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Opinión | Isla Martinica

La izquierda tiene miedo

Maíllo dice que el momento exige un "frente amplio" de izquierdas que marque el debate

Maíllo dice que el momento exige un "frente amplio" de izquierdas que marque el debate

Todo comenzó con los cachorros de Podemos en las aulas de la Universidad Complutense, poco antes de los acontecimientos de 2011, cuando las calles de Madrid, y más tarde las del resto de España, eran testigos del auge de los movimientos estudiantiles en favor de una revisión de los ideales de la política y la acción de los partidos representativos en las instituciones. Al igual que en la mayor parte del continente europeo, se pretendía una auténtica «revolución ciudadana», aunque, como es sabido, de lo que se postuló a la realidad posterior, sólo quedó un pálido reflejo.

Aquellos enfants terribles de la izquierda, como los veteranos de ahora, tenían miedo; un miedo que les hacía salir a las calles, invadir espacios públicos y fomentar los escraches a determinadas figuras de la política de entonces. Como escribiera el mejicano Octavio Paz, en absoluto sospechoso de connivencia con las fuerzas conservadoras, el miedo atenaza, sobre todo, a los que dirigen la sociedad y, por esta razón, se «aferran al poder» (Las peras del olmo, 1957). No les gusta la sensación que provoca la libertad de pensamiento y expresión. No les gusta la libertad a secas. Como en septiembre de 2011, es el miedo el que moviliza a la izquierda de nuestro país. Hace casi quince años, era un miedo nacido de la supuesta representatividad del sistema, pero, en estos días, es otro tipo de miedo, un pánico visceral a la libertad en sí misma. No hay jornada que deje de observarse la angustia de la izquierda, ya que ni el poder y lo que conlleva es suficiente para controlar la disidencia, la genuina manifestación de la libertad de expresión. Este es el motivo por el cual la prensa está en el punto de mira de los poderosos del frente progresista.

El miedo es de las emociones primarias más democráticas, no así sus nefastas consecuencias. El pánico de la izquierda por el ascenso de las fuerzas de la derecha, no sólo en nuestra nación, sino en el mundo entero, genera una cascada de efectos sobre la realidad social, aunque el de mayor impacto es la merma de las libertades individuales. Controlar la palabra y fulminarla, el «relato» como ahora se dice, es la gran apuesta de la izquierda. Los sucesos de kale borroka sobre un periodista de El Español o la prohibición de expresarse a determinadas voces críticas con el gobierno son episodios que deberían ponernos en alerta sobre la deriva totalitaria de los seguidores de la izquierda reaccionaria, sin embargo, desde los medios afines, se retuerce el discurso para dejar a las víctimas de la represión como los responsables de su propia situación.

En el archipiélago canario, las universidades públicas se han declarado «antifascistas», como las del País Vasco, recortando la necesaria pluralidad de voces en el entorno educativo. Es la estrategia de siempre, sacar a paseo la palabra fascista con tal de negar la libertad de expresión allí donde sea preciso a fin de mantener el discurso oficial. El problema, evidentemente, no reside en los conferenciantes, en los llamados a hacer uso de la palabra, sino en los que la niegan o prohíben, e incluso postulan o justifican el ejercicio de la violencia física sobre los oradores, como los activistas de los escraches en los que participaron los fundadores de Podemos, como el propio Pablo Iglesias, hará más de quince años ya.

En conclusión, la izquierda tiene miedo a la libertad, a perder el poder, a la propia democracia, en la que nunca ha creído, por más que diga lo contrario, puesto que, como pregonaba San Agustín, crede ut intelligas (cree para entender), los líderes progresistas jamás han creído en los principios democráticos, como tampoco en la pluralidad de voces que los fundamentan, ni siquiera en la alternancia política, y, por lo tanto, jamás estarán en condiciones de comprender el valor de la disidencia como garante de la democracia.

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