Opinión | Isla Martinica
Trump y el fantasma de la Moncloa

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (archivo) / Europa Press/Contacto/Ken Cedeno
Dejar en manos de un cretino un arma es una de las peores decisiones que se pueden tomar. El cretino, simplemente por serlo, no sabe lo que hace ni el daño que pudiera llegar a producir con sus acciones. Si el arma es una pistola, convenientemente cargada y amartillada, no es difícil suponer que la puede dirigir tanto hacia a sí mismo como hacia el primero que pase por allí. A la vista de la situación, la mejor decisión sería apartar el arma del cretino por su protección y la de los que le rodean. Con brevedad, esta es la historia que está viviendo nuestra nación con un líder que no toma las decisiones pensando en el conjunto de los españoles, sino sólo en aquellos que son de su cuerda.
Siempre se ha dicho que el presidente de España, como el de cualquier otro país civilizado, lo es de todos sus compatriotas al margen de su color político. Cuando un dirigente, en principio legitimado para ello en el plano personal, actúa bajo el mandato de su ideología sectaria, y sólo de ella, las consecuencias son varias, y no todas positivas. Si, además, las resoluciones que se aprontan inciden directamente sobre la realidad social y económica de un país, comprometiendo la estabilidad al completo de la nación, así como el juicio internacional sobre la propia sociedad española, el problema pasa a mayores.
Pedro Sánchez, y pido perdón por la figura retórica elegida, pero certera desde luego, ha puesto una pistola sobre la nuca de cada uno de los españoles. Alegremente, ha empleado un arma, igualmente retórica, el famoso eslogan del «No a la guerra», para enfrentarse a Donald J. Trump y sus acciones militares en Oriente Medio, aunque, como viene siendo habitual en la izquierda que se padece en este país, sin meditar seriamente el alcance y las consecuencias generadas por el conflicto. No se trata únicamente de una medida ideológica, inscrita en la agenda radical del mundo progre, sino de una oposición frontal a los planes estratégicos de la primera potencia del globo.
Como el monstruo de El fantasma de la ópera (1910), del periodista y escritor Gaston Leroux, nuestro presidente vive en una realidad alternativa, en un nivel subterráneo, tal vez psicodélico, de lo que sucede a la vista de todos y, por lo tanto, su juicio, si puede llamarse así lo que es puro resentimiento, excluye la razón como principio de acción. Sánchez olvida que España está detrás de sus decisiones, que cualquier cosa que medite como oportuna debe guiarse por el interés general de sus conciudadanos. Quizás, como el deforme Erik de la novela, le ha faltado el cariño de su pueblo «para ser bueno». O quizás quiera, en respuesta a este desamor, mandarlo todo al carajo. Ya digo, en lo estrictamente personal, cualquier opción es legítima. Pero la cuestión es otra, y una tan relevante que al cretino mayor del reino, con el permiso y las bendiciones de Rodríguez Zapatero, se le ha pasado por alto. Tan ocupado en dejar un legado para los libros de historia, ha olvidado que la primera ocupación, y en verdad la única, de un presidente de España son los españoles.
No ha calculado las consecuencias de sus palabras, de esa agenda ideológica plagada de dogmas que puede llevar a muchas empresas, a los agricultores y ganaderos, a los viticultores y pescadores a la misma ruina. Cuando insiste, válgame Dios, en la exigencia ética de sus planteamientos, omite que en la esfera política lo celebrado es lo más adecuado para los nacionales y no para un partido en concreto del arco parlamentario. Dormirá por las noches reconfortado por la sensación que le devuelve saberse el Puto Amo de la izquierda mundial, pero uno prefiere que, antes que saborear las mieles de un futuro que sólo él barrunta, piense un poco, tan sólo un poquito, en los españoles.
Así que ha salido de la madriguera de la Moncloa, como el conejo de la chistera, para hacer la gracia. Pertrechado de una máscara con la que salir a la luz, ha escogido la del espantajo que le han brindado los desechos del presente. Amigo del apresado Maduro, de la perversa Delcy Rodríguez, de los ayatolás de la Persia y, asimismo, de los dictadores de Cuba y China, pretende dar lecciones de moral a los Estados Unidos de América mientras cobija a uno de los gobiernos más corruptos que se han visto en décadas en la política española.
Siento pena y rabia por un sujeto pagado de sí mismo, impasible ante el interés general de los españoles. En fin, este gobierno de radicales ha convertido a sus compatriotas en rehenes de sus batallas ideológicas y, en su consecuencia, les importa un bledo lo que le ocurra a España con tal de que el fantasma de la Moncloa se exhiba ante el resto del mundo.
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