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Opinión | Isla martinica

El peligro que acecha

Portavoces de la Red Feminista de Gran Canaria hoy, durante la presentación de la manifestación del 8M que tendrá lugar el domingo.

Portavoces de la Red Feminista de Gran Canaria hoy, durante la presentación de la manifestación del 8M que tendrá lugar el domingo. / Acfi Press

Una lucha que no cesa es la del reconocimiento de los derechos de la mujer y la búsqueda de la plena igualdad con el hombre. Y lo curioso es que semejante lucha se encuentra en un momento decisivo, vital, si me apuran. La mujer en Europa está siendo arrastrada a situaciones cada vez más humillantes por determinados grupos ideológicos que, desde tiempo atrás, y aquí viene el absurdo, se han identificado con la causa feminista. En este sentido, los partidos alegremente llamados progresistas están a punto de perpetrar, si nadie lo remedia, el mayor atentado en siglos contra la dignidad de la mujer en suelo occidental.

En vísperas de la celebración del Día Internacional de la Mujer, se hace imperioso levantar la voz para no ceder ante la intolerancia, el dogmatismo religioso y el fenómeno antiilustrado representados por las formaciones de izquierda que postulan el uso del burka como ejemplo de la libertad de expresión entre las mujeres. Tal pretensión resulta repugnante a la razón, la misma razón que ha hecho que la verdadera lucha feminista abandonase la sumisión al hombre como la senda a practicar para llegar a la completa igualdad con el varón. De sólo pensarlo, alarma la degradación a la que se expone el umbral de los derechos conquistados desde la época de Olympia de Gouges y su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791).

Cuesta hacerse a la idea que desarrollan los portavoces de la izquierda al unísono, tanto la moderada como la radical o extrema, ora en España, ora en el continente europeo. Escuchar las palabras de los representantes del PSOE o las del resto de los grupos o partidos que apoyan al actual gobierno, en defensa de la «libertad» de la mujer que porta el burka o el niqab, pone los pelos de punta a cualquiera que se tenga por civilizado. Uno, aunque los conoce de largo, creía ingenuamente que saldrían del estado letárgico en el que se hallan -un estado que confunde libertad y sumisión, como diagnosticara Orwell- por el bien de la causa en la que han anclado la ideología que han jurado defender. Porque si la izquierda es feminista, como pregona a los cuatro vientos, no puede ni debe callar ante la pérdida objetiva de derechos por parte de la mujer con la aprobación de esta medida legislativa. Y todo por un cálculo electoral, el de contentar a los futuros votantes de estirpe islámica regularizados por Pedro Sánchez.

Míjail Bulgákov, el facultativo que hizo de particular notario de la Revolución Rusa, otro gran espejismo de la historia universal, afirmaba que «la felicidad es como la salud»: «cuando la tienes, no lo sabes» (léase el capítulo «Morfina» del Diario de un joven médico, 1925). En otras palabras, sólo la echas en falta cuando la pierdes. Igual argumento se puede inferir de la libertad: las mujeres de la izquierda, que identifican una «cárcel de trapo» (el burka o el niqab) con la libertad de expresión de las féminas que lo portan, únicamente estarán en condiciones de entender y valorar la misma libertad cuando sean ellas mismas las que sufran su ausencia.

Estamos en un momento histórico crucial, en el que no vale callar. Por eso, a las puertas de la fiesta internacional de la mujer, hay que decir no a la imposición de símbolos de sometimiento extraños a la propia dignidad de la mujer.

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