Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Retiro lo escrito

La melancolía de Bryce Echenique

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique en una fotografía de archivo.

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique en una fotografía de archivo. / EFE/TAREQ

Fue en La Laguna hace tal vez veinte años. En la mesa redonda del simposio el participante más relevante, Alfredo Bryce Equenique, dormitaba con los ojos entrecerrados. Era la primera hora de la tarde pero ya llevaba metida en vena media Escocia. Alguien hablaba, hablaba incesantemente con monotonía académica, citando autoridades y títulos, y en un momento dado el pedante dijo:

--Y ante esta duda dialectológica hay que acudir a Manuel Alvar. Hay que ir a Alvar…

Bryce había abierto los ojos un segundo antes y ahora le brillaban, e intentó incorporarse de golpe mientras proclamaba al borde del grito:

--Eso, eso, vámonos todos al bar. ¡Hay que ir al bar!

Una de las leyendas de Alfredo Bryce Echequique, en efecto, era su pertinaz alcoholismo. También le escuché una vez replicar a un huevón que insistía en que el alcohol no fabricaba genios artísticos y literarios:

--Pues mire, siento darle un disgusto, pero ser abstemio tampoco.

Bryce Echenique era hijo de banqueros y terratenientes peruanos, que ya brillaban como figuras decadentes antes de perder el dinero, una fortuna tan amplia y ramificada que el propio escritor todavía pudo seguir puliéndosela durante décadas. En los años setenta, años guevaristas en los que el pueblo unido jamás será vencido, siempre vestía como vistió siempre: trajes caros, chalecos de terciopelo, zapatos Oxford, corbatas que cuando no eran de seda lo parecían. Una vez se tropezó en un sarao literario con Garbriel Gacría Márquez, que andaba en margas de camisa. El novelista colombiano, una celebridad mundial, lo miró con desdén:

--No me gustan los escritores con corbata.

--Igual lo que no le gustan son las corbatas. He traído unas veinte. Mañana me pongo otra a ver si tenemos más suerte.

García Márquez se rió y le dio la mano.

El signo más evidente de la narrativa de Bruce Echenique es la melancolía. Una melancolía devastadora y que sin embargo alimenta la vida de manera dulce y amarga a la vez. Como todas las melancolías que no son una farsa la raíz última está en un amor perdido para siempre pero que misteriosamente no cesa. El amor a la infancia irecuperable, a la atmósfera irreal de las amistades al amanecer desintegradas por la muerte, a una mujer que se amó sin condiciones y se marchó sabiendo que no sería más feliz. Esa extraña melancolía, alegre y activa, a veces hilarante, es presente, pasado y futuro simultáneamente. En los recuerdos del niño de Un mundo para Julius está toda la memoria y el destino de un hombre. Martín Romaña es un escritor fracasado acoplado a una hemorroide que encuentra en París -el París de 1968 - una ciudad áspera y ruin, pequeño burguesa y agobiante, tan aburrida de sí misma que se inventa una revolución en la que solo creen los latinoamericanos, asiáticos y africanos que viven en ella. Inés, la esposa de Martín, cree por supuesto en la revolución, pero termina abandonándolo para casarse muy pronto con un arquitecto multimillonario. Es ella quien traicionó todo, pero se dirige a su exmarido como a un tonto irreparable que no ha hecho nada para lo que fue a París. Y es cierto. Solo que ella tampoco. El amor truncado o triunfal en medio de esa melancolía que respira como un océano en calma es uno de los grandes asuntos de la narrativa de Bryce Echenique y llena varias de sus mejores páginas, como ese cuento maravilloso del músico que jamás estrenó nada, que hablaba muy poco con la mujer que le acompañó más de medio siglo y entre cuyos papeles, cuando falleció octogenario, se encontraron veinte óperas, todas y cada una de ellas dedicadas a su esposa por un hombre perdidamente enamorado de sus ojos, de su quietud, de su hermosa espalda y de sus silencios.

Tracking Pixel Contents