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Opinión | Democracia Canarias XXI

María Luisa Blanco Rosa

Juventud, potencial de transformación

Apertura de la Casa de la Juventud Casa Verde, en Santa Úrsula

Apertura de la Casa de la Juventud Casa Verde, en Santa Úrsula / Carsten W. Lauritsen

La juventud se define como una etapa del proceso evolutivo de los seres humanos, y puede ser analizada como fruto de la evolución personal, del aprendizaje educativo y familiar, del contexto histórico y de la cultura dominante en cada momento. Esa cultura podemos entenderla como un estado de la mente, como nos decía el historiador George L. Mosse en su libro La cultura europea del Siglo XIX: «un estado o hábito mental que puede convertirse en una forma de vida íntimamente vinculada a los retos y a los dilemas de la sociedad contemporánea». El estado de la mente no sería algo propio exclusivamente de los intelectuales sino de la población en general, y se refiere a las reacciones ante las complejidades de la vida que tenemos como sociedad en cada momento. Desde esta amplia perspectiva una educación que pretenda sacar de la juventud lo mejor de sí misma, vinculándose a los retos de nuestra sociedad, nos exige situarnos y mirarla positivamente. Cuando el análisis parte de quien solo es capaz de expresar que «todo tiempo pasado fue mejor» se produce una gran dificultad para poner en valor el enorme potencial transformador que supone la juventud, y se pierde la adecuada capacidad educativa.

El momento de la juventud ofrece enormes posibilidades y también las normales dificultades de ajuste a su adaptación física, psíquica y social. También necesita ubicarse en un tiempo marcado por sus deseos y, en estos tiempos, por las presiones de un capitalismo que lleva al individualismo y al consumo. Presenta la juventud un enorme capital de vitalidad y energía, una capacidad para poder soñar, vivir y compartir su proyecto de vida y de sociedad, pero, aparte de que estas posibilidades no se dan del mismo modo en todas las personas que se encuentran en esa etapa de la vida, la cultura, como ya hemos expresado, les condiciona, así como las circunstancias que les ha tocado vivir. En ese sentido -siguiendo a Amador Fernández-Savater en su libro Capitalismo libidinal- hoy vivimos un «desbordamiento que se expresa en la falta de tiempo, como mal de época, la relación de ansiedad e impaciencia con todo, la percepción de una aceleración cada vez mayor, no doy abasto, no llego, no me da la vida». La juventud no está exenta de ello.

Podemos observar a la juventud en diferentes momentos de la historia, en medio de sus «culturas». El mismo historiador citado, George L. Mosse, nos habla de la juventud en Alemania a finales del siglo XIX. Existía en los jóvenes alemanes de aquella época una exaltación del cuidado físico, amor a la naturaleza y a la patria, una exaltación de la raza que, por desgracia, tuvo que ver en la configuración posterior del nazismo. Al mismo tiempo y con la revolución industrial, nos centraremos ahora en Chicago. Existía allí - igual que en algunas ciudades europeas- una explotación de los niños y de los jóvenes como mano de obra barata. No existían normas que cuidaran las condiciones de trabajo y tampoco una educación obligatoria. Esto produjo unas consecuencias graves en la juventud de ese momento que llevó a Jane Addams, trabajadora social y educadora, premio Nobel de la Paz en 1931, a escribir un libro titulado El espíritu de la juventud y las calles de la ciudad. En él, además de valorar el potencial de la juventud, hablaba del alejamiento de los y las jóvenes de sus familias, del cansancio por su trabajo en las fábricas, del mal uso de sus salarios en salones nocturnos, su presencia en actividades delictivas y decía que en esos barrios obreros «la alegría de la juventud está casi extinguida». Se quejaba de la falta de parques y espacios públicos preparados para el juego sano y educativo y expresaba que «solo la educación puede reparar estas pérdidas. Solo ella tiene el poder de organizar las actividades de un niño con alguna referencia a la vida que llevará más tarde, y de darle una pista sobre lo que debe seleccionar y lo que debe rechazar cuando entre en contacto con las condiciones sociales e industriales contemporáneas. Y hasta que los educadores no se hagan cargo de la situación, el resto de la comunidad será impotente».

Janne Addams fue una pionera del trabajo social comunitario. Valoraba el papel de los educadores, de que la educación de la juventud fuera obligatoria y estuviera también en los territorios, creando espacios educativos interculturales y comunitarios como ella hizo-cosa necesaria también hoy-. Trabajaba para facilitar a los jóvenes actividades lúdicas, criticando el ocio privatizado y mercantilizado. Decía que «gran parte de la insensibilidad y dureza del mundo se debe a la falta de imaginación, que impide comprender las experiencias de otras personas». Hablaba de una educación que promoviera el potencial de la juventud, uniéndolo a la democracia y la ética.

Podemos decir que en los ejemplos citados aparecen realidades que nos conectan con situaciones actuales a pesar del tiempo transcurrido. Estas pinceladas históricas nos llevan a una reflexión sobre la juventud en el momento actual. Los jóvenes, como los de otros momentos de la historia, sufren las dificultades, malestares y carencias existentes, buscan salidas a sus necesidades y tratan de perseguir sus ilusiones como les es posible. Sienten el deseo de contribuir y aportar a la sociedad para mejorarla. El rapto que para la juventud de finales del siglo XIX suponía un trabajo alienante, con una enorme dedicación de tiempo, nos puede resonar ahora con la alienación que produce en la juventud el uso extremo de las nuevas tecnologías, limitando las relaciones interpersonales y las experiencias colectivas. Aun así, la juventud puede apropiarse de los malestares y convertirlos en energía de transformación. Una educación coherente lo tiene en cuenta, lo promueve y lo visibiliza.

Los jóvenes observan una democracia que se tambalea. Unos partidos políticos que no ofrecen un ejemplo educativo de respeto mutuo. La competitividad y la lucha por el poder se llevan a cabo sin valorar suficientemente a las instituciones. La ciudadanía, arte y parte de la cultura que vivimos, tampoco muestra -sobre todo en las redes sociales- los ejemplos necesarios de respeto a las diferencias. El sistema educativo en todos sus niveles debe facilitar espacios de participación, reflexividad y diálogo, dentro y fuera de las aulas, con un compromiso claro y concreto con la comunidad donde se ubican. El trabajo comunitario facilita a la juventud un espacio necesario para llevar adelante su compromiso con la transformación social y política. Como dice Amador Fernández- Savater en el libro citado: debemos actuar con «políticas del deseo…modos de saber- hacer con el malestar, algo no simplemente autorreferencial y privado, cada cual aislado con su neurosis, sino común y compartido». La experiencia del trabajo en común marca una diferencia esencial. Puede ser promovida desde el sistema educativo y favorece el reconocimiento de la juventud como ciudadanía activa, formando parte de la mejora de la comunidad.

Todas las personas somos educadoras queramos o no, independientemente del lugar y el puesto que ocupamos en la sociedad. Esta conciencia nos interpela. El aprendizaje vicario, el que nace del ejemplo, es quizás el más importante. Por eso, la sociedad y los poderes públicos debemos ser conscientes del valor de la juventud y del importante papel de su participación en la transformación social.

La gran esperanza es que sigue habiendo buena gente educando y cuidando de nuestros jóvenes y mucho profesorado referente y comprometido. Y que la juventud, a pesar de todo y en la mayoría de las ocasiones, es capaz de pensar críticamente y elegir y decidir lo que considera más justo y deseable. Ellos y ellas pueden, a su vez, educar para construir y transformar la cultura actual mediante una nueva ética, más respetuosa y comprometida con ellos mismos y con la sociedad.

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