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Alejandro Peñafiel Hernández

El Último Prócer: la sinfonía que desafina

Jerónimo Saavedra. El Último Prócer

Jerónimo Saavedra. El Último Prócer / La Provincia

La reciente publicación, por parte de editorial Catarata, de un nuevo libro sobre la vida y obra de Jerónimo Saavedra vuelve a situar en el debate público la trayectoria de quien fuera el primer presidente del Gobierno de Canarias y uno de los dirigentes más influyentes de la política autonómica contemporánea. Se trata del cuarto volumen dedicado a su figura —el primero tras su fallecimiento—, circunstancia que confirma tanto la dimensión institucional y personal del protagonista como la persistente necesidad de un análisis más sistemático y menos hagiográfico de su legado.

 Jerónimo Saavedra no quiso escribir en vida sus memorias, aunque en una ocasión llegó a firmar un contrato editorial que finalmente no se materializó, quizá por desinterés o falta de impulso. Cuando se le preguntaba al respecto, respondía que ya había dejado constancia de su pensamiento en numerosos discursos, entrevistas y artículos a lo largo de su trayectoria. Ello no impidió, sin embargo, su participación activa en la elaboración del libro biográfico escrito por Pepe Luján, recientemente fallecido, obra en la que tuvo la oportunidad de ofrecer su propio relato de vida.

Cabe confiar en que esta nueva publicación no sea, como sugiere su título con cierto dramatismo, "el último" acercamiento a su figura. Antes bien, continúa pendiente un trabajo de investigación exhaustivo que ordene, catalogue y estudie los archivos personales depositados por Saavedra en El Museo Canario. Solo desde el rigor metodológico —y no desde la evocación sentimental— podrá construirse una narrativa sólida, susceptible incluso de propiciar futuras investigaciones académicas y tesis universitarias que contribuyan a un conocimiento más profundo de la historia contemporánea de Canarias.

Se echa en falta, entre las personas entrevistadas para esta obra, la presencia de varios colaboradores que compartieron de manera estrecha etapas decisivas de la vida política y personal de Saavedra y que aún pueden aportar testimonios relevantes para comprender la complejidad de su perfil humano y político. Reducir esa pluralidad a 39 voces —curiosamemte en la presentación en Madrid se habló, según se afirmó, de 50—, junto con la inclusión de un texto inicial que formalmente no es un prólogo sino la reproducción de un antiguo discurso, suscita una razonable perplejidad desde el punto de vista metodológico. Se desconoce si ello obedece a ajustes editoriales, a criterios de promoción o a decisiones sobrevenidas en el proceso de edición. En todo caso, las 39 entrevistas reunidas contribuyen a reforzar, desde distintas perspectivas, el papel desempeñado por Saavedra en la historia reciente de Canarias.

Resulta igualmente inquietante que la autora afirmara en una entrevista radiofónica que Jerónimo Saavedra fue catedrático, condición que nunca ostentó. No se trata de una discrepancia interpretativa, sino de un dato objetivo fácilmente verificable. Cuando se aspira a contribuir a la construcción de la memoria pública de una figura histórica, sin desafinar, la precisión no es un elemento accesorio, sino un requisito inexcusable. Este y otros errores detectados en la obra pueden explicarse por la distancia real y física de la autora respecto del protagonista, lo que quizá haya propiciado determinadas lagunas o inexactitudes.

 El libro ofrece, además de las entrevistas, una mirada personal y familiar, legítima en cuanto tal. El problema surge cuando esa subjetividad se proyecta como relato omnicomprensivo y deja fuera episodios, contextos o circunstancias que acompañaron los 87 años de vida de Jerónimo Saavedra. La memoria selectiva puede resultar comprensible en el ámbito privado; en el espacio público, sin embargo, condiciona la comprensión histórica y puede inducir al lector a interpretaciones parciales o incompletas.

El legado de Jerónimo Saavedra no es nominal ni genealógico; es, ante todo, institucional y político. No reside en un apellido, sino en una determinada forma de ejercer la responsabilidad pública desde la tolerancia; en la adopción de decisiones estratégicas en favor de la educación y la cultura en Canarias; en la orientación de políticas inspiradas por un humanismo cívico; y en su papel determinante en la construcción y consolidación de la arquitectura autonómica. Preservar y estudiar ese legado exige una labor rigurosa orientada a convertirlo en patrimonio compartido de la sociedad canaria, presente y futura, sin apropiaciones indebidas.

Si el propósito es honrar su memoria, el camino no pasa por el elogio complaciente ni por reconstrucciones parciales, sino por un análisis sosegado, documentado y plural, que mantenga el foco en el verdadero protagonista. Solo desde esa exigencia intelectual se hará justicia a quien dedicó su vida pública a "hacer Canarias posible": no desde el mito ni desde la teatralización excesiva, sino desde la realidad contrastada, libre de toda vanidad.

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