Opinión | Retiro lo escrito
Un faro moral

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, durante la inauguración del Foro contra el odio. / José Luis Roca
Me pregunto cuándo empezamos a encontrar admisible que un Gobierno -cualquier gobierno- se considerara legitimado para convertirse en faro de la moralidad pública. Es grotesco. Claro que también me pareció grotesco un día de 2024 que el presidente de un Gobierno se retirara a reflexionar si continuar o no en el cargo y al cabo de unas horas divulgara una carta donde se declaraba hondamente enamorado de su esposa. Confieso ahora que me reía a carcajadas y pensé en que este tipo estaba acabado. Cualquier tahúr que utilizara un recurso tan barato, tan desvergonzado y tan mezquino estaba irremisiblemente perdido. Obviamente me equivoqué. La gente no se partió de risa; muchos -todos los suyos, desde luego- se tomaron en serio y hasta aplaudieron una milonga tan vergonzosa como esa carta a la ciudadanía -en realidad fueron dos- que solo pudo ser escrita por un bergante. Uno de los rasgos del caudillaje populista, precisamente, consiste en la comunión entre el líder y el pueblo sin ninguna intermediación admisible. Cuando el presidente decide irrumpir con su No a la guerra prescinde de abrir un debate en el Consejo de Ministros, a consultar con la dirección colegiada de su partido, y por supuesto, de formalizar una comunicación -acompañada de un imprescindible debate- en el Congreso de los Diputados. Eso, si acaso, vendrá después, en todo o en parte. Donald Trump practica el mismo código de comportamiento pero más intensivamente. Si Trump está en los medios de continuo (jamás un presidente de Estados Unidos ha sido tan accesible a la prensa como él) es para dirigirse sistemáticamente a sus contribuyentes: siempre está en directo, siempre está on line, siempre se dirige personalmente a todos los americanos. Le molesta sobremanera que cualquiera de sus subordinados haga público algo relevante que considere importante. La cuestión es seguir adelante, provocar nuevas reacciones ininterrumpidamente, controlar siempre la agenda pública, desarrollar relatos encadenada o rizomáticamente. Después de sus estúpidas cartas, de sus deleznables hipidos, el presidente Sánchez lanzó como nueva matraquilla de consumo inmediato un Plan de Acción por la Democracia, dotado de sopotocientos programas, medidas y acciones que después de un año y medio presenta unos resultados aproximadamente nulos y sin ningún impacto (por supuesto) en la vida cotidiana de los ciudadanos.
Me interesa un rábano ahora el último conejito de la chistera de Pedro Sánchez: eso de perseguir a los sembradores de odio en las redes, identificarlos, denunciarlos. Ni siquiera se trata de cuestionar los medios tecnológicos de los que disponga este o aquel ministerio o el despreciable escándalo que conlleva que sea el Gobierno quien defina lo que es el odio o cuáles son las características de una campaña de destrucción personal o grupal. Ya existe la suficiente legislación para afrontar estas patologías política o comunicacionales en los juzgados. Lo que empieza y termina siendo un escándalo vergonzoso es que el Gobierno de Sánchez cree que entre sus competencias y responsabilidades se encuentra alzarse como guía moral de una ciudadanía cuya autonomía política se pone implícitamente en duda. Necesitamos al Gobierno para que nos proteja del odio -tal y como el propio gobierno lo caracterice- y debemos recibir pasivamente esta mermelada ética. Yo atendería a esta maligna majadería de Sánchez y sus acólicos durante un minuto si admitieran que entre los identificados y denunciados se incluirán también a los que odien y provoquen odio entre sus militantes y simpatizantes. Pero no creo que el odiómetro de Sánchez se ponga en marcha ante un tuit de Óscar Puente. Los que odian, degradan la imagen a otros, atacan su intimidad, transforman a los adversarios en enemigos y esperan castigos ejemplarizantes son siempre, curiosamente, los otros. No pillarás odiando a un socialista porque su alma es pura, cristalina, sanchista mismamente. Los que odian son los de derechas y los fachas y los que escriben artículos como el que usted está leyendo, hastiado de esta farsa nauseabunda.
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