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Opinión

Ver correr el Guiniguada

En una sociedad urbana, acercarse a divisar su revivir es cosa de curiosos y de senderistas. No hay una conexión entre el latido de su ecosistema y la vida de los habitantes de la ciudad.

El Guiniguada a su paso por el Pambaso este sábado.

El Guiniguada a su paso por el Pambaso este sábado. / LP/DLP

De pronto el Barranco Guiniguada revive y baja testimonial en dirección al mar, aunque se oculta antes de llegar al Rectorado y a las palmeras que pintó Oramas. El que quiera disfrutar del episodio histórico no tiene más remedio que avanzar por un arcén mínimo, jugándose el pellejo entre el tráfico que sube. Hace siglos estaban los puentes (de Palo y de Piedra) para ver un descenso del agua más feroz que el de estos días. Pero eso es historia. Ahora da pena ver a personas mayores que salvan los obstáculos y que pueden se víctimas de un atropello.

No tienen un mirador que echarse a la boca. Ver el Guiniguada correr es un momento importante de sus vidas, un superávit energético para sus viejos espíritus, mejor que un consejo geriátrico. Para los niños que tiran alguna piedra viene a ser un resplandor, una luz en un mundo de bombas, muertes y destrucción de la naturaleza. El cauce al entrar en la ciudad se industrializa y expulsa hormigón por todos sus costados. El verde oscuro de las plataneras se evapora ocupado por la suciedad que arrastra el agua.

En la marea hay una enorme mancha de tierra, señal del río que pasa por las bóvedas soterradas. A la intemperie, a un paso de la autovía, bloques de cantería que mantuvieron terrenos agrícolas y antiguas acequias conectadas antiguamente a la arteria Guiniguada. El kilometraje entre el punto y final del agua al descubierto y las esculturas de la Cuatro Estaciones es mínimo. Pero muy poco se enteran de la noticia.

Un par de siglos atrás, sin drones ni meteorología, sin tantas carreteras, la lluvia a mares en el interior de Gran Canaria se certificaba según el agua que llevase el Guiniguada en su lecho. En una sociedad urbana, acercarse a divisar su revivir es cosa de curiosos y de senderistas. No hay una conexión entre el latido de su ecosistema y la vida de los habitantes de la ciudad. Ya no llevan cachorro ni suspiran por una buena regada.

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