Opinión | Entre líneas
Ana María Díaz Santana
La brújula y el puente

La vida es bella / La Provincia
La vida es bella es una de mis películas favoritas. Se dice que también lo fue de Juan Pablo II y que actualmente se encuentra entre las preferidas de León XIV. Cuentan que Wojtyła, al verla por primera vez, resaltó ante Roberto Benigni —su director y protagonista— la figura del padre como protector y pilar de esperanza. Destacó cómo actuaba de escudo contra el horror del campo de exterminio, sacrificando su propia seguridad para transmitir un mensaje de amor que salvaguardara la inocencia y la felicidad de su hijo.
Amor y felicidad: dos conceptos que convergen con la celebración del Día del Padre y la Jornada Internacional de la Felicidad —instituida por la ONU en 2012 para cada 20 de marzo—. La proximidad de ambas efemérides trasciende la coincidencia; es, en esencia, una declaración de principios.
Más allá de los catálogos comerciales que invaden los días previos al 19 de marzo, el mejor presente para una figura paterna es el reconocimiento de su papel como cimiento de nuestra identidad y primer puente hacia el mundo. Es esa presencia que, respetando nuestro propio ritmo, camina a nuestro lado desde el inicio, ofreciendo la seguridad necesaria para explorar el entorno desde un lugar casi invisible, pero constante.
Esta función paterna evoluciona con nosotros: nace como una brújula que nos orienta hacia la madurez y se transforma en un referente de sabiduría al alcanzar la edad adulta. Según la psicología, a esta figura le debemos el aprendizaje de valores fundamentales para encarar desafíos, el arte de la convivencia y el equilibrio de nuestros propios impulsos.
Hoy, esas cualidades que marcaron nuestra vida con firmeza descansan en la fragilidad de quien las ejerció. Aquella persona que un día nos cuidó solicita ahora las mismas atenciones al enfrentar el desgaste de sus fuerzas, la vulnerabilidad de su memoria y la vacilación de sus pasos. Es el momento en que nos convertimos, inevitablemente, en «los padres de nuestros padres».
En ocasiones, sus reproches evocan nuestra infancia y nosotros, de forma casi inconsciente, replicamos patrones olvidados: adoptamos gestos de intolerancia o devolvemos miradas frías. Caemos en el hábito de conceder premios no ganados o de lanzar llamadas de atención inmerecidas, olvidando que la presencia paterna no se mide por la perfección, sino por la permanencia.
Ellos han sido el vínculo que evolucionó de la autoridad protectora a la complicidad del consejo. Nos enseñan que su verdadero legado no son los bienes materiales, sino esa seguridad silenciosa que nos permite habitar el mundo sin miedo. En la dependencia de sus últimos años, nos delegan la responsabilidad de vivir por ellos, mientras permanecen ajenos a una civilización que ya les resulta ajena. Honrar su influencia es el mejor regalo mutuo; porque solo al integrar su historia con la nuestra, logramos caminar con integridad y devolverles, al fin, la dignidad de su presencia.
Como define la RAE, la felicidad es una «grata satisfacción espiritual y física», una noción que la psicología moderna enriquece como la combinación de emociones positivas y un propósito vital. Celebrar ambas fechas juntas nos recuerda que no hay mayor sentido que el amor que se devuelve.
Dedicado a quienes fueron nuestra brújula en la infancia y hoy, en su fragilidad, nos permiten ser su puente.
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