Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Risas y fiestas

Conciencia corporal

Clavícula de Marta Sanz

Clavícula de Marta Sanz / La Provincia

Desde hace unos días, me noto un pitido en un oído que no sé si es verdad o mentira mía o qué. Una vez, un chico me contó que tenía tinnitus, y yo me aterroricé, porque, si me cuentan algo que puede pasarle a mi cuerpo, normalmente pienso que mi cuerpo puede hacerlo solo como cuando piensas estornudo estornudo y acabas estornudando. Pasa en ocasiones también que de pronto empiezo a notar cosas que a mi cuerpo le suceden todo el rato pero yo no tengo por qué notar, y pum, atención constante por mi parte y venga a taparme los oídos a ver si el pito ese está por ahí por el mundo o alojado dentro de mí, incallable. Y eso es lo que estoy pensando hoy. Lo incallable. Lo dentro. Lo inhuible. Lo yo.

Me encanta Clavícula (Anagrama, 2017) de Marta Sanz, un libro autobiográfico en el que la autora analiza el proceso que vivió después de que, durante un vuelo, le diera por primera vez un dolor extraño. A ella le aterra que pueda haber una causa oscura y determinante, pero le aterra todavía más que no haya ninguna causa y su mente esté creando ese síntoma. Es posible. Pero, a la vez, que sea posible hace sentir que no es posible: y si porque esto es posible estoy ignorando algo que quizá me está sollando por dentro. Creo que esa es la eterna duda de la persona hipocondríaca. A mí me preguntaron el otro día si soy hipocondríaca tipo uno o dos, es decir, la que no va jamás al médico por miedo a que le digan algo y la que está todo el rato en Urgencias. Yo soy tipo tres: la que se revuelca en la cama de angustia pero a la vez sabe que la angustia es angustia y no certeza y dentro (también dentro) algo chilla: no.

O sí.

Y qué.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

Hay un momento en Clavícula en el que Marta Sanz se da cuenta de que la conciencia corporal existe y no es preocupante. Es decir, siempre hay algo que se percibe, alguna pequeña molestia que suele pasar desapercibida pero si te concentras de repente la notas y ya está. Una punzadita en el ano, un nudito en la garganta, el sube y baja de la respiración, un pitido levísimo en el oído que tal vez lleva contigo muchísimo tiempo pero de pronto es como si le subieran el volumen. La persona hipocondríaca suele buscar el silencio absoluto del cuerpo, y eso no es posible. Al cuerpo le pasan cosas porque el cuerpo es cosas, porque el cuerpo hace cosas y no es una máquina perfecta programada para que jamás se note y pueda servirnos de vehículo invisible que explotar y domesticar. La forma de superar mi pitido, esté causado por el miedo o por un fisquito de cera acumulada, es aceptarlo: puedo sentirme a mí misma y no puedo huir de mí.

Quizá todo esto que sentimos las hipocondríacas tiene que ver con cómo entendemos nuestros propios cuerpos. Yo creo que el problema es nuestro, personal, porque quizá somos un poco más susceptibles a la alarma del no silencio, y quizá nos hemos construido en esa alarma y debemos aprender a ignorarla (no desactivarla: de eso va todo). Pero también creo que el problema es general, de todes, porque los seres humanos nos hemos sacado un poco la cabeza del cuerpo simbólicamente y nos creemos que somos algo más que carne y sangre. Nos creemos que tenemos un cuerpo.

Y lo cierto, claro, es que somos un cuerpo. Es una diferencia simbólica muy sutil y a la vez muy reveladora y aterradora. Nos acerca mucho a una forma de existencia impredecible y más intuitiva. Una de las cosas que aprendí en mi primer año de terapia fue que el cuerpo también piensa. Nos manda mensajes con un lenguaje muy rápido que no desciframos con la mente pero nos puede guiar, y esa guía nos lleva a decisiones y acciones que quizá no hemos entendido racionalmente. Sin embargo, sí de otra manera. Ahora, la verdad, lo veo un poco diferente: no es que el cuerpo también piense, es que pensamos más de lo que pensamos, es que pensamos también con otros órganos, es que no estamos acostumbradas a dejar que esos pensamientos nos atraviesen (les pedimos silencio) y cuánto nos separa la vida actual de ser carne y sangre y, dentro de eso, todo.

Duele pensar que esa carne es frágil (si le pasa algo, te pasa algo a ti), pero también es hermoso pensar que con esa carne frágil hacemos todo lo que hacemos: la persona hipocondríaca (yo) debe aprender a maravillarse con esto. No se puede huir del cuerpo porque el cuerpo es importante. Un cuerpo es una vida. Cada cuerpo es el mundo.

Tracking Pixel Contents