Opinión | Turismo
Carlos Álamo Cabrera
El turismo y una oportunidad histórica
El 60,6% de los 6.280 millones de euros facturados por el turismo en Gran Canaria se quedan en la isla, generando salarios, empleo y financiación de servicios públicos

Turistas en el paseo marítimo de Mogán, en Gran Canaria. / Andrés Cruz
Hay una frase que empieza a repetirse demasiado: «El turismo genera más problemas que beneficios». La escucho en la calle, en las redes sociales y en muchas conversaciones cotidianas. Entiendo el malestar, porque hay problemas fundamentales: vivienda cara, presión sobre servicios públicos, sensación de saturación en determinadas zonas. Negarlo sería irresponsable por mi parte, como también sería irresponsable no analizar la realidad completa del sector desde el sentido de la oportunidad y el interés por el bien común.
En 2025, Gran Canaria alcanzó una facturación turística en destino con 6.280 millones de euros. Es el dato oficial. Ahora bien, la pregunta importante no es cuánto facturamos. La pregunta más relevante para nuestra sociedad es: ¿Qué parte de esa riqueza se queda aquí?
La respuesta es que el 60,6% de esa facturación se retiene en la isla. En base a los datos del Istac, en combinación con la estadística de contratación, hablamos de 3.805 millones de euros que se quedan en Gran Canaria.
Eso sustenta salarios, proveedores locales, pequeñas empresas, cotizaciones sociales, impuestos que amparan la sanidad y la educación. Solo en masa salarial vinculada al turismo hablamos de aproximadamente 1.900 millones de euros. Eso mantiene a miles de familias.
Es cierto que existe una fuga estructural cercana al 39%. Vivimos en una economía global, con intermediación internacional y bienes importados. Pero reducir todo el modelo turístico a «unos pocos empresarios que se lo llevan todo» es erróneo. Hay empresarios comprometidos con esta tierra. Hay pymes familiares. Hay inversión local.
¿Hay que mejorar la distribución? Sí.
¿Hay que subir salarios y productividad? También.
¿Hay que elevar la retención económica en los próximos años? Sin duda…
Pero eso no se consigue destruyendo el modelo del que depende mayoritariamente nuestra economía. Se consigue perfeccionándolo. Ahí entra necesariamente en escena el debate sobre la tasa a las estancias turísticas.
Desde el Partido Socialista hemos defendido la creación de un tributo finalista sobre las estancias turísticas. No para castigar al turista, sino para redistribuir mejor la riqueza y financiar políticas sociales, vivienda y sostenibilidad.
Muchos destinos aplican este instrumento sin que eso haya espantado a nadie. Tenemos el ejemplo de Baleares y Cataluña. Unas 140 ciudades europeas aplican algún tipo de tasa. La clave no es si hay tasa. La clave es para qué sirve.
Si sirve para mejorar barrios turísticos. Si sirve para proteger nuestro territorio, para dotarnos de una infraestructura sostenible. Si sirve para garantizar acceso a vivienda digna. Entonces no es un problema. Es una herramienta de justicia. Eso sí: debe ser regional. No fragmentada. Lo contrario podría derivar en una suerte de competencia entre municipios o islas.
Si Canarias hubiera aplicado en los últimos tres años una tasa moderada sobre las pernoctaciones turísticas, tal y como está establecido en Baleares y como hacen otros destinos europeos, hoy estaríamos hablando de alrededor de 600 millones de euros adicionales de recaudación. Traducido a la realidad que viven miles de familias, esa cifra habría permitido impulsar entre 3.500 y 3.700 viviendas públicas en régimen de alquiler o venta protegida, en función de los costes actuales de construcción en Canarias. El turismo no es perfecto. Pero tampoco es el enemigo.
El verdadero reto es hacer que la prosperidad se note más y que se distribuya mejor. Que la ciudadanía la perciba con claridad.
El acceso a ese nuevo recurso de inversión, del que cada vez disponen más destinos competidores, no es tema que debamos evitar. Todo lo contrario. Implica una mayor capacidad a la hora de intervenir positivamente en las necesidades de nuestra sociedad. Eso significa barrios que podrían haberse regenerado, jóvenes que podrían haber accedido a su primera vivienda, familias que hoy estarían pagando un alquiler asequible en lugar de sufrir la tensión del mercado libre. Eso es redistribución tangible.
En el comienzo de este texto mencioné el sentido de oportunidad, pero se puede valorar el dilema también a partir del coste de oportunidad que supone hoy en día. ¿De verdad vamos a renunciar a estas cifras y las oportunidades que ofrece?
No se trata de elegir entre turismo o bienestar. Se trata de garantizar que el turismo financie más bienestar. Eso claro, si de verdad escuchamos el clamor de nuestra sociedad y tenemos voluntad de redefinir el modelo para dotar a nuestra gente de una mayor calidad de vida.
Por todo esto, entiendo que el futuro de esta isla no pasa por menos turismo. Pasa por mejor turismo y una mejor redistribución de la riqueza que genera. Y eso, lejos de ser una amenaza, es estar ante una oportunidad histórica.
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