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Opinión | Tropezones

Dinosaurios

Recreación de la extinción de los dinosaurios

Recreación de la extinción de los dinosaurios / Getty

Si a un señor que trabaja se le denomina trabajador, cual sería el término para una persona que como yo no deja de preocuparse por cualquier cosa: ¿ «preocupador»?,¿ «preocupero» tal vez?

Recordemos el famoso microcuento de Augusto Monterroso: « Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí». Pues bien, de un tiempo a esta parte cuando me despertaba por la mañana no era uno sino una manada de dinosaurios la que estaba acechando mi vuelta a la vida, para recordarme con su presencia toda una panoplia de amenazas dispuestas a amargarme el día.

Estaba el Diplodocus especializado en achaques de los sentidos, el que me acosaba para recordarme incipientes mermas de la vista, con un principio de degeneración de mácula, o fallos del oído, verbigracia a la hora de entender las palabras de mi compañero de mesa, ahogadas en la cacofonía de tanto comensal circundante.

También me resoplaba en el cogote el Triceratops, invocando mi inevitable pérdida de memoria, de equilibrio, de reflejos o de habilidades otrora destacables en actividades más íntimas que ni la farmacopea moderna conseguía ya restablecer del todo.

Por no hablar del impertinente Velociraptor advirtiéndome de mis compromisos empresariales con algunos colegas que también cabría calificar de «empresaurios». Sin olvidar reconvenirme mis deberes de inminente vencimiento con las desalmadas instituciones públicas, alguna de ellas que por su mal fario no voy a nombrar, casi indistinguible del jefe de la manada, el abrumador Tiranosaurus Rex.

Pero hete aquí, que a medida que últimamente he ido recobrando el oremus, también me he ido concienciando de los mejores remedios anti dinosaurios a mi disposición: mi familia y mis amigos. Los segundos me han recordado mi privilegiada situación familiar, con tres hijas fenomenales, acertadas tanto en la selección de sus parejas como en la formación de mis nietos, o la suerte de vivir en unas islas que pueden presumir del mejor clima del mundo, por no hablar de mi despejada situación económica.

Y mi familia ha terminado de devaluar a mis saurios, refrescándome la memoria no solo sobre mi envidiable condición física, salvando los inevitables detalles claro está, sino la fortuna de contar con una cohorte de incondicionales amigos, dispuestos siempre a plantarle cara a cualquier bestia que me aceche.

Y tanto unos como otros han venido recurriendo a las siempre agradecidas comparativas; que me imaginara lo que podría estar padeciendo si al despertar me encontrara en una Ucrania en guerra, o qué futuro le esperaría a mi familia de haber nacido en Somalia. Argumentos que me retrotraen a las admoniciones paternales de mi infancia cuando para que me comiera pongamos por caso las alcachofas habían de recurrir a «los pobres niños de Africa que se morían de hambre».

¡Sea como fuere no puedo sino recapacitar y agradecer tantos esfuerzos de mi entorno para aliviar mis aprensiones. No merecen de este quejica sino reconocer que es todo este cariño el que va a terminar convirtiendo a mis feroces dinosaurios en voluntariosas pero a la postre inofensivas lagartijas. ¡Ea!

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