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Opinión | Desde el Caribe

Pedro Tocuyo

El gen de sal

Sancocho

Sancocho / Sara Fernández García / PI STUDIO

Hay caldos que no se cocinan solo en una olla: se cocinan en la memoria. Los isleños lo sabemos bien. Antes del mar, antes de los barcos y de los regresos aplazados, hubo siempre un hervor lento que acompañaba la vida. Quizá por eso, cada vez que en el Caribe se enciende un fogón para preparar un caldo en Cuaresma, uno siente que está repitiendo un gesto más antiguo que la propia familia.

Con el tiempo aprendí que esos caldos que hierven a fuego lento no solo alimentan: reúnen. En toda la región, ya sea un hervido, un sancocho, un ajiaco o una caldosa, la misma lógica se repite: una olla grande, una comunidad convocada, una memoria que se activa. Son platos que curan, consuelan y resuelven cuando la alacena está casi vacía. Y, sin decirlo, guardan un conocimiento que no nació en recetarios, sino en generaciones de mujeres que entendieron que el calor del guiso también podía ser una forma de cuidar.

Entonces entendí que ese gesto culinario no pertenecía a un solo lugar. Venía de más lejos. Venía de Canarias.

El sancocho canario, ese plato de pescado salado, papas, mojo y gofio que cada Viernes Santo vuelve a las mesas de las islas, es una de las primeras rutas culturales que trazó el Atlántico entre archipiélagos. No hizo falta cartografía para que los sabores viajaran: bastó una abuela enseñando a otra cómo desalar un pescado; bastó una casa de emigrantes con el fogón encendido; bastó el mar. En ese viaje silencioso, el sabor sobrevivió mejor que cualquier historia.

Fue en una de esas travesías cuando descubrí el Caldo Santo, preparado todavía hoy en Loíza, un pequeño pueblo costero afrocaribeño abierto al Atlántico. Ese caldo cuaresmal, más austero, más marinero, perfuma el aire con leche de coco, pescado salado y viandas, y ordena sin palabras el calendario emocional de quienes lo preparan. Cada cucharada lleva dentro algo que no necesita explicación: una certeza antigua. Entonces uno entiende que estos platos, tan distintos en sus nombres, hervido, sancocho, ajiaco, caldosa, pero tan parecidos en su espíritu, pertenecen a una misma herencia isleña, mayor que cualquier frontera cultural.

Mientras medio mundo se obsesiona con pruebas de ADN para descubrir orígenes, los isleños sabemos que la verdadera prueba está en la cuchara. Hoy la ciencia confirma lo que la cocina intuía desde siempre: una parte importante de la herencia materna de Canarias sigue siendo aborigen, de raíz bereber, y algunos de esos linajes han aparecido también en poblaciones caribeñas. La genética lo registra en porcentajes; la cocina lo transmite en cucharones. Hay sazones que revelan pertenencias que el apellido no siempre alcanza a nombrar.

Tal vez por eso me resisto a pensar que estos guisos sean simples recetas. Son otra cosa: memoria organizada en agua caliente. Son historia que no pasó por los archivos, pero sí por las manos.

No es muy distinto de lo que hicieron las islas con su propio ADN: capas de bereber, portugués, gallego, África y Europa del norte hasta llegar a eso que hoy llamamos, con aparente sencillez, canario; del mismo modo que, al otro lado del Atlántico, otras capas, indígenas, africanas y europeas, terminaron por resumirse en esa palabra igualmente compleja: caribeño.

Y quizá por eso, cuando uno mira con atención esos caldos que hierven a fuego lento, comprende que hay una figura que sostiene el puente invisible entre ambas orillas: nuestra abuela común, aquella bereber o guanche que nos sigue cuidando desde algún punto remoto del océano. No dejó retratos, pero dejó algo más duradero: un modo de cocinar y de estar juntos. Ese vínculo, el que hoy une al sancocho canario con nuestras ollas caribeñas, sobrevive al tiempo, a las conquistas y al Atlántico entero.

Porque el Caribe y Canarias no comparten solo un plato. Comparten una memoria salada que la historia no logró disolver.

A veces basta un puñado de sal para recordarnos que, a pesar de todo, seguimos perteneciendo a la misma historia.

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