Opinión | Miel, limón & vinagre
Un desperdicio de testosterona
El todavía portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid, Javier Ortega Smith, se enfrenta a un cambio de discurso y de liderazgo dentro del partido, impulsado por el fortalecimiento de figuras como Kiko Méndez Monasterio

Javier Ortega Smith enseña su carné de afiliado a Vox en la rueda de prensa previa al Pleno de Cibeles. / Grupo Municipal Vox
En la agonía política de Ortega Smith, de dirigente de máxima confianza de Vox a traidor oficial a Santiago Abascal, no existen casi elementos ideológicos. El partido –que en realidad es su dirección, los militantes son apéndices– no se ha marchado al centro, donde no se le ha perdido nada, ni hacia la externa derecha, porque ya les queda poco espacio. Si acaso ha podido molestar ligeramente que Ortega Smith luciera su facherío jacarandosamente en actos públicos y episodios callejeros, fotografiándose con viejos franquistas y jovencitos neonazis. Pero no es más ultra que cualquiera de los del núcleo duro de Abascal. El único que cuida las formas y los discursos para parecer, simplemente, un sano nacionalista español amante de la bandera y los valores familiares, y no un ultraderechista, es el propio Abascal.
Ortega Smith no está cayendo entre soflamas de resistencia porque Vox haya transformado su marco ideológico. Lo que está cambiando es su discurso, que no es lo mismo, y hasta cierto punto, el perfil de sus líderes. El todavía portavoz en el Ayuntamiento de Madrid es uno de los fundadores del partido: figura como el afiliado número seis, mientras que Abascal es el ocho. Ya antes de Vox se conocían porque Ortega Smith fue su abogado y después su amigo íntimo y el padrino de una de sus hijas. «Si no fuera por esa relación tan estrecha, Javier habría sido borrado antes», comentan desde el partido. A Abascal le parecía «un tipo de una pieza».
Chico noble
Un chico noble, militante de la Falange Española desde finales de los años 80 hasta principios de siglo, que hizo la mili como voluntario en la Compañía de Operaciones Especiales, y después siguió con un buen expediente la tradición de letrados de su familia, aficionado al montañismo y karateca segundo dan. El compadre perfecto. Juntos estuvieron como letrado y político en agraz en la Fundación para la Defensa de la Nación Española (Denaes), que se presentaba en procesos contra independentistas vascos y catalanes y a veces los auspiciaba. Antes de dos años Denaes regularizó relaciones con la Plataforma Reconversión –impulsada por Alejo Vidal-Quadras– y el Foro de la Sociedad Civil –un invento de Ignacio Camuñas–, ex ucedeo de trajes a medida y buenas relaciones empresariales.
Desde esas tres fundaciones surgió Vox a principios de 2014. Eran entonces unos 300 militantes, más de la mitad procedentes del PP y, más atrás, del ala liberaloide de la UCD. Cuando muy pronto Abascal alcanza la presidencia el amigo Javier está a su lado, leal, incansable y siempre acechando a los enemigos de Dios y de España. En 2016 acepta la secretaría general de Vox, que mantendría hasta 2022. Poco después comenzaron a cambiar las cosas.
El cambio en Vox comenzó, en efecto, antes de las últimas elecciones generales, y tiene relación directa con el progresivo fortalecimiento de los dos grandes consiglieres de Abascal: Kiko Méndez Monasterio y Gabriel Ariza. El secretario general de Vox desde 2022, Ignacio Garriga, «es, sobre todo, un gestor de órdenes» y su influencia «es limitada», porque para Abascal toda la lucidez estratégica se concentra en Kiko, al que Vox abona más de 25.000 euros mensuales por su insondable sabiduría. Méndez Monasterio llevó en el pasado las relaciones con el colectivo El Yunque y ahora el diálogo colaborativo con la internacional trumpista. Ha construido reglamentariamente un liderazgo incuestionable para Abascal, que tiene poderes prácticamente ilimitados en la presidencia del partido. En Vox, por ejemplo, no se toleran los liderazgos regionales o provinciales.
El último iguanodonte
En apenas un lustro, Méndez Monasterio ha eliminado toda la aristocracia voxística: Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Macarena Olona. Ahora le toca al último iguanodonte. Vox debe renovar sus perfiles. Cargos y candidatos más jóvenes, buscar más mujeres, abrirse a clases medias. Y debe renovar su discurso, y sin olvidar la patria rojigualda y los inmigrantes, priorizar la denuncia ruidosa y apocalíptica por el paro y el subempleo, por la carencia de vivienda y de horizonte profesional, por las dificultades de las familias, por el fracaso escolar. Ortega Smith es un anacronismo, un desperdicio de testosterona, y Kiko Méndez sostiene que los desperdicios están mejor en la basura.
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