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Opinión | Otra mirada

Ana María Díaz Santana

Cruzar fronteras, el derecho a pertenecer

Un menor migrante recién llegado a Fuerteventura en 2025, acompañado de un Policía Nacional.

Un menor migrante recién llegado a Fuerteventura en 2025, acompañado de un Policía Nacional. / Carlos de Saá/Efe

«Mi padre siempre me inculcó ser de lo propio, el sentido de pertenencia». Esta respuesta de un deportista grancanario con ascendencia vasca –referida a su adaptación a los equipos donde establecía su residencia– se produjo durante una entrevista con motivo de su fichaje por el Betis. Sus palabras me hicieron reflexionar sobre el sentimiento que brota en nosotros cuando nos sentimos parte de una comunidad, de una tierra o de un país que, en principio, no es el nuestro.

Ese «sentido de pertenencia», que otros llaman «arraigo», debería ser el primer aval para justificar la acogida de quienes cruzan sus fronteras para alcanzar las nuestras en busca de un futuro mejor. Hablo de ese colectivo que ya se ha insertado en nuestros barrios: son nuestros vecinos, los padres de los amigos de nuestros hijos o aquellas personas a quienes confiamos el cuidado de nuestros enfermos y ancianos. Son quienes un día llegaron con poco más que lo puesto, compartiendo únicamente su idioma para instalarse y formar parte de esta comunidad, incluso cuando han tenido que ocultar su presencia o actuar con cautela ante el temor de no ser aceptados.

Habituados a su compañía, hemos construido nuestra rutina. Nos sirven en cafeterías y restaurantes, se enamoran de residentes «legales», forman matrimonios sólidos y se convierten en padres de criaturas que llegan al mundo en esta tierra de acogida.

Para más de medio millón de personas residentes en España que actualmente carecen de pleno reconocimiento de derechos, se abre ahora una oportunidad a través de los cauces legales establecidos en el nuevo Reglamento de Extranjería (Real Decreto 1155/2024), en vigor desde este año.

En este Real Decreto, la reconfiguración de los tipos de arraigo (social, sociolaboral, de segunda oportunidad, socioformativo y familiar) facilita la inserción laboral, reduce los plazos de residencia y aporta una mayor seguridad jurídica. Se trata de un avance que ajusta el enfoque legal de nuestra realidad social. Sin embargo, en busca de esa «perfección fotográfica», queda pendiente resolver la situación de los miles de solicitantes de protección internacional. Muchos de ellos se enfrentan al riesgo de caer en la irregularidad sobrevenida debido a la incompatibilidad entre el sistema de asilo y el régimen general de extranjería, especialmente en el cómputo de los tiempos de permanencia tras una resolución denegatoria.

Este Real Decreto constituye un hito necesario, pero su éxito real dependerá de su capacidad de no excluir a nadie. Regularizar es, en última instancia, un acto de coherencia propia para una España que ya no se entiende sin la aportación de quienes cruzan su frontera.

Esta realidad, que en estos momentos alcanza cotas máximas de inestabilidad política y se ha convertido en causa y efecto de problemas sociales que no logran el consenso entre los países de origen y destino, forma parte de la historia del último cuarto de siglo en Canarias.

A lo largo de estos años, el discurso sigue siendo el mismo y su presencia mantiene idéntica justificación: llegaron buscando acogida y desarrollo, huyendo del hambre y la guerra. Nos miraron a los ojos, nos interpelaron y pidieron ser escuchados. Por ello, las palabras del que fuera obispo de Canarias cuando este fenómeno empezaba a vislumbrarse cobran hoy total actualidad. Ramón Echarren Ystúriz (1929-2014), obispo de la diócesis entre 1978 y 2005, advirtió hace más de veinte años: «Juzgar el fenómeno migratorio con demasiada simplicidad es una gravísima irresponsabilidad demagógica que conduce indefectiblemente a la xenofobia, al racismo, a la acepción de personas o a un simplismo utópico lleno de falso optimismo [...]. Cada ser humano ha de ser para nosotros un ser único e irrepetible en su individualidad personal, sea de la raza que sea, venga de donde venga, hable la lengua que hable [...]. No olvidemos nunca que, antes que inmigrantes, son seres humanos a los que hay que ofrecer una primera acogida en plena conformidad con sus necesidades de ese momento, respetando totalmente su dignidad humana» .

Echarren nos recordó entonces que las migraciones nacen de la miseria, la pobreza o la violencia. Su legado nos advierte que la acogida exige la legalidad, pero solo la humanidad la justifica. Una visión que sintoniza con el periodista y filósofo Albert Camus con la cita que se le atribuye: «No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina a mi lado y sé mi amigo».

Cuando dejemos de distinguir entre «nosotros» y «ellos» para reconocernos simplemente como humanos, habremos dado un gran paso en la construcción del verdadero arraigo.

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