Opinión | Análisis
La hidra de la revolución
Linebaugh y Rediker reconstruyen el origen violento del capitalismo a través del hambre y la esclavitud que forjaron la Inglaterra de los siglos XVI y XVII

Karl Marx. / Activos
He aquí un libro que nos habla de la construcción del capitalismo, producto de la acumulación originaria descrita por Carlos Marx en capítulo XXIV de El capital. Nos cuenta La hidra de la revolución el impacto de la expropiación de las tierras comunales en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII; la revolución inglesa y el ajusticiamiento del rey Carlos I; la creación de un ejército de marginados y parados. Hombres, mujeres y niños que no tienen medios propios para vivir y que se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir en ocasiones, y la más de las veces empujados a la mendicidad, la prostitución y la delincuencia.
Un ejército de parados, reserva de mano de obra desechable para los nuevos tiempos que llegan al mundo, principalmente en Inglaterra. La burguesía inglesa encabeza la rebelión contra las cortapisas, que a sus negocios son los privilegios de la aristocracia y las formas comunales de explotación del suelo.
Necesita liberar ese campo para la ganadería ovina que proporciona lana para su industria textil y talar los robledales para la construcción de los barcos destinados a extender su dominio en las dos orillas del Atlántico. Y necesita esa mano de obra para construir los barcos, los muelles donde atracarán, desecar los pantanos para extender la tierra cultivable y los pastos.
Un ejército de hambrientos que bajo el látigo del terror contribuirá a conformar el actual paisaje de Inglaterra, las suaves colinas y los dulces pastos que admiramos hoy. Son los que encarnan en ese siglo los versos de Bertold Brecht y sus Preguntas de un obrero ante un libro. Enterrarán en el cieno los postes que fijarán piedras y rocas de los muelles de Bristol y Londres y abrirán los canales para drenar las marismas, sobre su sangre y su sudor levantará Inglaterra su poderío. Parte de su historia nos la cuenta Linebaugh y Rediker y los mecanismos por los que los poderosos obligaron a los más débiles.
Son los mecanismos del hambre que fuerza a trabajar y del terror indiscriminado. Los que sobren, o sean demasiado rebeldes, serán expatriados a las colonias americanas, vendidos o alquilados como fuerza de trabajo a plantadores y colonos. Recuerden que ese es el destino del capitán Blood: vendido como esclavo a un plantador de caña de Jamaica.
La justificación ideológica contra esa que consideran chusma vendrá de la mano y la pluma del consejero de estado Francis Bacon, represor implacable de cualquier conato de rebelión o protesta ciudadana. Considera a los de abajo como una ociosa y odiosa hidra que debe ser purgada y sometida por todos los medios posibles.
Impulsará una abanico de leyes contra la mendicidad, las protestas y a favor de la propiedad privada que convertirá a parte de la población en esclava abierta o encubiertamente, irlandeses incluidos, asimilados en posición social a la masa de mujeres y hombres negros extraídos cruelmente de África. Bacon será juzgado y condenado por corrupción después de tres años de gobierno despótico. Perderá sus cargos en la corte y se retirará a sus posesiones, dónde se convertirá en el filósofo de la ciencia alabado actualmente.
La transformación de Inglaterra empieza en el reinado de Carlos I, continúa bajo la revolución con Cromwell y se expande vigorosamente con la Restauración. Ninguno de los tres regímenes hace nada por frenarla. Los tres mantienen las leyes contra la mendicidad, las tierras comunales, las que permiten la exportación como mano de obra hacia América.
Las prácticas genocidas contra el propio pueblo inglés serán aplicadas minuciosamente en el continente africano para capturar esclavos. Quince millones de personas fueron encadenadas en los terribles barcos negreros y llevadas al otro lado del Atlántico. Los historiadores afirman, que cuatro millones perecieron en el viaje. Los grandes ríos como el Gambia son la vía de penetración del poder blanco para la compra y captura de esclavos.
Peter Linebaugh y Marcus Rediker nos lo cuentan en este libro, sin ahorrar ni un ápice de dolor y sufrimiento. Desde las mujeres explotadas como cardadoras o hilanderas en sus casas, recolectoras u objetos sexuales, a los niños que trabajan en las minas, los marinos deshumanizados como tripulantes a los esclavos negros, todos contribuyen a la transformación del mundo, al crecimiento de la economía capitalista.
La agricultura se transforma en grandes plantaciones organizadas de forma eficiente para maximizar los beneficios: caña de azúcar, tabaco, algodón; asociación de empresarios para financiar el flete de los barcos negreros, pensados para llevar maximizar el espacio dedicado a la trata; protección del estado de estas prácticas por el poder legislativo. Una nueva forma de ver al género humano fuese como mercancía o como peligro para el bienestar y los negocios de los ricos.
La rebelión de Masanello en Nápoles no es un caso aislado. Nuestros dos historiadores desgranan las revueltas de los siglos XVI y XVII en Inglaterra: artesanos, aguadores, leñadores, campesinos expulsados de sus tierras se alzan en múltiples ocasiones contra la opresión y el hambre.
El poder, cuyas ideas principales han sido desarrolladas por el mentado Francis Bacon, no duda en considerar a estas gentes como «perros rabiosos», «infrahumanos», «vagos» y otros apelativos que persiguen degradarlas, animalizarlas, deshumanizarlas, para que se les pueda reprimir, apalear, ahorcar, sin miramientos. Son los años en los que se desarrolla el racismo científico, ese categoriza a los seres humanos por el color de la piel y que desembocará en nuestros tiempos en las siniestras teorías de la sociobiología.
Al describir el proceso de acumulación de capital como base de la futura sociedad, nuestros dos autores amplían lo avanzado por Marx, como hemos señalado, y lo hacen sin olvidar en ningún momento a las personas. Más allá de los datos y las estadísticas, Linebaugh y Rediker llevan a primer plano el coste humano en dolor y sufrimiento que supuso la expansión del capitalismo.
Pero sobre todo, nos recuerdan que siempre hubo resistencia, que alguna vez, por un cierto tiempo, esas resistencias lograron triunfos y otras veces el capital tuvo que pactar con los resistentes. En medio del dolor siempre hay esperanza. Los tiempos actuales requieren que leamos estas historias para aprender de ellas y para mantener la esperanza de que los seres humanos no sean mercancías ni objetos desechables como en Gaza.
Y entre nosotros, en España, han detenido en su puesto de trabajo a 16 personas, las han esposado como si fueran terroristas, por su participación en la huelga del metal en Puertollano. La represión, ley mordaza incluida, con Pablo Hasél, los de Zaragoza y otros, continúa.
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