticamente correcto. La paradoja de ese desplazamiento es gruesa, porque en tanto las/los travestis suelen serlo a tiempo completo, y, durante décadas, habían de hormonarse en secreto, la drag-queen lo es completamente ad-hoc, sobre los zancos y bajo los focos deslumbrantes, y su tiempo de existencia coincide con el tiempo del carnaval. Para decirlo con términos cotidianos de hoy en día, su mejor disfraz es una prolongación de su mejor «versión», y de su «escenario» y de su «narrativa»…

En efecto, sus vistosos trajes, entre lentejuelas, tacones de Gulliver y vapores cromáticos –dueñas de un porte tan destacado como inofensivo–, no hacen sino subrayarnos nuestra propia cotidianeidad. El transformismo hechizado de una drag-queen no hace sino recordarnos lo difuminadas e intrincadas que se encuentran ya las fronteras entre ficción y realidad, o entre simulación y vivencia. Constituye, en conclusión, medio siglo después, el nuevo paradigma carnavalero, que revela que los disfraces son sólo disfraces, sin comprometer por ello ninguna identidad. Así pues, nos recuerda –digamos para ilustrarlo– que todos y todas saldríamos indemnes de este extrañísimo gesto que apuntó un personaje del narrador mexicano Carlos Díaz Dufoo (y que, al perecer, al propio autor sí le costó la vida, pues, según los testimonios, lo escribió justo antes de suicidarse, lanzándose al mar desde un crucero de lujo): «En su trágica desesperación comenzó a arrancarse, brutalmente, los pelos de su peluca».

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